la vida en 35 milimetros

Antes de Fiestas Patrias, terminé la enésima lectura de Las Películas de Mi Vida  (Alberto Fuguet, 2003) y con eso, completé la revisión bianual o trianual que hago de las novelas fundamentales de este autor nacional (junto a Mala Onda, Por Favor, Rebobinar y Tinta Roja) que me había propuesto hace algunos meses atrás, y que, como dije en su momento, repaso para ver cómo sigo sintiendo sus novelas, especialmente ésta, mi favorita del combo (como podrán apreciar si ponen el título de la novela ahí arribita, donde dice “Buscar”).

La primera sensación es de tranquilidad. Sigo considerándola mi novela favorita de AF, una de las fundamentales de mi vida como consumidor de literatura, y sigo sintiéndola como una historia cercana (aunque transcurra en los EEUU de primera mitad de los ’70 y en el Chile post Golpe, mientras que yo sólo viví en el Conchalí de los ’80). Sensación que se mantiene intacta aunque la vuelva a leer al menos una vez cada año y medio.

Sigo sintiendo esa sensación de reencuentro y de hacer las paces con el pasado, con el mundo, y con la vida.

Si a estas alturas usted aún no ha leído esta novela, se trata de la historia de Beltrán Soler, prestigioso sismólogo, y lo que le pasa cuando, a minutos de partir a Tokio para cursar un doctorado, acaba de enterarse que Teodoro, su abuelo materno, su mentor en la sismología, ha fallecido tras un fuerte terremoto en El Salvador.

Hijo mayor de una familia que hace mucho dejó de funcionar como tal, se ve obligado a prolongar su escala en Los Angeles, la ciudad donde se crió, y luego de una conversación casual con una abogada estadounidense durante el vuelo, decide matar el tiempo visitando una tienda de películas, en la que encuentra todas esas películas que vio a lo largo de su infancia y adolescencia, reviviendo aspectos de su historia personal que había dado por enterrados.

Entré pensando que era un diario de vida cinéfilo, y me encontré con un relato fuertemente autobiográfico y altamente emotivo. A través de las películas que disfrutó en su juventud, Beltrán, va rearmando su pasado, recordando a su familia, a sus amigos, lo que lo hizo feliz, lo que causaba tristeza, y cómo su mundo paulatinamente se fue despedazando.

Repasando estos pasillos llenos de dvd’s, Beltrán enfrenta el pasado, canaliza sus recuerdos, emociones, frustraciones, todo lo que para bien o para mal lo fue convirtiendo en lo que es y encuentra la fuerza y claridad suficiente para poner las cosas en orden, rehacer su mundo y ser capaz de perdonar…y sobre todo, perdonarse.

Autobiografía encubierta bajo el disfraz de un relato vivencial, en el que Fuguet no tiene miedo abrir la puerta de su propia vida, y relator en primera persona de eso que se suele llamar el desorden de las familias (idea que después desarrollaría en la excelente novela de no ficción Missing-2008-), Las Películas de Mi Vida es, por lejos, el mejor libro de su autor.

O al menos el que sentí más de cerca. Digo, y con el mayor de los respetos, que con el zorrón con crisis existencial de Matías Vicuña no enganché de la misma forma que con el nerd Beltrán Soler que en la oscuridad de la sala de cine se encontraba como en ningún otro lugar del mundo. Por otra parte, a la época de esta lectura tengo aproximadamente la edad de Soler al momento en que inicia su relato.

Quizás me encuentro en una situación personal diferente a la del personaje (no estoy solo, no estoy distanciado de mi familia, la cual tampoco ha sufrido fractura alguna), lo que no impida que sienta cercanías entre su existencia y la mía.

¿No es eso lo que nos vincula a nuestros libros, películas o discos favoritos?

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NORM BREYFOGLE 1960-2018

Los que nos hicimos comiqueros durante los ’90 recordamos un nombre habitual la escena de dichos años: por una década, en forma continua entre 1987 y 1995, y posteriormente en colaboraciones esporádicas, Norm Breyfogle se convirtió en prácticamente el dibujante oficial de Batman, en diversas publicaciones para DC Comics. Su versión del personaje ha sido una de las más celebradas a nivel histórico, ya que es una de las más impactantes interpretaciones del Hombre Murciélago en el papel.

