terminar una guerra empezando otra

La guerra contra el narcotráfico parece de nunca acabar.

Especialmente ahora que los carteles fronterizos han encontrado una nueva fuente de recursos, en el ingreso de personas a los Estados Unidos, ilegalmente, lo que ha permitido el ingreso de terroristas de otras latitudes, para cometer atentados dentro de territorio estadounidense.

Convocado para enfrentar esta amenaza, el agente del FBI Matt Graver (Josh Brolin) propone armar una guerra entre carteles, a fin de facilitar a los servicios secretos la reducción de estas organizaciones, para lo cual contacta a un viejo conocido, el mercenario conocido como Alejandro (Benicio Del Toro)…

Una de las grandes películas de 2015 fue Sicario. Dirigida por el gran Denis Villeneuve, era un filme que no se guardaba nada a la hora de mostrar la guerra al narcotráfico por dentro, como un conflicto entre el crimen organizado y las fuerzas de la ley y el orden donde el fin justifica totalmente los medios, aun cuando éstos medios sean tanto o más crueles que los del narcotráfico.

Gran película, aunque debo reconocer que me tomó más de una revisión darme cuenta de lo grande que era. Y no tardó mucho en anunciarse la secuela de la misma, gracias a la gran recepción que tuvo.

Esta vez, Villeneuve no fue de la partida (estaba más preocupado de Arrival y Blade Runner 2049), así que la dirección para Sicario: Día del Soldado recayó en el italiano Stefano Sollima, en cuyo curriculum existe abundante cine de mafias, como por ejemplo, la serie Gomorra, por lo que ya tenía experiencia en retratar el crimen organizado, pues por muchas diferencias que existan entre la mafia siciliana y los carteles mexicanos, sus móviles son prácticamente los mismos.

Ciertamente, hay diferencias cualitativas considerables. Sollima no es Villeneuve, y no tiene su maestría lo que no quiere decir, en todo caso, que la película sea mala, porque no lo es. Muy por el contrario, estamos ante una de las muy buenas películas del año. Primero, porque mantiene a Taylor Sheridan, uno de los escritores más lúcidos del cine actual, (Hell or High Water, Wind River y la primera Sicario), como guionista, un experto en crear historias sobre gente al límite, tipos que ya no tienen nada que perder, más que el alma, y que no se aprobleman a la hora de romper algunos cuantos códigos y límites para lograr su cometido.

Segundo, porque gracias a su experiencia televisiva, Sollima sabe sacar provecho del tiempo, armando una historia ágil, con ritmo, sin tiempos muertos, donde incluso en la escena más piola alguien está haciendo, diciendo o insinuando algo importante.

Historia abundante en tensión, acerca de un ambiente hostil donde como la solución para la violencia termina siendo la violencia misma, donde no cabe una pizca de moral. Sheridan es un gran narrador de este tipo de relatos, y Sollima está más que capacitado para hacer ese relato realidad, a la altura de lo que éste cuento puede dar.

Al igual que en su primer episodio, gran parte de los méritos de Sicario están en su dupla protagónica. Basta con ver a Josh Brolin para darse cuenta que su personaje está dispuesto a llegar a las últimas consecuencias con tal de cumplir su misión (en el fondo, Graver tiene las intenciones correctas, aunque sus métodos no sean del todo correctos), así como Benicio Del Toro, nuevamente robándose la película, cuyo personaje da nombre al filme, en el rol de este individuo que, como dije antes, ya no tiene nada que perder, lo que lo convierte en el agente ideal para aquellas operaciones en que no se sabe si se volverá con vida.

Bebiendo de Sam Peckimpah más de lo que podría reconocerse (Sheridan es devoto fan del fundamental realizador estadounidense), y con todo lo incómodo que pueda ser el tema de la película, su desarrollo y conclusión para el espectador común, esta secuela es una buena demostración de cómo una historia puede cambiar de realizador, de estructura, hasta de tiempos, y seguir manteniendo su espíritu.

Las diferencias cinematográficas entre Sollima y Villeneuve son claras, hasta abismales si se quiere, pero bien en el fondo, el alma de la historia se mantiene intacta.

