un hombre y su isla

Sucede. Hay películas que, aunque uno las vea pocas veces, o no se las repite tan seguido, las considera grandes películas. Las siente importantes, experiencias superiores que hay que presenciar al menos una vez en la vida.

Es lo que me pasa con Náufrago (Robert Zemeckis, 2000): es una película que en las casi dos décadas que han corrido desde su estreno, debo haber visto apenas tres veces. Poco después de su estreno, años después en dvd, y hace poco, cuando el blu-ray de la cinta llegó a mis manos. Y sin embargo, considero que es una de las grandes películas de lo que va del siglo XXI. Y cada vez que me la repito, la encuentro mejor que la anterior.

Sobre todo cuando uno va puliendo las lecturas que hace de esta película. A simple vista, pensando en el título, en las imágenes preliminares, en su premisa, en su realizador se podría pensar que estamos ante un filme de aventuras. Sí, de hecho lo es, pero es mucho más hondo que eso.

Todo comienza con Chuck Noland (Tom Hanks) un proactivo ejecutivo de la empresa de mensajería FedEx. Exigente y obsesionado con el buen funcionamiento del servicio, Noland vive pasando de avión en avión, a fin de controlar por sí mismo, que las distintas sucursales de la empresa funcionen eficazmente, a tono con los principios que inspiran a la compañía.

Por eso, cuando es informado que la sucursal de la compañía en Malasia registra fallas operativas que deben ser tratadas con urgencia, Noland cancela la celebración de Navidad que tenía planeada con su novia Kelly (Helen Hunt) y aborda de inmediato rumbo a Oriente. Sin embargo, durante una tormenta, el vuelo no sólo ve alterado su rumbo, sino además sufre una violenta caída.

Chuck es el único sobreviviente del accidente, luego de llegar apenas a una isla desierta.

Ignorante de su ubicación, Noland planea diversos intentos fallidos de escape, por lo que no tarda en resignarse y adaptarse a su nueva situación, buscando la forma más idónea para sobrevivir, sin sucumbir, física y mentalmente, del proceso…

¿Les ha pasado que, a veces, han tenido la sensación de decir “no somos nada”?¿Ante una catástrofe, por ejemplo?¿O ante la inmensidad de un paisaje determinado? ¿Esa sensación de que por mucho que hayamos avanzado científica, tecnológica y materialmente, la naturaleza siempre se encarga de recordarnos que es mucho más poderosa?

Bueno, Chuck Nolan lleva esa afirmación a una nueva dimensión: un hombre dedicado a velar que todo funcione bien, que todo esté en su lugar y a la hora precisos, expuesto a una situación y a una realidad donde todas sus grandes habilidades de gestión, no valen nada. Un hombre acostumbrado a tener el control, en una realidad en la que ninguna cosa está bajo su control. Ni el clima, ni la geografía, ni siquiera su propia salud.

Algo tan trivial como encender fuego (¿has contado alguna vez cuántos fósforos al día enciendes?) se vuelve una tarea de titanes. Cuando Chuck finalmente consigue encender una fogata, es una celebración digna de carnaval.

Cierto que en un principio, siendo un tipo con un gran sentido práctico, y con la suerte de contar con algunos artículos provenientes de las encomiendas que debe trasladar, Noland consigue habituarse relativamente bien a su nueva condición. Sin embargo, con el correr de los días, a medida que su permanencia se prolonga en el tiempo, a la par de lo olvidado y aislado que se siente, debe apelar a algo más que sus habilidades para sobrevivir y, a la larga, salvarse.

Así, la idea de darle nombre y rostro a una pelota para tener con quien conversar, por demente que nos podría parecer, termina siendo una solución apta para sobrellevar el aislamiento y la soledad.

Chuck tiene que atravesar un forzado retorno a los orígenes para sobrevivir, pero a la corta o a la larga termina transformándolo como persona.