Breyfogle, que además co-creó junto al guionista Alan Grant a personajes como Anarchy, Szasz o el Ventrilocuo, siguió trabajando para DC hasta principios de los ’90, en muchos otros personajes, y luego pasó a Marvel, donde dibujó algunas series para los Avengers y Black Panther entre otros, alternándose con trabajos para editoriales independientes, o en series como Archie -antes de la reciente reinvención del tradicional personaje que ha ocurrido los últimos años. En 2012, visitó la ComicCon Chile, llevándose no precisamente gratos recuerdos de dicha experiencia (media novedad).

El artista estaba retirado desde 2015, luego de sufrir un derrame cerebral del que nunca se recuperó del todo, sufriendo una grave recaída que se lo llevó definitivamente hoy.

En aquellos años en que me reiniciaba como lector disciplinado de cómics, Breyfogle era un nombre recurrente cuando iba al quiosco o a la comiquería, durante varios años. Por eso, considero que más que un dibujante, hoy estamos despidiendo al compañero de camino de muchos por un lapso importante de nuestras vidas.

Adiós, amigo Norm. Descansa en paz.

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el bien, el mal y al medio

Si en algo aproveché las Fiestas Patrias fue para repasar algunas cosas. Metido en Netflix para ponerme al día con la genial BoJack Horseman (caí en esa pasta para quedarme en ella), aproveché de navegar y me encontré con la notable Sin Lugar Para Los Débiles, el gran filme con que los hermanos Cohen alcanzaron la gloria a principios de 2008, alcanzando cuatro premios Oscar –mejor película, director, actor secundario y guión adaptado- entre muchos otros reconocimientos. A casi once años de su estreno, ya que hace rato que andaba con ganas de volver a verla –y como en su momento no tenía ni siquiera pensado abrir este blog- dije “démosle, poh”.

Basada en la novela del estadounidense Cormac McCarthy (que fue publicada en español con su nombre original “No Es País Para Viejos”, la historia transcurre en 1980, en Texas, y comienza cuando Llewelyn Moss (Josh Brolin), veterano de Vietnam, soldador y cazador, encuentra los restos de lo que fue un fallido intercambio de drogas. Y luego de examinar el lugar, repleto de cuerpos baleados y autos destruidos, Moss encuentra un maletín con dos millones de dólares en efectivo, con los que huye, abandonando el lugar.

Pocas horas después, un asesino a sueldo llamado Anton Chigurh (Javier Bardem) es contratado para recuperar el dinero robado, enterándose que su fallecido dueño ha colocado un radiotransmisor en el maletín. Chigurh, un criminal tan brillante como frío y despiadado, tras asesinar al menos a cuatro personas, se pone en marcha. Moss alcanza a advertir la existencia de este perseguidor, ordena a su mujer Carla Jean (Kelly McDonald) viajar junto a su madre, lo más lejos posible, y se da a la fuga.

A dicha persecución se suma Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), sheriff del lugar, quien ya iba tras los pasos de Chigurh desde que éste se diera a la fuga, asesinando a un oficial. Hijo, nieto y sobrino de anteriores agentes de la ley, y a poco tiempo de retirarse, Bell solía ser un oficial tremendamente idealista, a quien la violencia implicada en esta situación le mueve el piso de una manera para la cual no estaba preparado.

Aparte de ser un acercamiento al llamado “western crepuscular”, adelantado en una década al revival que el año pasado experimentó este subgénero,  y sin olvidar que es eminentemente una película de acción, nos queda claro la gran capacidad de los hermanos Cohen para contar historias de todo género.

Esta dupla ha entregado grandes comedias, dramas, humor absurdo, cine negro, espionaje, géneros que a la larga han sido la excusa en virtud de las cuales han investigado el seno mismo de la condición humana. Y en este caso, se valen del relato de McCarthy para reflexionar acerca del eterno conflicto entre el bien, el mal y los que están al medio. Como el que está al medio cae con demasiada facilidad hacia el lado del mal, desequilibrando la situación, y desencadenando una serie de consecuencias catastróficas.

Llewelyn Moss, el del medio, es el que gatilla toda la situación. Queremos creer que es un buen tipo…o más bien, que es demasiado ingenuo como para pensar que puede dañar a alguien. Pero lo hace, precisamente por eso. Todo su problema parte por un cúmulo de decisiones imprudentes y mal pensadas. Bastaba con que no se acercara a la escena del tiroteo. O que no tomara el maletín con el dinero. O que simplemente llamara a la policía y que sea problema de otro. Hace todo lo contrario: se queda con el dinero, comienza a escapar, y con eso, su espiral hacia el abismo, personalmente se empieza a ir al carajo, despierta lo peor de sí mismo, y arrastrando en esa espiral de decadencia a todo aquel que se le junte.

