Un Verano Inolvidable

A estas alturas ya se habrán dado cuenta que Steven Spielberg es mi director favorito. Ese director del cual me gusta la gran mayoría de sus películas. Unas más que otras, cierto, pero incluso aquellas que no me gustan tanto, no puedo encontrar malas, y no va a cambiar el hecho de que Spielberg sea uno de los mayores realizadores de las últimas décadas.

Todo un revolucionario en cuanto a hacer cine y narrar a través de imágenes, para llegar a ser considerado uno de los grandes debió recorrer un largo camino, pero dando pasos gigantescos que aceleraron su recorrido.

Su tercer filme, Tiburón, estrenado en 1975, fue uno de estos pasos gigantescos.

Spielberg recurre a la novela de terror del mismo nombre, del escritor Peter Benchley, y dentro del marco del subgénero del cine de catástrofes y desastres que predominaba en el cine fantástico de la época, previo a la revolución que vendría en la especialidad unos años después, de la mano del propi Spielberg, junto a George Lucas, y con seguidores como Joe Dante o Robert Zemeckis.

La historia transcurre en pleno verano, en el pequeño balneario de Amity Island, Nueva Inglaterra, uno de aquellos pueblecitos cuya subsistencia depende de los ingresos que se generan en la temporada de vacaciones, gracias al turismo. Cierta noche, una joven sale de una fiesta que tiene lugar cerca de la playa, sin que luego se sepa su paradero.

Poco después, el cuerpo de la chica aparece horriblemente mutilado, a orillas del mar. Cuando el forense informa que la muchacha fue atacada por un tiburón, y aunque Martin Brody (Roy Scheider), comisario local, insiste en cerrar las playas para dar caza a dicha bestia, el alcalde, a fin de que no perjudicar la economía de la ciudad, rechaza esa opción, y hace pasar la muerte de la chica por accidental, cosa que Brody se ve obligado a acatar hasta que el cadáver de un niño aparece, con iguales características.

La llegada de Matt Hooper (Richard Dreyfuss), biólogo marino requerido por la policía, y de un viejo pescador de apellido Quint (Robert Shaw) confirma que los ataques son obra de un salvaje y enorme tiburón blanco, lo que no es suficiente para convencer al alcalde de clausurar la playa, en vísperas del 4 de julio, fecha en que llega la mayor cantidad de veraneantes.

Cuando el tiburón, a plena luz del día y delante de todos, ataca a un bañista, Brody, Hooper y Quint deciden que ya es suficiente y, saltándose la autoridad del alcalde, zarpan mar adentro, para cazar al escualo…

Rodada en la localidad de Martha’s Vineyard, Massachussets, antes que se convirtiera en un balneario exclusivo (aunque contó con tomas de escualos reales, filmadas en Australia por instructores especializados) Tiburón es una película muy fiel al estilo imperante dentro de un cine fantástico y de terror de una época en que no existían las space-opera (Star Wars sólo debutaría dos años después, Star Trek estaba en standby, y cosas como Buck Rogers o Battlestar Galactica, no trascendían de la pantalla chica), la fantasía épica aún estaba en pañales (El Señor de los Anillos apenas llevaba un par de años de su publicación) y los superhéroes aparecían sólo en revistas para niños (faltaba todavía para que Superman hiciera su gran debut cinematográfico).

Me explico. Los héroes dentro del cine de catástrofes (pensando en Terremoto, Aeropuerto, La Aventura de Poseidón, Infierno en la Torre), son en su mayoría tipos comunes. Claro, con grados académicos, mejor calificación y preparación que otros, pero individuos comunes y corrientes. Ni multimillonarios, ni con habilidades o poderes o recursos especiales. Es más, muchas veces son subordinados y suelen ser menospreciados de alguna forma por quienes los rodean.