Eventualmente, Chuck es salvado, vuelve a lo que llamamos civilización, pero ante un mundo que en los años que estuvo perdido no dejó de girar, ni de cambiar. Chuck vuelve a un entorno donde la gente que lo rodeaba, tarde o temprano siguió con su vida.

Nadie se olvidó de él, aclaremos, pero no por eso dejaron de vivir, lo cual puede ser un golpe duro para cualquiera en su situación. Con todo, a lo largo de estos años, Chuck tampoco se quedó estático, y con este retorno al origen necesario para salvarse físicamente, también su visión acerca de la vida atravesó un cambio sustancial.

Cambio que ciertamente lo deja mejor parado para enfrentar los desafíos que vendrán, por un lado, y para ir cerrando etapas pasadas por otro. Sí, tal vez siga trabajando en lo mismo, y amando su trabajo, pero ciertamente ya no será al nivel obsesivo que antes del naufragio, y ciertamente mucho más abierto a valorar y disfrutar la segunda oportunidad que le dio la vida.

Acertada es la dirección de Robert Zemeckis, director que había hecho sus mejores trabajos en el campo de lo fantástico, pero sin descuidar el factor humano (Volver al Futuro, ejemplo de lo primero, Forrest Gump de lo segundo). Náufrago es otra prueba de lo anterior, pues si bien es un relato de sobrevivencia y transformación de un individuo, a causa de una circunstancia extraordinaria que lo pone a prueba. Evidentemente, hay un factor aventura involucrado, que Zemeckis no descuida, de manera que ambos planos del relato equilibran perfectamente.

Y aunque la Academia lo ignoró (sólo lo nominó como Mejor Actor, categoría en la que sí se adjudicó un Golden Globe), asumiendo que dos tercios de la historia lo tienen como único protagonista, Tom Hanks se echa la historia al hombro. No sólo porque la mayor parte del metraje es de su responsabilidad, sino también en cuanto debe encarnar la evolución del personaje, que requirió, además de su gran talento, un gran esfuerzo físico de su parte.

Hanks convence en todas las etapas que Noland atraviesa: el ejecutivo obsesivo, exigente y seguro de si mismo; el pasajero que salva apenas de una tragedia, y que asume que esa seguridad no significa nada ante su nueva situación; el individuo que terminó por adaptarse al medio, y finalmente el hombre rescatado y dueño de una nueva visión de la vida. Fases radicalmente distintas que atraviesa el personaje en pocos años, y que Hanks materializa al punto que uno lo cree totalmente.

Gran película de aventuras, superior relato acerca de la condición humana, y sobre aprender acerca de lo urgente y lo importante, y cómo éstas calidades pueden complementarse. Náufrago es de aquellos filmes que no hay que dejar escapar. Imprescindible.

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CAST AWAY

Director: Robert Zemeckis

Intérpretes: Tom Hanks; Helen Hunt; Nick Searcy; Chris Noth; Vince Martin; Lari White

Drama/Suspenso/Aventuras

2000

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No me quiero ir, señor Feige…

Corría el año 2015. Mientras el éxito de Avengers: Age Of Ultron indicaba que Marvel Studios estaba en lo correcto al construir un universo unificado de personajes y películas, Sony Pictures, titular de los derechos cinematográficos de Spider-Man, observaba impotente el fracaso en taquilla de la segunda película del personaje protagonizada por Andrew Garfield (la quinta hecha por el estudio, sumando las tres dirigidas por Sam Raimi).

Ya que el personaje se estaba volviendo un problema para el estudio, y que Marvel quería desesperadamente incorporar al personaje más emblemático de su empresa de cómics, se sentaron a negociar, y al año siguiente, en Captain America: Civil War, Spider-Man debutaba en el MCU, en el que de una u otra forma intervino, hasta la fecha, en cinco películas.