***3/4

SICARIO: DAY OF THE SOLDADO

Director: Stefano Sollima

Intérpretes: Josh Brolin; Benicio Del Toro; Catherine Keener; Matthew Modine; Isabela Moner; Jeffrey Donovan; Manuel García-Rulfo; Elijah Rodríguez

Policial

2018

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la fe ante un momento de crisis

Por lo que más queremos películas como The Visit (2015) y Split (2016) es porque nos trajeron de vuelta al M. Night Shyamalan que nos conquistó, por la renovada visión que nos estaba dando del género fantástico y del terror, al menos hasta 2004 (The Village no es mala película, cierto que no estaba a la altura de sus trabajos anteriores, pero no era un trabajo desechable..todo lo que hizo después y hasta 2013 –la evidentemente por encargo After Earth- sí que lo fue).

Hasta 2002, y con tres películas (Sexto Sentido el ’99, Unbreakable el 2000 –continuada con Split y cuyo cierre con Glass esperamos con ansias- y Señales el 2002), Shyamalan se estaba convirtiendo en uno de los directores fundamentales del cine actual, que se fue diluyendo con sus desaciertos siguientes. De ahí que su reaparición, sin mucho escándalo con The Visit fue tan agradecida.

como ya repasamos Unbreakable algunos meses atrás, y Sexto Sentido prefiero dejarla para sus 20 años –no falta tanto, después de todo-, y como Joaquim Phoenix también está creando ansias con su versión de The Joker, no viene mal que repasemos Señales, filme que marca el acercamiento de Shyamalan a la paranoia alien, vista no por autoridades o héroes invulnerables, sino desde el punto de vista del hombre común.

Este hombre común es Graham Hess (Mel Gibson), granjero de las afueras de Pennsylvania, y ex pastor, cuya fe en Dios quedó gravemente en entredicho tras una tragedia familiar. Junto a él viven sus hijos Morgan (Rory Culkin), que padece asma, Bo (Abigail Breslin recién salida del jardín), una pequeña que tiene la costumbre de llenar vasos con agua de la que se toma menos de la mitad, y su hermano Merrill (Joaquim Phoenix) también granjero y promesa frustrada del beisbol local.

Una mañana, Graham y los suyos observan su plantación de maíz destruida por extraños círculos dibujados en ella. Graham sospecha de unos vecinos conocidos en la ciudad por las bromas pesadas que suelen jugar al resto, sobre todo cuando Bo, unas noches más tarde, dice que hay alguien en la casa.

Aunque se informa en las noticias de fenómenos similares en diversas partes del mundo, y de avistamientos de luces y otras entidades sobre los cielos, y aunque Morgan se muestra cada vez más convencido, Graham se resiste a creer que se trate de extraterrestres, incluso luego de haber visto una pierna verde corriendo entre sus plantaciones…

Muy similar al caso de Sexto Sentido, Shyamalan fue capaz de armar un filme estremecedor sin necesidad de apelar a recursos visuales más allá de lo estrictamente necesario. En Señales no hay un minuto de tranquilidad, de sosiego. Sea por la situación misma que está afectando al planeta (una invasión extraterrestre), pero principalmente por la situación personal de la familia Hess, una familia que nunca volvió a ser la misma desde la muerte de la madre, y la crisis de fe que atraviesa el jefe de hogar.

La tragedia que ha marcado a los Hess han convertido a Graham (esas actuaciones que Mel Gibson solía dar con frecuencia y que nos hacen ser más compasivos con muchos de sus descalabros posteriores, delante la cámara, detrás de ella y sobre todo fuera de la pantalla) en un hombre amargado y escéptico, convirtiéndolo en quien más se tarda en cuantificar la amenaza que les rodea, pese a su evidencia, pese a tenerla al frente, y pese a que su propio hijo ha tenido la película muy clara incluso desde mucho antes, y aún cuando su propio hermano, con el correr de los días, ha hecho un lado su escepticismo.  Y se mantiene intransigente en ese punto.

Dicen que en las catástrofes, hasta el más ateo se acuerda de rezarle a Dios y que, a la inversa, la fe más sólida se ve puesta a prueba en situaciones extremas..pero ¿qué pasa con un hombre en plena crisis de fe –si bien ha renunciado a su labor ministerial, Graham no ha dejado de creer en Dios, aunque sólo sea para insultarlo- cuando ve que lo poco que le va quedando, también lo está perdiendo?