Brody no es la excepción. Jefe de policía en un pueblo costero cuya mayor actividad, población flotante e ingresos tienen lugar en verano (de esos que hay en la gran mayoría de países con salida al mar), muy preocupado del bienestar de su comunidad. Un tipo correcto. Sus compañeros tampoco ofrecen algo extraordinario: Hooper, un científico, un cerebrito, a ojos de los demás intervinientes en la operación. Y Quint, un pescador con fama de loco (que, no lo vamos a negar, tiene mucho del capitán Ahab de Moby Dick).

Tipos comunes enfrentados a circunstancias nada de corrientes: la aparición de un escualo de inéditas proporciones, y de una ferocidad pocas veces vista, en una costa en que nunca se había visto un animal de esta magnitud, en la peor época que podría recibirse a una criatura como ésta: en una playa llena de veraneantes buscando diversión.

Las circunstancias extraordinarias llaman a adoptar decisiones extraordinarias. Y Brody, Quint y Hooper deberán pasar por encima de algunos cuantos para implementarlas. No les va a salir barata.

Hay que decir que no fue fácil para Spielberg hacerse cargo de la producción. Con apenas dos películas en el cuerpo, y siendo apenas un asalariado de la Universal Pictures, accedió a dirigir Tiburón cuando después de leer la novela, cuyos derechos pertenecían al estudio, encontró que tenía mucho en común con Duel, su cinta debut. Sin embargo, sobre la marcha empezó a sentirse incómodo, pues temía que si la película era exitosa (como lo fue), sólo sería recordado como el hombre que dirigió la película del tiburón.

David Brown Baren, uno de los productores del filme, convenció a Spielberg de continuar el rodaje, diciéndole que si la película era exitosa, después podría filmar lo que quisiera. Spielberg se desistió entonces de abandonar la producción (le habían ofrecido dirigir Lucky Lady, un filme de mafiosos que a la larga dirigiría Stanley Donen y no hizo mucho ruido) y continuó hasta el final.

Cuanta razón tuvo Brown. Tiburón se convirtió en un éxito de taquilla, la crítica fue mayoritariamente elogiosa para la cinta y para su director, se adjudicó tres premios Oscar (banda sonora, a cargo de John Williams, quien posteriormente se convertiría en un habitual del universo Spielberg, sonido y montaje), hizo de su tema principal una de las melodías más reconocidas universalmente. Actualmente, Tiburón ocupa el lugar 48 en la lista de las 100 mejores películas del American Film Institute.

Y Spielberg? Después efectivamente pudo filmar todo lo que quiso, paseándose por todos los estilos posibles: dramas históricos (El Color Púrpura, La Lista de Schindler, Rescatando al Soldado Ryan, Puente de Espías, The Post); ciencia ficción (la gloriosa Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, Inteligencia Artificial, Minority Report, La Guerra de los Mundos, Jurassic Park, Ready Player One), la aventura y el suspenso (Indiana Jones, Atrápame Si Puedes, La Terminal), el cine familiar (E.T., The Big Friendly Giant, Tin Tin …además de ser parte de la revolución del cine industrial.

¿Comprenden todo lo que nos habríamos perdido si Steven hubiese ignorado los consejos de su productor y hubiere terminado dirigiendo una cinta menor de gángsters? Ahí si que lo hubiésemos echado a los tiburones (y no le habría importado a nadie).

De eso ya son 43 años.

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Steven! Lo decía en broma!!

JAWS

Director: Steven Spielberg

Intérpretes: Roy Scheider; Robert Shaw; Richard Dreyfuss; Lorraine Gray; Murray Hamilton

Terror/Aventuras

1975

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PD: La próxima semana retomamos con la cartelera 2018, y con el especial mundialero, si es que lo echaban de menos

 

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la universidad de la calle

Se me pasó. Como sé que ustedes son fieles seguidores de esta página, recordarán que he estado haciendo mi revisión bianual de la literatura de Alberto Fuguet, centrándome en lo que podríamos llamar la columna vertebral de su narrativa de ficción. Partimos con Mala Onda (1991), luego repasamos Por Favor, Rebobinar (1994), por lo que hoy nos corresponde repasar Tinta Roja (1996), que por alguna estúpida razón, leí primero que los otros.