Cinco películas en cuatro años (vs las mismas cinco de Sony en trece). Eramos felices y no lo sabíamos. Porque ayer, en un golpe que sacudió el medio, Sony le quitaba los derechos del personaje a Marvel, y no existe posibilidad de que el arácnido vuelva a ser parte del MCU.

Pensando en la taquilla de las películas que en algún lado lleven el logo Marvel los últimos años…¿Cómo pasó esto?

Recapitulemos: los derechos cinematográficos de Spider-Man pertenecen a Sony, pero para que el personaje pudiera ser usado por Marvel Studios en las películas del MCU, ambos acordaron filmar películas con el personaje, vinculadas al concepto de universo cohesionado. Es decir, Spider-Man podía aparecer en películas de Marvel, pero a la vez en sus propias películas realizadas por Sony, siempre dentro del marco narrativo del MCU, repartiéndose sus ganancias, debiendo pasar un 5% de las ganancias de sus respectivas películas en que apareciera el personaje al otro estudio.

Así, por cada película de Spider-Man producida por Sony, éste estudio pasaba el 5% de la ganancia a Marvel,Y por cada película Marvel en que apareciese Spider-Man, Sony recibió el 5% de cada una.

Por poner algunas cifras, Sony recibió 300 millones de dólares por tres películas Marvel en que apareció Spider-Man (Civil War, Infinity War y Endgame) mientras que Marvel, por dos películas que hizo Sony (Homecoming y Far From Home), 90 millones. Lo que resulta lógico, pensando la taquilla Marvel vs la taquilla Sony.

Y ahora que Marvel quiso renegociar el contrato, repartiendo 50/50 las ganancias, Sony puso el grito en el cielo. Después de todo, tenía la gallina de los huevos de oro, ganando tanta o más plata por películas de otros que por las propias. Las negociaciones quedaron en punto muerto, y Sony optó por finiquitar y retirar a Spider-Man del proyecto Marvel.

(¿Qué?¿Pensaban que era por la disconformidad de Sony por el trato dado por Marvel al personaje? Más allá de la calidad de las películas, uno de los grandes reparos al Spider-Man MCU, es haber terminado como el Robin, el pupilo de Ironman, usando trajes de alta tecnología, que se va de gira de estudios a Europa mandando a buena parte al héroe del barrio que no tiene donde caerse muerto, que a duras penas llega al otro mes y con un arsenal hecho a partir de la escasez de recursos. Bueno, lamento informarles que la discusión nunca fue por ahí).

Cierto es que esto es ,ante todo, un negocio, pero entiendo la posición de Marvel: de la mano de Kevin Feige la marca se ha vuelto un suceso de taquilla y en las finanzas, no así las películas de Sony que, taquilleras y todo, no llegaban ni a la sombra de lo que recaudó, por ejemplo, Endgame. Y eso de que Sony se estuviera forrando con películas de otros, bueno, se ve feo.

¿Quién gana alguien con esto? Nadie, por el contrario, todos perdemos. El MCU se queda una vez más, sin el personaje ancla de la editorial (obligando a arreglar sobre la marcha sus planes, en los que Spidey, tras los hechos de Endgame y Far From Home, tendría un papel preponderante); Spider-Man ve pasar a mejor vida su historia cinematográfica, por tercera vez en menos de dos décadas; los fans, pierden la posibilidad de tener, en el mediano plazo más películas para repud…disfrutar!!; y Sony, aunque ahora crea que su estrategia fue de total genialidad, en realidad ha cometido un error fatal, pues podrán tener la totalidad de derechos del personaje, y a su alero hayan aparecido islas de genialidad como el segundo Spider-Man de Sam Raimi o Into The SpiderVerse (la mejor película del arácnido en toda su carrera), varias veces ha tomado decisiones erróneas con el chico de Queens, ni tiene un Kevin Feige que convierta hasta la idea más pelotuda en ganancia.

Fuiste bueno, Spidey. Que la fuerza te acompañe.