Nos queda claro que es un tipo hábil, inteligente, lleno de recursos. No en vano, volvió de Vietnam, y al parecer medianamente sano. Y menos mal que lo es, para poder salir vivo del entuerto en que cayó por ambicioso e imprudente.

No es gran esfuerzo darse cuenta que Chigurh es la encarnación del mal, convertido en una fuerza de la naturaleza imparable. Sediento de sangre, brillante, calculador, frío a la hora de ejecutar sus planes, sin escrúpulos a la hora de emplear cualquier medio para lograr sus fines, da lo mismo a cuantos tenga que balear. La violencia encarnada en un solo individuo,  sabemos poco de él, que nos cuente por sí mismo al menos, Chigurh (soberbia actuación de Javier Bardem) no habla más de lo estrictamente necesario, dejando que sus acciones lo describan mejor que cualquier otro concepto. Y el único personaje que parece saber algo de él, el mercenario Carson Welles (el siempre correcto Woody Harrelson), contratado para recuperar el dinero robado por Moss cuando se interpreta que Anton está llevando a cabo su propia agenda, deja claro que es prácticamente una suerte cruzarse con el criminal y salir vivo de la experiencia. Sólo por si hasta ese momento no nos había quedado claro.

El bien está encarnado por el sheriff Bell (gran y emotivo trabajo de un seco como Tommy Lee Jones). Bell es una fuerza del bien, o más bien del orden, creyente en el uso de la razón antes que la fuerza, a quien la experiencia, los años han ido minando su visión de la sociedad. Bell es un hombre que cree en el triunfo del bien, del castigo del mal, cuyas creencias se han ido desmoronando con las cosas que ha visto. Los hechos que le toca ver en su última gran cruzada antes de retirarse, los que involucran a Moss y Chigurh, la caída en desgracia del primero, la maldad imparable del segundo, son los que le motivan a decir “basta”, y a dar un paso al costado en un mundo que ya no comprende.

Ese es el país que no es para viejos al que alude el título de la obra: Bell se ha vuelto un extranjero, un pollo en corral ajeno, en un país que se ha alejado tanto de aquel que solía conocer, que se siente obsoleto.

Sí, lo sé, no es muy estimulante la visión del mundo que ofrece esta película.

Sin Lugar.. nos enseña un mundo donde el mal, si bien no triunfa, al menos se sale con la suya. Donde el regular hace todo lo necesario para que el mal saque ventajas. Y donde el bien siente que es una especie en extinción que no tiene cabida en el mundo. Y da un paso al costado para salvar lo que le queda de principios, de moral, de esperanza.

Lo que los Cohen nos dan en esta historia cala hondo. Pega fuerte. Y lleva a cuestionarse algunos principios e ideas que damos por sentadas.

Si bien es una película que nos hace cuestionar y perder la fe en la condición humana, lo cierto es que es de aquellas películas que nos devuelve la fe en el cine como arte, como canal de expresión de emociones humanas. Gracias a la gran capacidad narrativa de los Cohen como guionistas, como directores, habilidad que se traduce en la construcción de su relato, en el ritmo y el buen uso de los tiempos narrativos, sacando provecho de la gran fotografía de Roger Deakins (nominado por su trabajo al Oscar ese año), y del gran trabajo de sus actores principales.

No es una película fácil de procesar, lo admito, pero cuando lo logras, te das cuenta que todos estos talentos reunidos han dado lo que uno esperaría de ellos: una de las grandes películas de los últimos años, una de las esenciales de lo que va del siglo.

Uno de esos casos cada vez más esporádicos en que no le discutimos sus decisiones a la Academia.

****

NO COUNTRY FOR OLD MEN

Director: Joel & Ethan Cohen

Intérpretes: Josh Brolin; Javier Bardem; Tommy Lee Jones; Woody Harrelson; Kelly McDonald; Barry Corbin; Stephen Root; Garret Dillahunt

Policial

2007

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terminar una guerra empezando otra

La guerra contra el narcotráfico parece de nunca acabar.

Especialmente ahora que los carteles fronterizos han encontrado una nueva fuente de recursos, en el ingreso de personas a los Estados Unidos, ilegalmente, lo que ha permitido el ingreso de terroristas de otras latitudes, para cometer atentados dentro de territorio estadounidense.