La presencia de criaturas alienígenas en nuestro planeta (nunca nos queda claro si vienen a conquistarnos, destruirnos o simplemente conocernos…criaturas a las que recién vemos relativamente cerca bien avanzado el largometraje) es al fin y al cabo la excusa para conocer y comprender el proceso personal de Graham, de cómo se convirtió de promotor de la paz en un hombre incapaz de estar en paz con su propia vida, y si en estas condiciones tiene alguna posibilidad de salvación.

Señales es de esas películas que permite entender por qué nos dolió tanto el bajón que Shyamalan se pegó desde su siguiente filme y del que sólo hace tres años se recuperó, y por qué el muy buen desempeño de sus recientes trabajos nos hizo salir a celebrar. Porque ese director que supo estremecer, que nos dejó luego de la función con la sensación de que nos observan, sudando frío y mirando de reojo a todo el que se nos cruce, sin necesidad de mostrar un cadáver o alguna mala cara, había vuelto. O más bien, se había dormido en los laureles y despertado, con nuevas energías para contar historias asombrosas como ésta.

***3/4

SIGNS

Director: M. Night Shyamalan

Intérpretes: Mel Gibson; Joaquim Phoenix; Rory Culkin; Abigail Breslin; Cherry Jones; Patricia Kalember

Ciencia Ficción/ Terror

2002

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unidos por el perdón (pagando una vieja deuda)

Un hombre agoniza en su lecho de muerte, sin más compañía que sus perros y su leal enfermero, mientras su mujer ha abandonado el lugar, sobrepasada por las circunstancias e incapaz de enfrentarlas.

Al mismo tiempo, un longevo presentador de televisión, vive su más complicada transmisión cuando su salud empieza a pasarle la cuenta encontrándose al aire, durante un programa de concursos, en el que su participante estrella, un niño, está a punto de colapsar ante la presión.

A esa misma hora, el que alguna vez fue un niño prodigio, se ve enfrentado a su triste y vergonzosa realidad actual.

Un policía llega al domicilio de una solitaria joven, luego de ser informado de un violento incidente en el lugar.

Y la imagen ganadora, exitosa y avasalladora de un “gurú” de la autoayuda, se sacude luego de una entrevista que no salió como esperaba.

Y todos ellos están conectados.

Aunque subjetivamente hablando Paul Thomas Anderson no es santo de mi devoción, no seré yo el troglodita que desconozca el tremendo aporte que su filmografía ha significado para la buena salud del cine de las últimas décadas, ni el bruto que diga que los constantes elogios que recibe por su trabajo sean exagerados.

Es más, siento que tenía una deuda pendiente con él.

En 1999, a dos años de haber puesto a la comunidad cinematográfica mundial a sus pies con la notable Boogie Nights, y aunque no era para nada su segundo filme, Anderson se enfrentaba al estreno de su nuevo filme, Magnolia. Esta película era clave, para cerciorarse que el triunfo que fue Boogie Nights no era obra de la casualidad o un triunfo aislado. Muchos directores que prometían han dado un gran golpe al hacerse conocidos y después se han desinflado, independiente de que más adelante se hayan recuperado o no. No fue el caso, y Magnolia fue celebrada como un triunfo mayor a su predecesor.

A título personal, la relación que he mantenido con esta película ha sido bastante complicada. Sabía del enorme respaldo que Magnolia arrastraba consigo, pero a diferencia de otros casos (como Donnie Darko o Réquiem Para Un Sueño, películas de las que sólo escuché maravillas por años, hasta que finalmente las vi y no me movieron un pelo), algo me decía que era totalmente justificado. Pero por alguna razón, cada vez que me sentaba a verla, no tardaba mucho rato en sentirme sobrepasado, y cancelaba la revisión a poco andar.

Pero tenía, como dije, que pagar esa deuda pendiente, y redimirme. Y de eso es precisamente lo que se trata esta formidable realización: de redención. Del perdón. De heridas pendientes de cerrar.