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dos potros salvajes

El mustang, cimarrón o caballo salvaje estadounidense, es una especie animal autóctona de E.E.U.U., y por lo tanto tiene la calidad de especie protegida. En un esfuerzo por su conservación, muchos de estos ejemplares con reunidos por entidades de protección animal, instituciones que por un tema de recursos, y en una clara intención colaborativa, reclutan reos para la cría y doma de estos caballos, en una suerte de terapia de rehabilitación.

Toda esta introducción es necesaria para entender una de esas pequeñas joyas a las que se accede prácticamente de casualidad: The Mustang, formidable coproducción franco-estadounidense que sirve de debut en el largometraje de la actriz Laure de Clermont-Tonnerre, de celebrado paso por el festival de Sundance de este año, y que ha tenido una interesante recepción por la escena independiente. La introducción precedente sirve para poner en contexto acerca de lo que se trata la historia.

Historia que nos traslada a una prisión del medio oeste, donde Roman Coleman (Matthias Schoenaerts), cumple una larga condena. Violento, amargado y muy susceptible a los ataques de ira, padre de una hija, unidos por un lazo cada vez más feble, asume, con resignación y frustración, que el único lugar que puede contenerlo es la prisión.

Cierto día, Coleman es incorporado al Programa de crianza y domadura de cimarrones, al que la prisión está asociada. Y aunque su tarea al principio es simplemente barrer y recoger estiércol, una tarde se asoma por una rendija de un establo cerrado casi herméticamente, atraído por los ruidos y patadas provenientes del interior: un cimarrón que aún no se deja domar.

Myles (Bruce Dern), capataz del programa, no tarda en advertir la naciente relación entre hombre y equino y encarga a Coleman domar al animal. Y aunque en un principio su nula experiencia y mal carácter le juegan en contra, esta tarea terminará por dar al reo el sentido que su existencia necesita.

El presupuesto de esta película debe ser equivalente a la propina que deja cualquier ejecutivo de Disney a la hora de almorzar, pero más que amargarnos por eso, deberíamos sentirnos admirados por el trabajo de Clermont-Tonnerre: una historia interesante, bien contada, bien materializada, en que se nota la inteligencia de su relato, así como el cariño y la fe de su autora en la obra. Factores que hacen de esta historia una cinta que se basta a sí misma, independiente de los más o menos recursos involucrados.

Esta es una historia de redención. La redención de un hombre con mucho odio, mucha rabia acumulada que lo sobrepasa. Roman Coleman –notable trabajo de Shoenaerts- es un hombre que ha terminado por considerarse enemigo de sí mismo, al punto que ha asumido la vida en prisión como la única forma que tiene de no seguir haciendo daño. Pero que, sin embargo, encuentra una posibilidad de redimirse al encontrarse con este caballo.

El equino, a quien Coleman llama Marquis, resulta para el reo un igual: también es un alma violenta y rebelde, una fuerza de la naturaleza incontrolable. Primero una obsesión, luego su gran misión, finalmente un compañero. Es a través de Marquis que Coleman evacua el odio y la violencia que lo subyuga, le da un sentido a su vida por primera vez en muchos años y, mientras encuentra la forma de domar al ejemplar, encuentra la forma de salvarse de sus propias frustraciones, de conocerse mejor a sí mismo, y encontrar el potencial de bondad que guarda en algún punto de su ser.

Para ganarse la confianza del caballo, Coleman debe partir por recuperar la confianza en sí mismo.

Pequeña película, gran relato, bella construcción (la fotografía de Ruben Impens hace del impresionante paisaje estadounidense un personaje más de esta suerte de western contemporáneo…si, una vez más el western como metáfora de la vida) y aún mayor hallazgo.