Convocado para enfrentar esta amenaza, el agente del FBI Matt Graver (Josh Brolin) propone armar una guerra entre carteles, a fin de facilitar a los servicios secretos la reducción de estas organizaciones, para lo cual contacta a un viejo conocido, el mercenario conocido como Alejandro (Benicio Del Toro)…

Una de las grandes películas de 2015 fue Sicario. Dirigida por el gran Denis Villeneuve, era un filme que no se guardaba nada a la hora de mostrar la guerra al narcotráfico por dentro, como un conflicto entre el crimen organizado y las fuerzas de la ley y el orden donde el fin justifica totalmente los medios, aun cuando éstos medios sean tanto o más crueles que los del narcotráfico.

Gran película, aunque debo reconocer que me tomó más de una revisión darme cuenta de lo grande que era. Y no tardó mucho en anunciarse la secuela de la misma, gracias a la gran recepción que tuvo.

Esta vez, Villeneuve no fue de la partida (estaba más preocupado de Arrival y Blade Runner 2049), así que la dirección para Sicario: Día del Soldado recayó en el italiano Stefano Sollima, en cuyo curriculum existe abundante cine de mafias, como por ejemplo, la serie Gomorra, por lo que ya tenía experiencia en retratar el crimen organizado, pues por muchas diferencias que existan entre la mafia siciliana y los carteles mexicanos, sus móviles son prácticamente los mismos.

Ciertamente, hay diferencias cualitativas considerables. Sollima no es Villeneuve, y no tiene su maestría lo que no quiere decir, en todo caso, que la película sea mala, porque no lo es. Muy por el contrario, estamos ante una de las muy buenas películas del año. Primero, porque mantiene a Taylor Sheridan, uno de los escritores más lúcidos del cine actual, (Hell or High Water, Wind River y la primera Sicario), como guionista, un experto en crear historias sobre gente al límite, tipos que ya no tienen nada que perder, más que el alma, y que no se aprobleman a la hora de romper algunos cuantos códigos y límites para lograr su cometido.

Segundo, porque gracias a su experiencia televisiva, Sollima sabe sacar provecho del tiempo, armando una historia ágil, con ritmo, sin tiempos muertos, donde incluso en la escena más piola alguien está haciendo, diciendo o insinuando algo importante.

Historia abundante en tensión, acerca de un ambiente hostil donde como la solución para la violencia termina siendo la violencia misma, donde no cabe una pizca de moral. Sheridan es un gran narrador de este tipo de relatos, y Sollima está más que capacitado para hacer ese relato realidad, a la altura de lo que éste cuento puede dar.

Al igual que en su primer episodio, gran parte de los méritos de Sicario están en su dupla protagónica. Basta con ver a Josh Brolin para darse cuenta que su personaje está dispuesto a llegar a las últimas consecuencias con tal de cumplir su misión (en el fondo, Graver tiene las intenciones correctas, aunque sus métodos no sean del todo correctos), así como Benicio Del Toro, nuevamente robándose la película, cuyo personaje da nombre al filme, en el rol de este individuo que, como dije antes, ya no tiene nada que perder, lo que lo convierte en el agente ideal para aquellas operaciones en que no se sabe si se volverá con vida.

Bebiendo de Sam Peckimpah más de lo que podría reconocerse (Sheridan es devoto fan del fundamental realizador estadounidense), y con todo lo incómodo que pueda ser el tema de la película, su desarrollo y conclusión para el espectador común, esta secuela es una buena demostración de cómo una historia puede cambiar de realizador, de estructura, hasta de tiempos, y seguir manteniendo su espíritu.

Las diferencias cinematográficas entre Sollima y Villeneuve son claras, hasta abismales si se quiere, pero bien en el fondo, el alma de la historia se mantiene intacta.

***3/4

SICARIO: DAY OF THE SOLDADO

Director: Stefano Sollima

Intérpretes: Josh Brolin; Benicio Del Toro; Catherine Keener; Matthew Modine; Isabela Moner; Jeffrey Donovan; Manuel García-Rulfo; Elijah Rodríguez

Policial

2018

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la fe ante un momento de crisis

Por lo que más queremos películas como The Visit (2015) y Split (2016) es porque nos trajeron de vuelta al M. Night Shyamalan que nos conquistó, por la renovada visión que nos estaba dando del género fantástico y del terror, al menos hasta 2004 (The Village no es mala película, cierto que no estaba a la altura de sus trabajos anteriores, pero no era un trabajo desechable..todo lo que hizo después y hasta 2013 –la evidentemente por encargo After Earth- sí que lo fue).