El menos fuguetiano de su repetorio, en cuanto a estructura (es el único narrado principalmente por un relator omnisciente, dejando de lado su habitual primera persona, y con conexiones más bien tangenciales con el resto de su obra), pero el más autobiográfico hasta la fecha, se basa en gran parte de las vivencias que Fuguet experimentó en carne propia durante sus últimos años de universidad, cuando debió hacer la práctica profesional en la sección policial de un popular diario capitalino.

En esta novela, llevada al cine en 2000 en una correcta adaptación del peruano Francisco Lombardi, Fuguet es representado en Alfonso Fernández, escritor y director de una revista de tarjeta de crédito (esas que algunos operadores reparten gratuitamente entre sus clientes). Alguna vez promesa de la literatura nacional, y guionista de televisión cuyo éxito lo abrumó, al punto que nunca volvió a publicar, aun no supera la incapacidad de terminar lo que está escribiendo, y está entregado a una tarea poco estimulante en lo profesional, y una vida personal igual de lamentable (es padre de un hijo de unos veinte años, con el que la distancia emocional es mucho mayor que la geográfica).

En este marco, conoce a Martín Vergara, un talentoso alumno de periodismo, en práctica en su revista. Consciente de las virtudes del chico, Alfonso teme que Martín sea devorado por estas virtudes, caiga en una falsa sensación de seguridad y no sea capaz de reconocer sus propios defectos, ni sepa enfrentar las frustraciones cuando éstas se presenten. Ello lo lleva a recordar aquel verano, más de dos décadas antes, cuando por un error de secretaría termina haciendo su práctica en el popular diario El Clamor.

En dicho medio, Alfonso queda a cargo de Saúl Faúndez, un hombre de más de sesenta, de dudoso gusto en el vestir, modales cuestionables, mujeriego, bohemio, impuntual, en fin. Nunca pasó por una escuela de periodismo, pero conocedor, mejor que nadie, de convertir cualquier situación trivial en una historia atractiva y cercana para el público.

Para la edad que aparenta, además, Faúndez parece haber vivido más vidas que un gato, y lo que no aprendió en las aulas, por las que nunca pasó, lo aprendió en la calle. Así, de la mano de Faúndez, y en compañía de un robusto ex marino y chofer apodado el Camión, y de un fotógrafo de ojo privilegiado de apellido Escalona, entre otros excéntricos personajes, en los sectores más duros de la ciudad, y entre copas y comilonas, Alfonso aprenderá más de su profesión en un verano que en cinco años de cátedra.

Pero más que aprender secretos de su profesión, Alfonso aprende de Faúndez algunas lecciones tremendamente valiosas en cuanto a la vida, y descubrirá otras cuantas verdades acerca de sí mismo.

Como se pueden dar cuenta, esta es una novela de aprendizaje, marcada por la fuerte relación entre Faúndez y Fernández. El primero, un reportero de la vieja escuela que, irónicamente, no se formó en escuela alguna, sino a pulso, a puro ñeque, sobre la marcha, del aprendizaje a la fuerza. Fernández, un futuro profesional, educado en cátedra, conforme a programas de estudio, formado bajo la fórmula de la pirámide invertida. Estilos y personalidades que chocan fuerte al conocerse. Sin embargo, con el tiempo ambos se retroalimentarán, compartirán entre sí sus conocimientos y experiencias.

Pero sobre todo, se complementan en sus carencias. Detrás del mujeriego, vividor y bohemio de Faúndez, hay un hombre solitario. Si, tuvo un hijo discapacitado, su único lazo afectivo real, con una mujer a la que no ama, pero respeta, pero por lo mismo no es con quien pueda compartir su experiencia, ni transmitir todo lo que la vida le ha enseñado. Alfonso, a su vez, hijo de un padre ausente, proveniente de un hogar modesto, el primer universitario y profesional que sale de la familia, el que está llamado a sacar la cara por ésta. Y que necesita precisamente de alguien que lo oriente por la vida.

Alfonso obtiene de Faúndez más que una calificación. Crece. Madura. Encuentra la confianza, la seguridad en sí mismo y el amor propio que necesitaba para pararse frente a la vida. Y que reencontrará veinte años más tarde, para reencausar y ordenar  su propia existencia.