***1/2

THE MUSTANG

Director: Laure de Clermont-Tonnerre

Intérpretes: Matthias Schoenaerts; Jason Mitchell; Bruce Dern; Gideon Adlon; Connie Britton

Drama/ Carcelario

2019

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a lo que no hay que llegar

En pleno centro de Santiago, un joven delincuente es brutalmente atropellado por un conductor, después de robar un bolso. Minutos después, el conductor, de nombre Gerardo (Marcelo Alonso), es detenido cuando la policía, al revisar su automóvil, encuentra un puñado de armas de fuego de gran calibre.

Cuando la identidad del detenido es difundida en las noticias, Inés (Mercedes Morán), próspera e influyente empresaria, pone en acción toda una red de contactos para mantener a Gerardo recluido en una institución psiquiátrica, de modo que la existencia de este individuo pase lo más inadvertida posible.

¿La razón? Durante el gobierno de la Unidad Popular, Gerardo (Pedro Fontaine), junto a Inés (María Valverde) y el marido de ésta, Justo (Gabriel Urzúa/Felipe Armas), formaron parte de Patria y Libertad, un grupo terrorista de extrema derecha. Esta información, de publicarse, podría perjudicar gravemente la posición actual de Inés…

Siendo ésta una época en que el discurso nacionalista más tóxico, simplón y anacrónico ha ido tomándose la discusión pública, el estreno de Araña, la más reciente película de Andrés Wood, director que ha hecho de la historia reciente de Chile su motivo principal, no puede ser más oportuno.

El ciclo iniciado con Machuca (2004), continuado en La Buena Vida (2009) y en cierta forma aludido en la miniserie Ecos del Desierto (2013), tiene una nueva escala con este filme, enfocado en los individuos que optaron por la vía armada para enfrentar el gobierno de Salvador Allende, encarnado en el grupo extremista Patria Y Libertad, grupo que al alero de la oposición de la época, fue responsable de diversos atentados y operativos que contribuyeron enormemente a la desestabilización del gobierno de la Unidad Popular.

Filmada en Chile y Argentina, y con fondos de ambas procedencias, Araña es un filme que despierta emociones encontradas. Por un lado, porque estamos ante un relato doloroso, pero necesario.

Necesario por cuanto trata de un período, y un sector, respecto del cual podemos hacernos las preguntas pertinentes para entender el país en que nos hemos convertido. Cómo fue que llegamos a serlo –y cómo permitimos que esto pasara- . Doloroso, porque nos lleva a conocer cómo puede funcionar una persona cuando consagra su existencia a los discursos de odio, y lo que pasa a una sociedad cuando cae en esa verborrea.

Una demostración de cuán enferma puede llegar a ser una comunidad cuando da espacios al chovinismo más venenoso.

En lo estrictamente cinematográfico, estamos ante una de las grandes películas nacionales de los últimos años. dije antes que Wood se ha convertido en el gran cronista, a nivel fílmico al menos, de la historia chilena del último medio siglo. A través de su cine, ha demostrado lo clarito que tiene este proceso (bueno, él y Patricio Guzmán, aunque éste último opere principalmente en el campo del documental).

Tal claridad respecto del contexto histórico (y unos cojones enormes para hacer una película que va a incomodar a más de uno), más sus indiscutibles habilidades como director son fundamentales para una adecuada reconstrucción del Chile de antes del golpe de estado de 1973, y ofrecer un fiel retrato del doloroso país actual, ese que, pese a los bonitos discursos, sigue siendo de unos pocos privilegiados que supieron sacar provecho de un hito particular, y de lo que están dispuestos a hacer para no perder sus ventajas, dando lo mismo a costa de qué o de quién.

Wood encuentra apoyo, desde luego, en un muy buen elenco, encabezado por una sólida Mercedes Morán, impecable en el rol de Inés, una mujer poderosa, influyente, capaz de cualquier cosa para no ceder un pelo de sus privilegios. También cabe ponerse de pie y aplaudir a un irreconocible Marcelo Alonso, cuyo personaje de Gerardo se despacha una de las grandes actuaciones del cine chileno de los últimos años.