Hasta 2002, y con tres películas (Sexto Sentido el ’99, Unbreakable el 2000 –continuada con Split y cuyo cierre con Glass esperamos con ansias- y Señales el 2002), Shyamalan se estaba convirtiendo en uno de los directores fundamentales del cine actual, que se fue diluyendo con sus desaciertos siguientes. De ahí que su reaparición, sin mucho escándalo con The Visit fue tan agradecida.

como ya repasamos Unbreakable algunos meses atrás, y Sexto Sentido prefiero dejarla para sus 20 años –no falta tanto, después de todo-, y como Joaquim Phoenix también está creando ansias con su versión de The Joker, no viene mal que repasemos Señales, filme que marca el acercamiento de Shyamalan a la paranoia alien, vista no por autoridades o héroes invulnerables, sino desde el punto de vista del hombre común.

Este hombre común es Graham Hess (Mel Gibson), granjero de las afueras de Pennsylvania, y ex pastor, cuya fe en Dios quedó gravemente en entredicho tras una tragedia familiar. Junto a él viven sus hijos Morgan (Rory Culkin), que padece asma, Bo (Abigail Breslin recién salida del jardín), una pequeña que tiene la costumbre de llenar vasos con agua de la que se toma menos de la mitad, y su hermano Merrill (Joaquim Phoenix) también granjero y promesa frustrada del beisbol local.

Una mañana, Graham y los suyos observan su plantación de maíz destruida por extraños círculos dibujados en ella. Graham sospecha de unos vecinos conocidos en la ciudad por las bromas pesadas que suelen jugar al resto, sobre todo cuando Bo, unas noches más tarde, dice que hay alguien en la casa.

Aunque se informa en las noticias de fenómenos similares en diversas partes del mundo, y de avistamientos de luces y otras entidades sobre los cielos, y aunque Morgan se muestra cada vez más convencido, Graham se resiste a creer que se trate de extraterrestres, incluso luego de haber visto una pierna verde corriendo entre sus plantaciones…

Muy similar al caso de Sexto Sentido, Shyamalan fue capaz de armar un filme estremecedor sin necesidad de apelar a recursos visuales más allá de lo estrictamente necesario. En Señales no hay un minuto de tranquilidad, de sosiego. Sea por la situación misma que está afectando al planeta (una invasión extraterrestre), pero principalmente por la situación personal de la familia Hess, una familia que nunca volvió a ser la misma desde la muerte de la madre, y la crisis de fe que atraviesa el jefe de hogar.

La tragedia que ha marcado a los Hess han convertido a Graham (esas actuaciones que Mel Gibson solía dar con frecuencia y que nos hacen ser más compasivos con muchos de sus descalabros posteriores, delante la cámara, detrás de ella y sobre todo fuera de la pantalla) en un hombre amargado y escéptico, convirtiéndolo en quien más se tarda en cuantificar la amenaza que les rodea, pese a su evidencia, pese a tenerla al frente, y pese a que su propio hijo ha tenido la película muy clara incluso desde mucho antes, y aún cuando su propio hermano, con el correr de los días, ha hecho un lado su escepticismo.  Y se mantiene intransigente en ese punto.

Dicen que en las catástrofes, hasta el más ateo se acuerda de rezarle a Dios y que, a la inversa, la fe más sólida se ve puesta a prueba en situaciones extremas..pero ¿qué pasa con un hombre en plena crisis de fe –si bien ha renunciado a su labor ministerial, Graham no ha dejado de creer en Dios, aunque sólo sea para insultarlo- cuando ve que lo poco que le va quedando, también lo está perdiendo?

La presencia de criaturas alienígenas en nuestro planeta (nunca nos queda claro si vienen a conquistarnos, destruirnos o simplemente conocernos…criaturas a las que recién vemos relativamente cerca bien avanzado el largometraje) es al fin y al cabo la excusa para conocer y comprender el proceso personal de Graham, de cómo se convirtió de promotor de la paz en un hombre incapaz de estar en paz con su propia vida, y si en estas condiciones tiene alguna posibilidad de salvación.

Señales es de esas películas que permite entender por qué nos dolió tanto el bajón que Shyamalan se pegó desde su siguiente filme y del que sólo hace tres años se recuperó, y por qué el muy buen desempeño de sus recientes trabajos nos hizo salir a celebrar. Porque ese director que supo estremecer, que nos dejó luego de la función con la sensación de que nos observan, sudando frío y mirando de reojo a todo el que se nos cruce, sin necesidad de mostrar un cadáver o alguna mala cara, había vuelto. O más bien, se había dormido en los laureles y despertado, con nuevas energías para contar historias asombrosas como ésta.