La literatura de Fuguet, en esta etapa (hasta Las Películas de Mi Vida, que repasaremos en su oportunidad) daban cuenta de procesos de sanación. Matías Vicuña toca fondo, pero consigue salir de la espiral de autodestrucción en que estaba metido. El coro de personajes que protagoniza Por Favor, Rebobinar consiguen armarse una vida, y un lugar en ella, aprendiendo a enfrentar y superar sus propias historias. Y Alfonso Fernández crece en amor propio y en autoestima, dos veces.

Lo que me lleva a pensar que lo que me conecta con Fuguet, más que el hecho de tener un autor en el que alguien que creció durante los ’80 y parte de los ’90 finalmente podía sentirse identificado, fue haber encontrado historias en que, sin caer en el simplismo de la autoayuda, sus protagonistas conseguían sanar, avanzar y encontrar la luz al final del túnel.

Portada de la edición lanzada con ocasión del estreno de la película, en 2000.

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un país unido por un balón

Pasión de multitudes, indudablemente. Incluso en un país alejado de todo como el nuestro, donde nuestra historia futbolística ha sido más bien ligada al fracaso, y donde los escasos triunfos que podemos mencionar son aislados y muy recientes: la Libertadores de Colo Colo el ’91, la Sudamericana de la U en 2011, las Copas Américas de 2015 y 2016. Temporadas donde el exitismo llega a las nubes, seguidas de períodos de oscurantismo prolongados (acuérdense cuánto duró la resaca post Francia’98, espero que después de quedar fuera del Mundial actualmente disputado, no nos pase lo mismo).

Como fuera, la devoción del chileno por el fútbol, que puede detener un país por un partido, que lleva a terminar la jornada laboral mucho antes si el partido cae en día de semana, es inversamente proporcional a sus logros. Nadie ha logrado realmente explicar ese fenómeno, pero hay registros que nos pueden ayudar a entenderlo.

Un gran registro de eso es Historias de Fútbol, película de 1997, dirigida por Andrés Wood. No sólo es uno de los buenos filmes que se dieron durante el revival del cine chileno que vino con la Trancisión, sino además un acertado registro de qué tanto ha calado el fútbol en el alma nacional, a través de una narración fragmentada en tres cuentos independientes entre sí.

“No le crea (Primer Tiempo)” cuenta la historia de Carlos (Daniel Muñoz), un obrero de la construcción, goleador del club del barrio donde ha vivido toda su vida, a un partido de ganar el campeonato amateur. A pocos días de la final, un dirigente del equipo rival le ofrece usar sus contactos para ponerlo en el fútbol profesional, lo que por fin sacaría a Carlos de su miserable vida ¿La condición? No convertir en la final. Y Carlos deberá poner en la balanza sus aspiraciones, sus urgencias, versus su orgullo deportivo.

“Último Gol Gana (Segundo Tiempo)” nos traslada a Calama, donde un grupo de niños del pueblo, sin mucho más que hacer que darse a la vagancia, roba una pelota que cae desde la cancha del estadio local, tras un tiro libre excesivamente desviado. Al otro día, Pablo (Manuel Aravena) quien gana la apuesta de quien se va a quedar con la pelota, es enviado por su madre (Tichi Lobos) con el usurero del barrio a empeñar lo poco de valor que les va quedando. Pero cuando en vez de ir a dejar el dinero con su madre, decide jugar con sus amigos una pichanga, las cosas van a ponerse feas.