He dicho antes, al citar la sinopsis de esta película, que todos sus personajes están conectados, y no sólo por encontrarse en la misma ciudad o porque todos los hechos transcurren cronológicamente al mismo tiempo. Lo que los conecta es lo heridos, lo dañados que están.

Heridos por el daño que han sufrido a lo largo de la vida. Heridos por el daño que han causado a otros. Y por la incapacidad de pedir perdón, de perdonar y de ser perdonados. O perdonarse a sí mismos.

Tanto Earl Patridge (un impresionante Jason Robards), aquel anciano productor de televisión reducido a una inmóvil y moribunda víctima de un cáncer que, en cualquier momento, se lo lleva, como Jimmy Gator (Philip Baker Hall) ese popular conductor de concursos –show creado por Pattridge- cuya salud también se ha deteriorado progresivamente. Con la muerte pisándoles los talones, ambos repasan sus vidas, y aprecian el daño que han causado a lo largo de éstas, principalmente a sus más cercanos: ellos buscan el perdón. Lo necesitan.

Por otro lado, tenemos a Frank Maggey (todos los que duden del tremendo actor que es Tom Cruise, vean esta película, tomen un ladrillo, y reviéntenselo contra la cabeza), esta suerte de gurú de la autoayuda para machos alfa con su testosterona caída en desgracia, misógino, avasallador, ganador, al que no le entran balas. Pero es tan sólo una coraza, un disfraz detrás del que oculta su verdadero yo: un hombre frágil, muy dañado y con gran resentimiento, dolor que ha reconvertido en el personaje que interpreta y que lo ha hecho millonario. Bastó un pequeño pinchazo para reventar la burbuja y mostrara la verdadera y sufrida cara detrás del corpóreo.

En la misma situación, aunque enfrentada de manera distinta está Claudia (Melora Waters), la solitaria joven que a través de los excesos –drogas, alcohol, desenfreno, relaciones afectivas abusivas- intenta, más que llenar los vacíos, sobreponerse a las desgracias que le han tocado. Tal como Frank, a Claudia la vida le ha cargado la mano demasiado, pero donde Frank ha escogido un gigante dentro del que esconderse, la muchacha ha optado por dañarse a sí misma, y reducirse a una mínima expresión.

Por el mismo camino va Stanley (Jeremy Blackman), ese niño que tuvo la mala suerte de tener un talento extraordinario, manejado por las personas equivocadas. Presionado por su miserable padre, se ve expuesto a una serie de circunstancias que lo sobrepasan, y ya no resiste más.

Si los dos personajes que vimos primero eran gente que hizo daño y necesitan ser perdonados, en este apartado tenemos a tres personas que lo han sufrido. Que tienen mucho que perdonar. Que no quieren perdonar, o queriendo no saben cómo ni por qué deberían.

Entre medio, Donnie (William H. Macy), alguna vez un popular rostro televisivo cuando de niño fue el gran ganador de un concurso –el mismo que al día de hoy sigue conduciendo Jimmy Gator- hoy convertido en un perdedor, incapaz de rendir en trabajos de pacotilla, enamorado de un joven barman. Y está Linda (Julianne Moore), la actual esposa de Earl Pattridge, quien claramente no está preparada para lidiar con la situación de su cónyuge, que no era lo que esperaba al casarse con él. Sus dudas respecto a sus verdaderos sentimientos ante estas circunstancias son gigantescas.

Ni ella ni Donnie esperaron alguna vez llegar a este punto, y ambos se acercan paso a paso a sobrepasar los límites que la racionalidad impone. No lo saben de momento, pero tendrán pronto mucho de que arrepentirse.

Completan el cuadro Phil (el gran Philip Seymour Hoffman), y Jim (John C. Reilly), el leal enfermero de Pattridge, el primero, y un buen policía el segundo. Son quizás los únicos dos personajes de todo este mundo que podríamos considerar como buenos de adentro, pero en realidad están tan fracturados como los demás por lo insignificantes que son, canalizando todo ese dolor a través de servir a otros. No están para pedir perdón ni para perdonar a nadie, sólo a sí mismos.