Sumando todo lo anterior, Araña es una de las grandes experiencias cinematográficas del año, y no sólo a nivel local, pero además, un golpe bajo que debe servir de advertencia a lo que nos espera si, como sociedad, seguimos dando cabida a discursos pasados a toxicidad.

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ARAÑA

Director: Andrés Wood

Intérpretes: Mercedes Morán; Marcelo Alonso; Felipe Armas; María Valverde; Pedro Fontaine; Gabriel Urzúa; María Gracia Omegna; Mario Horton; Jaime Vadell

Drama/Política

2019

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PETER FONDA 1940-2019

Qué manera tiene el destino de hacer las cosas…en la misma semana en que se cumple medio siglo desde el icónico festival de Woodstock, Peter Fonda, actor estadounidense muy vinculado al movimiento hippie y la contracultura norteamericana gracias al legendario filme Easy Rider –Busco Mi Destino- ha fallecido esta mañana, víctima de complicaciones en el tratamiento de cáncer al pulmón, según anunció un portavoz.

Miembro de una dinastía de grandes actores –hijo de Henry, hermano de Jane y padre de Bridget- Fonda tuvo desde 1962 una extensa carrera en teatro, televisión y cine, destacando sus premiadas actuaciones en filmes relativamente recientes como El Oro de Ulises (1997) o La Tempestad (1998), y mantuvo una nutrida agenda incluso como doblajista hasta algunas pocas semanas atrás.

Sin embargo, ninguno de sus roles tuvo la relevancia e influencia de Wyatt, aquel viajero que junto a su compañero Billy (Dennis Hopper) recorrió un país entero en motocicleta, empujado más que por cualquier otro motivo, por saciar un incontenible deseo de libertad. Eso hizo que Busco Mi Destino, en 1969, se convirtiera en la película emblema de la generación de las flores.

QEPD

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infierno terrenal

Ayer se cumplieron 40 años desde el estreno original de una obra mayor, Apocalipsis Ahora.

Y como decía hace unos días atrás, vean la reseña de 2001, publicada hace poco, que existe una categoría de películas que me sobrepasan. No porque no me gusten o las encuentre malas, sino que porque son demasiado buenas, a nivel extraordinario. Tanto, que no sé por dónde, por cuál de sus atributos partir el análisis.

Sólo sé que la epopeya dirigida por Francis Ford Coppola, basada libremente en la novela El Corazón De Las Tinieblas, de Joseph Conrad, está con justicia dentro de las mejores películas de la historia.

Corre el año 1969, y la guerra de Vietnam está en pleno apogeo. Mientras se recupera de una herida de guerra, que lo ha dañado más allá de lo meramente físico, el capitán Benjamin Willard (un soberbio Martin Sheen) es convocado por sus superiores para una delicada misión.

Se ha tenido noticias que un ex boina verde estadounidense, el Coronel Kurtz (Marlon Brando) ha perdido la razón, y ha levantado una suerte de secta de adoradores de su persona, compuesta por granjeros y lugareños del interior de Camboya, país neutral respecto de esta guerra. Sin embargo, las heridas físicas y mentales que ya acumula Willard, el entorno en que el conflicto se desarrolla, y todo lo que ya ha visto, y verá a lo largo del viaje, comprometerán gravemente la ya frágil sanidad del militar.

El rodaje de esta película, llevado a cabo principalmente en Filipinas, no tuvo mucho que envidiar al mismo conflicto que retrataba, por las complicaciones que su director debió enfrentar, desde la formación del casting (Martin Sheen, actor poco conocido en esa época, fue el elegido para interpretar a Willard luego de que otros mucho más populares se descartaran a sí mismos, o fueran descartados por Coppola) hasta las complicaciones propias de un rodaje que, en tiempos en que recién surgían los efectos especiales, debía hacerse materialmente, en el lugar de los hechos y en las condiciones físicas propias de dichos lugares, sobrepasando el presupuesto y poniendo a prueba la resistencia de los intérpretes y realizadores (de lo complicado que fue trabajar con Marlon Brando en estas condiciones, hablemos otro día, mejor).