“Pasión de Multitudes (Alargue)” sorprende a Francisco, un joven universitario (Néstor Cantillana) varado en Chiloé, mientras viajaba a casa de su hermano, por una falla de la lancha que lo trasladaba, desesperado porque ese día Chile y Alemania juegan por el Mundial de España’82. Dos hermanas solteronas que viajaban con él, Manuela (María Izquierdo) y Elcira (Elsa Poblete), viéndolo desesperado, lo invitan a ver el partido en su casa, junto a sus vecinos (Hugo Medina, Boris Quercia, Rodolfo Pulgar), aunque las intenciones de estas hermanas con el muchacho, van más allá de la mera cortesía…

En cada uno de estos relatos, el fútbol aparece aportando un rol social. En la primera historia, como una oportunidad para salir de la miseria, la opción para acceder a un mejor nivel de vida (y no deja de tener su poco de realidad: Alexis, Arturo, Gary, surgieron del hambre y de la necesidad de sobrevivir). Con todo lo bueno y lo malo que ello implica: por un lado, el deseo de Carlos de consagrarse, llegar al fútbol profesional y mejorar sus ingresos haciendo lo que más le apasiona…contra la tentación de hacerlo de la vía más rápida..y turbia.

La segunda, el fútbol como válvula de escape. Ni Pablo, ni ninguno de sus vecinos, tiene mucho por delante, y eso ya lo tienen claro. Ninguno de estos niños hace lo único que está al alcance de ellos: vagabundear. Y tratar de sobrevivir. Son niños que están fuera de todo: de la educación, de la estructura social, en fin. Están ahí, pero no existen, con la única meta de llegar al final del día. Y el fútbol aparece como una forma de hacer más llevadera esta existencia.

El tercer relato tiene al fútbol como excusa para reunirse. Porque aunque a estas hermanas solteronas, que acogen en su casa a sus vecinos y a un total desconocido, en torno a un partido, de entrada nos aclaran que no les gusta el  fútbol, pero lo hacen para no sentirse tan solas, en un entorno ya de por sí aislado. Una oportunidad para conectar con otros.

A la postre, las tres historias, teniendo al fútbol como justificación, hacen un retrato muy acertado de las distintas realidades nacionales. Wood es bastante astuto para presentarnos, bajo el manto de una comedia de deportes, una visión muy aguda de lo que somos como país, sea a través de personajes que quieren prosperar, otros que saben que no les queda otra que mantenerse donde están, y aún otras más que simplemente no quieren estar solas.

Todo ello en poco menos de 90 minutos (¡hasta en eso es un acierto!) de uno de los filmes más ingeniosos de nuestra historia cinematográfica reciente. Estrenada en una época en que el cine chileno empezaba a caminar como casi había olvidado hacerlo, el filme de Andrés Wood es un gol de camarín.

***

HISTORIAS DE FUTBOL

Director: Andrés Wood

Intérpretes: Daniel Muñoz; Ximena Rivas; Fernando Gallardo; Pedro Villagra; Tichi Lobos; Manuel Aravena; Nestor Cantillana; Esa Poblete; María Izquierdo; Boris Quercia; Hugo Medina; Rodolfo Pulgar

Comedia/Drama

1997

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Historias de un payaso

Es un hecho que de aquí a un par de años más, tendremos al menos tres películas donde el payaso príncipe del crimen será protagonista o al menos personaje de apoyo, además de tener a dos Joker a la vez, uno a cargo de Jared Leto (a ver si ahora le sacan el provecho que no le sacaron en Suicide Squad) y otro a cargo de Joaquin Phoenix (excelente elección!!). Sólo espero que no sobreexploten al personaje y lo hagan colapsar con tanto proyecto en tan poco tiempo (aunque como en DC/Warner no tienen la menor idea de lo que están haciendo, esperemos que intervenga la Divina Providencia, no queda otra).

Ahora, que tantas historias tiene este personaje que puedan ser filmables? Hartas..The Killing Joke (Alan Moore/Brian Bolland, 1988), por supuesto, aunque ya tuvo una adaptación animada que, como dije en una columna anterior, tuvo una recepción bastante dispareja. Sin embargo, puede aportar datos que sirvan de base a una historia de origen.

Está Arkham Asylum (Grant Morrison/Dave McKean, 1989), aunque esta iba a ser la base de la película de Batman, en solitario, que ya no va a ser.