Tanto personaje, tanta información, tanto dolor flotando en el ambiente podría marear a cualquiera, sea como narrador o como espectador. Y aquí es donde se nota la maestría de Anderson como armador y como contador de historias. Todos los relatos individuales cuentan, tienen la misma importancia, y aportan de igual manera al desarrollo de la historia, a que armemos el rompecabezas y cómo se encuentran unidos todos estos relatos, más allá de la cuestión espacial o temporal.

No sólo un gran narrador, Anderson desde siempre ha sido un tremendo director de actores, y aquí lo logra. Nadie actúa mal aquí. Todos los intérpretes, algunos un poco más que otras, logran un desempeño sobrecogedor, transmitiéndonos lo que sus personajes están sintiendo, lo fracturados que se encuentran en su interior.

Todo coronado con una gran escena final de proporciones bíblicas.

Magnolia nuevamente me superó. Pero no como las veces anteriores, que abandoné la revisión a poco andar. Me superó en cuanto no esperé que me iba a pegar así de fuerte. Han pasado unos cuantos días desde que la ví, de hecho, y sigo atontado por el golpe. De ahí que me haya demorado tanto en avanzar con esta reseña. No podía llegar y lanzarla así no más.

Magnolia se estrenó en un período que fue pródigo en grandes películas (Rushmore, Sexto Sentido, Matrix, The Big Lebowski, Alta Fidelidad, Casi Famosos, Wonder Boys, El Club de la Pelea, y varias más entre 1998 y 2000) y en presentarnos a grandes directores. Cabe recordar que Anderson a esa época contaba con apenas 28 años de edad, y creó muchas expectativas en torno a su carrera, las cuales ha sabido cumplir…y superar.

Espero haber saldado la deuda.

****

MAGNOLIA

Director: Paul Thomas Anderson

Intérpretes: Jason Robards; Philip Seymour Hoffmann; Tom Cruise; Julianne Moore; John C. Reilly; Philip Baker Hall; Melora Waters; William H.Macy; Jeremy Blackman; Luis Guzmán; Alfred Molina

Drama

1999

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buena y nueva lectura para el mismo cuento

Tras pasar varios años en prisión, Deborah “Debbie” Ocean (Sandra Bullock) consigue la libertad, y luego de visitar la tumba de su hermano Danny, alguna vez un reconocido genio del crimen, acude a su antigua compañera Lou (Cate Blanchett), ahora dedicada a administrar el bar donde vende su propio licor adulterado.

Debbie plantea a Lou su plan: robar un collar de diamantes tasado en más de ciento cincuenta millones de dólares durante la Gala del Met, en Nueva York, que será usado por Daphne Kluger (Anne Hathaway) una popular actriz y socialité estadounidense.

Reuniendo un grupo que incluye a una diseñadora caída en desgracia (Helena Bonham-Carter), una hacker (Rihanna), una falsificadora de joyas (Mindy Kailing), una carterista (Awkawafina), y una contrabandista en retiro (Sarah Paulson), Debbie organiza el robo del siglo, que será cometido a vista y paciencia de los asistentes a una de las celebraciones más difundidas del planeta…

En Hollywood, cuando se ponen las pilas para hacer las cosas bien, las hacen realmente bien.

A once años del fin de la trilogía de Danny Ocean, de la mano de Steven Soderbergh y con George Clooney a la cabeza, hemos tenido la ocasión de conocer Ocean’s 8: Las Estafadoras cinta a medio camino entre la secuela, el remake y el reboot de una saga que, a su vez, ya era un remake.

Tenía la duda en cuanto a la reacción popular una vez que se supo que la banda protagonista de esta historia iba a ser encarnada sólo por mujeres, dado el antecedente de Ghostbusters un par de años atrás. No fue así, por el contrario, la recepción de la película fue positiva, a nivel de crítica, y anduvo bastante bien en taquilla. No es que haya batido récords, pero no tardó en recuperar sus costos y sus ganancias fueron más que respetables.

Esto puede atribuirse a dos razones: el fandom de Ocean’s (que debe haberlo, si no, no habrían hecho secuela alguna) es mucho más razonable que el fandom ñoño que despedazó una película mucho antes de su estreno y, por otra parte, Ocean’s 8 fue mucho mejor resuelta.