Se cuenta que el consumo de drogas entre actores y técnicos se hizo habitual durante el rodaje, como una forma de resistir las extenuantes jornadas laborales.

Todo esto, a la larga, contribuyó a hacer realidad ese lugar común que reza “qué infierno es la guerra”. Todo lo relatado en esta cinta, fotografiada con soberbia por Vittorio Stortaro –ganador de uno de los dos Oscar que se llevó esta cinta, junto con mejor sonido, aunque corrió mejor suerte en los Golden Globes, Bafta y adjudicándose la Palma de Oro en Cannes, donde fue estrenada- debe constituir, como nada ni nadie más, y con todos los elementos surrealistas que Coppola introduce,  el mejor retrato que el cine ha hecho de la guerra de Vietnam.

Partiendo de la base que Vietnam fue un conflicto en que EEUU intervino, sin que nadie lo pidiera, sólo para tratar de golpear a la U.R.S.S., y que a la larga se convirtió en la gran herida al corazón de la nación del norte, agravada por las muertes inútiles que trajo consigo, no sólo de personas, sino también de las utopías y esperanzas de una sociedad mejor que habían surgido durante la década precedente.

La pesadilla de una nación, expuesta a través de la pesadilla de un individuo en particular. La misión encomendada a Willard es un verdadero viaje por el infierno, que el uniformado debe asumir aún sin estar seguro de la utilidad de la misión, ni de sus propias capacidades. Willard caminará sobre una cuerda floja, la más mínima distracción y su caída a la muerte, a la desesperación, a la locura total, será irreversible. Y la meta a la que ha de llegar (hacerse cargo de un personaje que hace rato ya cayó, y que en su colapso ha arrastrado a una comunidad completa) tampoco es la más estimulante de las opciones, por cuanto no aleja a nuestro antihéroe de lo que el destino depara para él. Más bien lo acerca y acelera.

Película magistral por donde se le mire, fue objeto de una reedición en el año 2001 (Apocalypse Now Redux), que agregó más de tres cuartos de hora de material inédito, que como pocas veces, terminó siendo favorable a la historia, haciéndola más grande aún. Y este año, se estrenó a nivel de festivales y en algunas salas, una versión restaurada del filme, la que debiese estarse lanzando en formato 4K por estos días.

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APOCALYPSE NOW

Director: Francis Ford Coppola

Intérpretes: Martin Sheen; Marlon Brando; Dennis Hopper; Robert Duvall; Laurece Fishbourne; Harrison Ford; Frederic Forrest; Albert Hall; Scott Glenn

Drama bélico

1979

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Hitchcocksas que se me ocurren

Ahora me cuadran muchas cosas.

Hoy Sir Alfred Hitchcock (1899-1980) habría cumplido 120 años.

No voy a ponerme esta vez a hablar de su gigantesco legado (junto con John Ford y Billy Wilder forman la que, según una doctrina mayoritaria, es la tríada fundamental del cine estadounidense, los responsables que de una vez por todas se valorizara al director por sobre al productor), porque de eso se ha hablado y se seguirá hablando ad eternum.

Sólo que me puse a sacar cuentas y concluí que, entonces, en 1999, Sir Alfred debió cumplir cien años de edad.

Ahí entendí todo. Ahí me quedó claro porque 1999 fue el último gran año del cine, como hemos reiterado hasta el cansancio: el año en que Alfred Hitchcock hubiera cumplido un siglo, fue el último año en que el cine tuvo un rendimiento cualitativo cercano a la perfección.

No podía ser de otra manera: estábamos ante un año bendito.

Al final todo cuadra.

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cine, música, tv, literatura y otros éxitos del pop