Por ahí está también Images (Dennis O’Neil/ Bret Blevins, 1993), publicada en la recordada serie Legends of the Dark Knight número 50, suerte de continuación de The Killing Joke, ya que nos presenta el primer enfrentamiento entre Batman y el Joker, aunque con las reinvenciones del universo DC (Zero Hour, Infinite Crisis, Flashpoint, Rebirth, no sé que tan canónica sea)

Una Muerte en La Familia (Starlin/Aparo, 1989), que narra la muerte de Jason Todd (y que explicaría en cine la escultura de Robin violentada que aparece en Batman vs Superman. No confundir, por favor, con La Muerte de la Familia, que también gira en torno al Joker, cuya historia central fue creada por Scott Snyder y Greg Capullo, publicada luego de New 52.

Joker (Azzarello/Bermejo,2008), aunque esta cuadraba más con el Batman del universo Nolan.

Lógico que Long Halloween y Dark Victory (Jeph Loeb/ Tim Sale, 1996/97) lo tienen cumpliendo un rol de importancia, aunque muy probablemente estas sirvan de base a la película de reinicio de Batman (ya hablaré de eso más adelante).

Pero voy a citar una de 1996, bien olvidada, a cargo del fructífero equipo de Chuck Dixon en guión y Graham Nolan en dibujo, dupla que se hizo cargo de la colección regular del Murciélago por más de cinco años.

Batman: El Abogado del Diablo cuenta lo que pasa en Gotham City cuando una serie de estampillas envenenadas han sido lanzadas en la ciudad, y que dejan a sus víctimas con la horrible mueca del Joker. El criminal pronto es arrestado y, finalmente, condenado a muerte.

Sin embargo, hay alguien que no está convencido del todo…alguien que sospecha que el asesino anda suelto aún, que no es el Joker y que este podría morir por un crimen que no cometió. Y ese alguien es Batman.

¿Les gustó la idea, eh? Fue republicada por Unlimited el año pasado, asi que ya saben que hacer.

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cuando ellas son las que sacan la cara

Gracias a la bendita ola feminista que vivimos actualmente, el especímen machista-futbolero-chelero-chovinista que manda a la cocina a la mujer que tiene la mala idea de pasar al lado de la tele cuando está viendo un partido, está volviéndose una especie en extinción. A ello debe sumarse que Chile haya quedado fuera del actual Mundial (por weones, sobre todo), mientras que su similar femenina, con mucho menos bombo, menos auspicios ni recursos, haya sacado la cara, clasificándose a la copa del mundo de su especialidad.

En Chile esto es un fenómeno reciente. Pero en el hemisferio norte (Europa y EEUU) el fútbol femenino es una realidad tan potente como su similar masculino. Sí, un equipo completo femenino sigue manteniéndose con un presupuesto anual que debe ser un décimo de lo que Neymar gana en un mes, pero al menos sus jugadoras pueden dedicarse exclusivamente a su actividad, sin tener que trabajar part-time en otra cosa.

Que la jugadora estadounidense Alex Morgan despierte en su país tanta o más pasión que la que despierta Messi en Barcelona o en Argentina, es prueba de ello.

Ese es el escenario en que, por allá por 2002, vio la luz este gran filme inglés llamado Bend It Like Beckham (que aquí circuló en dvd como Jugando Con El Destino), que con el fútbol femenino como telón de fondo, relata una historia sobre cómo pasarse por buena parte algunas convenciones.

La historia se enfoca en Jessminder “Jess” Bhamra (Parminder Nagra), hija mayor de un matrimonio de inmigrantes hindúes en Londres. Su familia está empeñada en que entre en la universidad, estudie leyes y tenga la profesión que le permita acceder a un mejor nivel de vida. Y fiel a sus tradiciones, ya está prometida para casarse. Sin embargo, Jess está muy lejos de compartir esas aspiraciones, pues le gusta mucho el fútbol, que juega prácticamente a escondidas, inspirada en su ídolo, David Beckham.

Jess traba amistad con Juliette “Jules” Paxton (Keira Knightley), jugadora estrella de un equipo femenino de su barrio, que la invita a formar parte de éste, y Jess no tarda en convertirse en figura, llamando la atención de su entrenador, Joe (Jonathan Rhys-Meyers), ex futbolista cuya carrera quedó truncada tempranamente a causa de una fuerte lesión.