Sin ser una película perfecta –no necesita serlo, a veces basta con querer hacer las cosas bien- Ocean’s es de aquellas películas que nivelan hacia arriba la calidad de la producción más mainstream. Cierto que Gary Ross no es Steven Soderbergh, y no podemos extrañarle la misma habilidad para armar una historia de este tipo. Por eso no es raro que a ratos se le suelte la manija del relato a lo largo de la primera hora (planificación del robo, que por momentos se pone demasiado pasiva), pero se afirma en la segunda (toda la secuencia de la Met Gala, el robo mismo y sus secuelas más inmediatas), y no la suelta más, consiguiendo que uno sienta la historia como propia y quiera que nuestras protagonistas salgan triunfadoras del entuerto.

Además que consigue sacarle mucho provecho al acertado casting, donde todas sus intérpretes brillan con luz propia, pero parejito, sin opacar al resto. La sensación de equipo y de que todas reman para el mismo lado es bastante creíble, y uno ve su operativo como una gesta colectiva digna de celebrarse.

Es cierto, Bullock y Blanchett sostienen gran parte de la historia, pero queda claro que la cosa no gira en torno a ellas solamente, sino a su pandilla y a la operación que están llevando a cabo.

Ocean’s 8 demuestra que se puede reinventar una historia conocida, darle una vuelta de tuerca novedosa, sin hacerle perder su esencia sino, por el contrario, haciéndola crecer como una historia autónoma e independiente de su matriz (las alusiones a la anterior saga de Ocean son mínimas y circunstanciales, para nada influyentes). De las películas que más he disfrutado últimamente.

Ojo con los cameos y demás intérpretes no acreditados (cuesta reconocer a Di Mondo cuando no nada vestido de payaso)

***1/2

OCEAN’S 8

Director: Gary Ross

Intérpretes: Sandra Bullock; Cate Blanchett; Anne Hathaway; Helena Bonham-Carter; Sarah Paulson; Rihanna; Mindy Kailing; Awkawafina; Richard Armitage; James Corden

Policial/Comedia

2018

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BURT REYNOLDS 1936-2018

A este lado del mundo, las películas de Burt Reynolds se estrenaban a cuentagotas, y principalmente sus comedias como Los Locos del Cannonball, Smokey and the Bandit, por aquel cameo en la notable Silent Movie, de Mel Brooks, o cintas de deportes como The Longest Yard (tanto la original como su remake de 2005), y claro por la imagen de sex symbol que proyectó a lo largo de sus primeros años. Por eso, poco celebrada es por aquí su enorme carrera como actor de acción, y sólo nos dimos cuenta de su potencial como actor dramático con Boogie Nights (Paul Thomas Anderson). Tanto, que se dijo que esta película, por la que fue nominado al Oscar y ganó un Golden Globe como Mejor Actor, marcaba su regreso en gloria y majestad…¿regreso de donde, si siempre estuvo ahí?

Cierto, en los ’80 y parte de los ’90 hizo más televisión que cine, e hizo más ruido en la prensa de farándula que en la de cine, pero en rigor nunca se fue.

Aunque había bajado su productividad desde hace unos años, el año pasado protagonizó The Last Movie Star (de la mano de A24, sobre un actor de cine enfrentado al inevitable paso del tiempo) y actualmente rodaba Once Upon A Time In Hollywood, de la mano de Quentin Tarantino.

Reynolds falleció ayer, a los 82 años, a causa de un fulminante ataque al corazón, tras años de sufrir problemas de esta índole.

QEPD

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lo bueno de repetir

Siento que hay tanto en común entre ustedes dos.

¿Las esperé con ansias? Sí. ¿Me gustaron? Sí, aunque no a la primera. No como esperaba al menos. ¿Me decepcionaron? No necesariamente.
¿Tuve que verlas más de una vez para procesarlas y disfrutarlas más? Si, y tras un lapso prolongado además. El tiempo y la perspectiva me ayudaron a apreciar mejor sus virtudes y bancarme mejor sus errores. Y hasta ahora, la paso bien las veces que me las he repetido.

Y sí, soy consciente de que lo ideal de las películas es que las disfrutemos de una sola vez, en forma inmediata, y no tengamos que darles muchas vueltas. Pero bueh, así no más fue la cosa.