***3/4

SIGNS

Director: M. Night Shyamalan

Intérpretes: Mel Gibson; Joaquim Phoenix; Rory Culkin; Abigail Breslin; Cherry Jones; Patricia Kalember

Ciencia Ficción/ Terror

2002

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unidos por el perdón (pagando una vieja deuda)

Un hombre agoniza en su lecho de muerte, sin más compañía que sus perros y su leal enfermero, mientras su mujer ha abandonado el lugar, sobrepasada por las circunstancias e incapaz de enfrentarlas.

Al mismo tiempo, un longevo presentador de televisión, vive su más complicada transmisión cuando su salud empieza a pasarle la cuenta encontrándose al aire, durante un programa de concursos, en el que su participante estrella, un niño, está a punto de colapsar ante la presión.

A esa misma hora, el que alguna vez fue un niño prodigio, se ve enfrentado a su triste y vergonzosa realidad actual.

Un policía llega al domicilio de una solitaria joven, luego de ser informado de un violento incidente en el lugar.

Y la imagen ganadora, exitosa y avasalladora de un “gurú” de la autoayuda, se sacude luego de una entrevista que no salió como esperaba.

Y todos ellos están conectados.

Aunque subjetivamente hablando Paul Thomas Anderson no es santo de mi devoción, no seré yo el troglodita que desconozca el tremendo aporte que su filmografía ha significado para la buena salud del cine de las últimas décadas, ni el bruto que diga que los constantes elogios que recibe por su trabajo sean exagerados.

Es más, siento que tenía una deuda pendiente con él.

En 1999, a dos años de haber puesto a la comunidad cinematográfica mundial a sus pies con la notable Boogie Nights, y aunque no era para nada su segundo filme, Anderson se enfrentaba al estreno de su nuevo filme, Magnolia. Esta película era clave, para cerciorarse que el triunfo que fue Boogie Nights no era obra de la casualidad o un triunfo aislado. Muchos directores que prometían han dado un gran golpe al hacerse conocidos y después se han desinflado, independiente de que más adelante se hayan recuperado o no. No fue el caso, y Magnolia fue celebrada como un triunfo mayor a su predecesor.

A título personal, la relación que he mantenido con esta película ha sido bastante complicada. Sabía del enorme respaldo que Magnolia arrastraba consigo, pero a diferencia de otros casos (como Donnie Darko o Réquiem Para Un Sueño, películas de las que sólo escuché maravillas por años, hasta que finalmente las vi y no me movieron un pelo), algo me decía que era totalmente justificado. Pero por alguna razón, cada vez que me sentaba a verla, no tardaba mucho rato en sentirme sobrepasado, y cancelaba la revisión a poco andar.

Pero tenía, como dije, que pagar esa deuda pendiente, y redimirme. Y de eso es precisamente lo que se trata esta formidable realización: de redención. Del perdón. De heridas pendientes de cerrar.

He dicho antes, al citar la sinopsis de esta película, que todos sus personajes están conectados, y no sólo por encontrarse en la misma ciudad o porque todos los hechos transcurren cronológicamente al mismo tiempo. Lo que los conecta es lo heridos, lo dañados que están.

Heridos por el daño que han sufrido a lo largo de la vida. Heridos por el daño que han causado a otros. Y por la incapacidad de pedir perdón, de perdonar y de ser perdonados. O perdonarse a sí mismos.

Tanto Earl Patridge (un impresionante Jason Robards), aquel anciano productor de televisión reducido a una inmóvil y moribunda víctima de un cáncer que, en cualquier momento, se lo lleva, como Jimmy Gator (Philip Baker Hall) ese popular conductor de concursos –show creado por Pattridge- cuya salud también se ha deteriorado progresivamente. Con la muerte pisándoles los talones, ambos repasan sus vidas, y aprecian el daño que han causado a lo largo de éstas, principalmente a sus más cercanos: ellos buscan el perdón. Lo necesitan.

Por otro lado, tenemos a Frank Maggey (todos los que duden del tremendo actor que es Tom Cruise, vean esta película, tomen un ladrillo, y reviéntenselo contra la cabeza), esta suerte de gurú de la autoayuda para machos alfa con su testosterona caída en desgracia, misógino, avasallador, ganador, al que no le entran balas. Pero es tan sólo una coraza, un disfraz detrás del que oculta su verdadero yo: un hombre frágil, muy dañado y con gran resentimiento, dolor que ha reconvertido en el personaje que interpreta y que lo ha hecho millonario. Bastó un pequeño pinchazo para reventar la burbuja y mostrara la verdadera y sufrida cara detrás del corpóreo.