La película se sostiene a partir de los malos entendidos y los no pocos choques culturales que tienen lugar en ella. Por un lado, la doble vida de Jess, que se ve obligada a vivir a escondidas de su pasión por el fútbol versus la intransigencia de su familia derivada de su férreo apego a las tradiciones. Por otro, la madre de Jules ve con preocupación su devoción por el balompié, su poco femenina actitud y duda gravemente de la condición sexual de su hija (llevándose algunos de los momentos más hilarantes del filme). Y claro, el factor comedia-romance producto de la tensión que surge entre las dos jugadoras y su entrenador (aunque esto último es un factor más bien accidental, ninguna de ellas anda persiguiendo al príncipe azul..otro punto para este relato).

Todo en el marco de la muy buena campaña que está haciendo el equipo de las protagonistas en un importante torneo, y la aparición de un agente en busca de jugadoras para el importante medio estadounidense.

Como buena comedia inglesa, Bend It Like Beckham es una cinta que no tiene un pelo de tonta. Por el contrario, estamos ante un trabajo agradable, realmente gracioso y que plantea, de un modo muy ingenioso los conflictos culturales, étnicos y generacionales, sin caer en melosidades y discursillos políticamente correctos. Tampoco cae en estereotipos étnicos que caben muy bien en una publicidad de Bennetton, o en un comercial mundialero de Coca Cola, pero que en cine resultan caricaturescos (todo lo que no hizo esta película y que sí hizo Slumdog Millionaire, que terminó apuntándose el Oscar a la Mejor Película a fuerza de lugares comunes y clichés).

Que sea dirigida por un realizador de ascendencia hindú ayuda mucho a facilitar la identificación con este relato, como no lo habría logrado algún director a sueldo puesto por el estudio.

Todo lo contrario. Plantea estos temas de una manera ingeniosa, que la convirtió con justicia en uno de los mayores éxitos de taquilla del cine británico de las últimas dos décadas, y que se ha mantenido a lo largo de los años como un exitoso musical.

Así que, amigo futbolero, ya no se malgaste tanto andando con el ceño fruncido, y deje su orgullo de macho alfa a un lado. Porque el buen momento de la selección femenina es resultado de un proceso que viene desde hace rato, y que en el resto del mundo, mucho antes ya era una realidad. Una reconfortante realidad, de la cual esta película es una pequeña muestra.

***1/2

BEND IT LIKE BECKHAM

Director: Gurinder Chadha

Intérpretes: Parminder Nagra; Keira Knightley; Jonathan Rhys Meyers

Comedia/Romance/Deportes

2002

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Un hombre, una mujer y once tipos

Bueno, nos habíamos acostumbrado a ser protagonistas.

Nos acostumbramos a clasificar a los mundiales, a ganar copas, a pelear títulos importantes, a que nos invitaran a los grandes torneos. A ser el centro de atención, a que todos nos estuvieran mirando. Y envidiando.

Y por eso nos dolió tanto quedar afuera del Mundial de Rusia. No por lo estrictamente futbolístico (no ha sido ni será la última vez que nos pase), sino que porque todos nos estaban mirando. Por nuestra soberbia. Por nuestro propio exceso de confianza.

Lo que no es otra cosa que una extensión de nuestra propia idiosincrasia nacional: estamos tan acostumbrados al fracaso, que cuando triunfamos, no sabemos qué hacer. No sabemos como mantener el buen tranco, ni como celebrar (cuando Chile ganó la Copa América, la celebración callejera terminó en disturbios, cientos de detenidos, y hasta muertos), ni como asumir el triunfo. El camarín rayado con “Aquí pasó el campeón de América” fue la mejor evidencia de eso. Y que explica perfectamente porqué nuestra “generación dorada” tuvo un bochornoso cierre de ciclo.