En todo caso, nunca es malo repetirse las películas. Más allá de la razón obvia para repetírselas (lo que nos pasa cuando revemos nuestras películas favoritas), volver a ver un filme determinado, siempre hace bien.

Después del favoritismo, la principal razón para repetirse las películas se puede sintetizar en dos conceptos generales: ratificar ideas o disipar dudas.

Confirmar que lo que te gustó, te sigue gustando, y lo que odiaste, lo sigues odiando. Pero no son los únicos escenarios posibles.

Nos repetimos las películas para saber si nos sigue gustando tanto o más que la primera vez que las vimos, para saber si las seguimos interpretando como lo hicimos originalmente, para descubrir cosas que no habíamos notado antes, o detalles que nos hacen mirarla de otra manera que no vimos la vez anterior.

Nos sirve para saber cómo han envejecido las películas, cómo hemos envejecido o madurado nosotros, y cómo se ha mantenido o si ha cambiado nuestra manera de ver el mundo a través de las películas.

Esto de repetirse las películas puede provocarnos toda clase de sensaciones. Decepción, por ejemplo, frente a esa película que en un momento nos gustó mucho, y que después nos fuimos dando cuenta que no era todo lo buena que parecía (es lo que me pasa con Avatar, por ejemplo, que en su momento me tuvo por las nubes, y ahora me cansa verla) o que nos estaban vendiendo la pescada. O también nos puede llevar a dudar de nosotros mismos (¿en qué estaba pensando cuando vi esto?¿Realmente me llegó a gustar esta hue…?).

Pero también te puede provocar una grata sorpresa. Esa película que viste alguna vez y no te gustó tanto, pero ahora sí. O que te dejó confundido, que no entendiste muy bien, y que ahora sí supiste apreciar. Sea porque tu situación personal, tu madurez, te han ayudado a cambiar la perspectiva, sea porque con los años descubriste como hacer a un lado los prejuicios, en fin. Te reencontraste con tal o cual título, y resultó que te gustó más de lo que jamás pensaste. O ni siquiera tanto, sólo hiciste las paces con éste, y te sentiste bien.

Pasa con las películas, los discos, las novelas, en fin.

Es lo que me ha pasado. Como buen cinéfilo, acostumbro repetirme películas, no sólo las que me gustan más. Porque soy consciente que el tiempo o sana las heridas o te hace ver las cosas con otra perspectiva. Y así es como me he dado cuenta que Guerra de los Mundos (Steven Spielberg, 2005), película a la que gran parte de la crítica y del público destrozaron –para muchos era un trabajo asalariado de Spielberg para hacer quedar como héroe a un Tom Cruise recién separado de Nicole Kidman y recién casado con Katie Holmes que necesitaba recuperar a la opinión pública..no, no importaba que menos de un año antes hubiera protagonizado una de las grandes películas de su momento como fue Colateral-pero que tras repasarla me he dado cuenta que no es tan así, sino que es un gran trabajo del tío Steven en el campo de la aventura y el entretenimiento, acerca de un tipo cuyo mayor pretensión en términos de heroísmo es volver a casa con su familia intacta tras una crisis. Quizás no esté a la altura de mucho de la carrera del buen Steven, pero ciertamente le dieron más duro de lo aconsejable.

O también me he podido reencontrar con Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999..si, otra vez Tom Cruise), película que no vi en su momento, sólo vine a atinar con verla en dvd, pero algo me complicó. Y en cierta forma me sigue complicando (no es una película fácil en términos de entrar en ella), pero que ahora, con muchas más horas de cine en la retina, con más edad, conocimientos, lo que quieran, y he llegado a entender por qué para muchos es una de las grandes películas de la vida.

(Las tengo anotadas para futuras reseñas, descuiden).

Que no se tome esta sugerencia como un llamado a no pescar la cartelera actual. Sí, mucho cinéfilo llega a repetirse películas de años anteriores decepcionado por los contenidos que ofrece la industria del cine actualmente, pero esa no es una actitud sana. Sí, mucho de la cartelera actual nos hace perder la fe en el cine, lo concedo, y también, nos repetimos películas para recuperarla, pero si dejamos de darle oportunidad a lo nuevo, a lo actual (que a veces nos mueve el piso con cuática), ¿qué sacamos con volver a creer?