En la misma situación, aunque enfrentada de manera distinta está Claudia (Melora Waters), la solitaria joven que a través de los excesos –drogas, alcohol, desenfreno, relaciones afectivas abusivas- intenta, más que llenar los vacíos, sobreponerse a las desgracias que le han tocado. Tal como Frank, a Claudia la vida le ha cargado la mano demasiado, pero donde Frank ha escogido un gigante dentro del que esconderse, la muchacha ha optado por dañarse a sí misma, y reducirse a una mínima expresión.

Por el mismo camino va Stanley (Jeremy Blackman), ese niño que tuvo la mala suerte de tener un talento extraordinario, manejado por las personas equivocadas. Presionado por su miserable padre, se ve expuesto a una serie de circunstancias que lo sobrepasan, y ya no resiste más.

Si los dos personajes que vimos primero eran gente que hizo daño y necesitan ser perdonados, en este apartado tenemos a tres personas que lo han sufrido. Que tienen mucho que perdonar. Que no quieren perdonar, o queriendo no saben cómo ni por qué deberían.

Entre medio, Donnie (William H. Macy), alguna vez un popular rostro televisivo cuando de niño fue el gran ganador de un concurso –el mismo que al día de hoy sigue conduciendo Jimmy Gator- hoy convertido en un perdedor, incapaz de rendir en trabajos de pacotilla, enamorado de un joven barman. Y está Linda (Julianne Moore), la actual esposa de Earl Pattridge, quien claramente no está preparada para lidiar con la situación de su cónyuge, que no era lo que esperaba al casarse con él. Sus dudas respecto a sus verdaderos sentimientos ante estas circunstancias son gigantescas.

Ni ella ni Donnie esperaron alguna vez llegar a este punto, y ambos se acercan paso a paso a sobrepasar los límites que la racionalidad impone. No lo saben de momento, pero tendrán pronto mucho de que arrepentirse.

Completan el cuadro Phil (el gran Philip Seymour Hoffman), y Jim (John C. Reilly), el leal enfermero de Pattridge, el primero, y un buen policía el segundo. Son quizás los únicos dos personajes de todo este mundo que podríamos considerar como buenos de adentro, pero en realidad están tan fracturados como los demás por lo insignificantes que son, canalizando todo ese dolor a través de servir a otros. No están para pedir perdón ni para perdonar a nadie, sólo a sí mismos.

Tanto personaje, tanta información, tanto dolor flotando en el ambiente podría marear a cualquiera, sea como narrador o como espectador. Y aquí es donde se nota la maestría de Anderson como armador y como contador de historias. Todos los relatos individuales cuentan, tienen la misma importancia, y aportan de igual manera al desarrollo de la historia, a que armemos el rompecabezas y cómo se encuentran unidos todos estos relatos, más allá de la cuestión espacial o temporal.

No sólo un gran narrador, Anderson desde siempre ha sido un tremendo director de actores, y aquí lo logra. Nadie actúa mal aquí. Todos los intérpretes, algunos un poco más que otras, logran un desempeño sobrecogedor, transmitiéndonos lo que sus personajes están sintiendo, lo fracturados que se encuentran en su interior.

Todo coronado con una gran escena final de proporciones bíblicas.

Magnolia nuevamente me superó. Pero no como las veces anteriores, que abandoné la revisión a poco andar. Me superó en cuanto no esperé que me iba a pegar así de fuerte. Han pasado unos cuantos días desde que la ví, de hecho, y sigo atontado por el golpe. De ahí que me haya demorado tanto en avanzar con esta reseña. No podía llegar y lanzarla así no más.

Magnolia se estrenó en un período que fue pródigo en grandes películas (Rushmore, Sexto Sentido, Matrix, The Big Lebowski, Alta Fidelidad, Casi Famosos, Wonder Boys, El Club de la Pelea, y varias más entre 1998 y 2000) y en presentarnos a grandes directores. Cabe recordar que Anderson a esa época contaba con apenas 28 años de edad, y creó muchas expectativas en torno a su carrera, las cuales ha sabido cumplir…y superar.

Espero haber saldado la deuda.