Que nos repitamos lo viejo no quiere decir que menospreciemos lo nuevo por el mero hecho de serlo. Lo nuevo, dice Anton Ego, necesita amigos, y lo viejo nos permite desarrollar una mejor perspectiva para construir esa amistad.

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Exijimos ser unos héroes

Hartos de ser despreciados por la ciudadanía, por los villanos y por sus propios colegas héroes, Robin, Starfire, Cyborg, Raven y Beast Boy, es decir, Los Jóvenes Titanes, han decidido dar un paso gigante en su carrera como superhéroes y hacer lo necesario para ser validados como tales: tener su propia película.

El problema es que ningún estudio les quiere prestar atención, ya que nunca han hecho nada realmente superheroico como, por ejemplo, enfrentar un villano.

Descorazonados, los Titanes empiezan el regreso a casa, hasta que se encuentran con la solución a sus problemas: un supercriminal llamado Slade…

Si usted es de los que tienen a exagerar la solemnidad de un género determinado, en este caso, los superhéroes, de los que creen que siendo la gran mitología del siglo XX (para qué andamos con cosas, lo son), y de los que creen que personajes como el Chapulín Colorado deberían ser lanzados a la hoguera por blasfemar, ni siquiera haga el intento de ver esta película. Ni de seguir leyendo esta columna.

Pues partamos de la base que Jóvenes Titanes en Acción: La Película tiene muy claro su rol en esta existencia: adaptación de una serie televisiva que a su vez es una adaptación, en tono de comedia y muy simplificada, de uno de los grupos más clásicos y populares del género de los superhéroes, que fue quizás la más exitosa respuesta de DC Comics al fenómeno que fue X-Men.

Es decir, estamos ante una película que tiene consciencia de su condición de caricatura. Y así, está cinta se disfruta de lo lindo, cuando uno va con esa predisposición. Olvidándose de los prejuicios, siguiéndole la corriente en orden a no tomarse tan en serio las cosas, la experiencia Teen Titans Go puede ser memorable.

Es cierto, Teen Titans Go está enfocada al público infantil, que se divierte sobre todo con cuestiones visuales y físicas. Sin embargo, la película apela a otros factores, pues sus realizadores tienen claro que el público objetivo resiente el tránsito de una serie que dura diez minutos por capítulo, a una hora y media de película (y como nos ha enseñado mucho del (mal)cine humorístico reciente, no puedes sostener un filme de esa duración sobre los mismos chistes de caídas, deformaciones y flatulencias).

Esto no quiere decir que el niño fanático de la serie, lo pase mal. Resiente la duración, sí, pierde a ratos el foco, pero la película se las arregla bien para que, cual más cual menos todo el público infantil quede mirando hasta el final.

En este caso es el público adolescente y hacia arriba el que lo pasa de lo lindo. Especialmente si conoce de cultura pop y es fanático o conocedor del universo DC Comics, porque si algo tiene en grandes cantidades este filme son referencias ñoñas, alusiones a otras películas y conceptos, y bromas relacionadas con el mundo y los personajes de DC, en sus diversos formatos. Desde los orígenes de sus personajes más clásicos, hasta chistes con personajes bigotudos y Marta, pasando por rescatar personajes que hasta el más fanático olvidó.

Si usted se rió de lo lindo con Lego Batman Movie, entonces no tiene excusa para no divertirse con ésta (lo que no es casualidad, su productor es el mismo actor de voz de Batman en dicha saga, Will Arnett).

Digan si quieren que Jóvenes Titanes En Acción es un intento por extender el éxito de la franquicia al plano cinematográfico, pero hay que reconocer que al menos se esforzaron por hacer algo más que un capítulo alargado de la serie. Yo por lo menos me reí más de lo que esperaba.

Porque no porque esta película en caso alguno podríamos calificarla de imperdible, la entrada para una de sus exhibiciones en ningún caso es plata perdida.

***

TEEN TITANS GO TO THE MOVIES

Director: Aaron Horvath-Peter Rida Michail

Animación

2018

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