****

MAGNOLIA

Director: Paul Thomas Anderson

Intérpretes: Jason Robards; Philip Seymour Hoffmann; Tom Cruise; Julianne Moore; John C. Reilly; Philip Baker Hall; Melora Waters; William H.Macy; Jeremy Blackman; Luis Guzmán; Alfred Molina

Drama

1999

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buena y nueva lectura para el mismo cuento

Tras pasar varios años en prisión, Deborah “Debbie” Ocean (Sandra Bullock) consigue la libertad, y luego de visitar la tumba de su hermano Danny, alguna vez un reconocido genio del crimen, acude a su antigua compañera Lou (Cate Blanchett), ahora dedicada a administrar el bar donde vende su propio licor adulterado.

Debbie plantea a Lou su plan: robar un collar de diamantes tasado en más de ciento cincuenta millones de dólares durante la Gala del Met, en Nueva York, que será usado por Daphne Kluger (Anne Hathaway) una popular actriz y socialité estadounidense.

Reuniendo un grupo que incluye a una diseñadora caída en desgracia (Helena Bonham-Carter), una hacker (Rihanna), una falsificadora de joyas (Mindy Kailing), una carterista (Awkawafina), y una contrabandista en retiro (Sarah Paulson), Debbie organiza el robo del siglo, que será cometido a vista y paciencia de los asistentes a una de las celebraciones más difundidas del planeta…

En Hollywood, cuando se ponen las pilas para hacer las cosas bien, las hacen realmente bien.

A once años del fin de la trilogía de Danny Ocean, de la mano de Steven Soderbergh y con George Clooney a la cabeza, hemos tenido la ocasión de conocer Ocean’s 8: Las Estafadoras cinta a medio camino entre la secuela, el remake y el reboot de una saga que, a su vez, ya era un remake.

Tenía la duda en cuanto a la reacción popular una vez que se supo que la banda protagonista de esta historia iba a ser encarnada sólo por mujeres, dado el antecedente de Ghostbusters un par de años atrás. No fue así, por el contrario, la recepción de la película fue positiva, a nivel de crítica, y anduvo bastante bien en taquilla. No es que haya batido récords, pero no tardó en recuperar sus costos y sus ganancias fueron más que respetables.

Esto puede atribuirse a dos razones: el fandom de Ocean’s (que debe haberlo, si no, no habrían hecho secuela alguna) es mucho más razonable que el fandom ñoño que despedazó una película mucho antes de su estreno y, por otra parte, Ocean’s 8 fue mucho mejor resuelta.

Sin ser una película perfecta –no necesita serlo, a veces basta con querer hacer las cosas bien- Ocean’s es de aquellas películas que nivelan hacia arriba la calidad de la producción más mainstream. Cierto que Gary Ross no es Steven Soderbergh, y no podemos extrañarle la misma habilidad para armar una historia de este tipo. Por eso no es raro que a ratos se le suelte la manija del relato a lo largo de la primera hora (planificación del robo, que por momentos se pone demasiado pasiva), pero se afirma en la segunda (toda la secuencia de la Met Gala, el robo mismo y sus secuelas más inmediatas), y no la suelta más, consiguiendo que uno sienta la historia como propia y quiera que nuestras protagonistas salgan triunfadoras del entuerto.

Además que consigue sacarle mucho provecho al acertado casting, donde todas sus intérpretes brillan con luz propia, pero parejito, sin opacar al resto. La sensación de equipo y de que todas reman para el mismo lado es bastante creíble, y uno ve su operativo como una gesta colectiva digna de celebrarse.

Es cierto, Bullock y Blanchett sostienen gran parte de la historia, pero queda claro que la cosa no gira en torno a ellas solamente, sino a su pandilla y a la operación que están llevando a cabo.

Ocean’s 8 demuestra que se puede reinventar una historia conocida, darle una vuelta de tuerca novedosa, sin hacerle perder su esencia sino, por el contrario, haciéndola crecer como una historia autónoma e independiente de su matriz (las alusiones a la anterior saga de Ocean son mínimas y circunstanciales, para nada influyentes). De las películas que más he disfrutado últimamente.

Ojo con los cameos y demás intérpretes no acreditados (cuesta reconocer a Di Mondo cuando no nada vestido de payaso)

***1/2

OCEAN’S 8

Director: Gary Ross

Intérpretes: Sandra Bullock; Cate Blanchett; Anne Hathaway; Helena Bonham-Carter; Sarah Paulson; Rihanna; Mindy Kailing; Awkawafina; Richard Armitage; James Corden

Policial/Comedia

2018

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