Pero bueno, las penas del fútbol se pasan con fútbol. Las ventas de televisores y planes de televisión para ver el Mundial no han bajado. Tampoco la venta de merchandising. Ni de álbumes de láminas. Mucho influye en eso la gran presencia de inmigrantes provenientes de países que sí van a jugar el campeonato…y para qué andamos con cosas. El chileno es capaz de detener el país por ver fútbol, aunque sea en campeonatos en que no tiene pito que tocar.

Pasión de multitudes el fútbol no ha dejado de ser, ni siquiera porque lo tengamos que ver de lejos.

Buen momento es para repasar, entonces, Fever Pitch (a.k.a. Fiebre en las Gradas), la gran adaptación de 1997 de Fiebre En Las Gradas, el ensayo con el que uno de nuestros directores habituales en este humilde lugar de paso, Nick Hornby, intenta explicar por qué nos gusta tanto el fútbol, porque queremos tanto a los equipos por los que hinchamos, por desastrosos que sean sus resultados, y cómo se puede extrapolar esa pasión a nuestra vida diaria.

Hornby también guioniza la historia, dirigida por David Evans, y convierte su autobiográfico ensayo en la historia de Paul Ashworth (Colin Firth, irreconocible cuando no anda con trajes de sastre) un profesor de enseñanza básica de Londres, fanático del fútbol, y especialmente del Arsenal. Esta devoción surgió cuando niño, siendo hijo de padres separados, su padre lo llevaba al estadio como una forma de tener una conexión con él.

Es 1989, y después de casi veinte años de sequía, el Arsenal es puntero de la liga inglesa, y gran favorito para adjudicarse el campeonato, lo que tiene a Paul en una situación expectante.

Por esos mismos días, conoce a Sarah Hughes (Ruth Gemmell), la nueva profesora del colegio en que enseña, y aunque ella no comparte su pasión por el fútbol –es más, no le gusta el fútbol- pronto entablan una relación, que avanza más rápido de lo que esperaban y pronto ella queda embarazada.

Por primera vez en su vida adulta, enfrentando su inesperada paternidad contra el inminente campeonato de su equipo favorito, largamente anhelado, Paul por primera vez atraviesa durante su vida adulta una decisión crucial y definitiva para lo que será su vida futura…

Fiebre en las Gradas fue el primer libro publicado por Hornby, y ya plantea los que serían los grandes temas de su bibliografía: el paso de la juventud a la adultez, y el duro enfrentamiento del hombre ante la madurez, y a las responsabilidades que trae consigo, responsabilidades que ya no puede delegar en nadie, como pudimos apreciar luego en la imprescindible Alta Fidelidad, en Un Gran Chico, y sus respectivas adaptaciones.

Hasta ese año, Paul Ashworth no ha vivido más que para sí mismo, y no ha necesitado tanto. Tiene un trabajo que no le mata, pero lo deja conforme, ya que le permite disfrutar y compartir su otra gran pasión, la literatura, y que le permite darse su gran gusto, como es no perderse partido de su amado Arsenal.

Hasta entonces, su vida no se componía de años, sino de temporadas.

Hasta que conoce a la chica, la correcta, la indicada, la definitiva. No una aventurilla pasajera. Y su mundo está a punto de cambiar. Así como sus prioridades. Y entra en la urgencia de definir lo verdaderamente importante de su vida, descubriendo que hay vida más allá de los 90 minutos que entrega religiosamente cada semana (sazonado con el ingrediente adicional de la inminente y largamente esperada victoria del Arsenal, que en dicha temporada efectivamente cerró una sequía de 18 años sin campeonatos).

Como buena obra de Nick Hornby, al menos de aq            uella etapa, Fever… plantea esta situación con abundante humor, que le permite hacer más llevadero no sólo el conflicto personal de Paul (su nueva familia en camino vs la familia de once que ha estado abrazando desde que tiene memoria), sino que permite entender con mayor facilidad los hechos que hacen del fútbol la pasión que en el fondo es, y que sólo lo entiendes cuando lo vives.

Entender por qué se dice eso de “90 minutos del deporte más bello del mundo” no es un eufemismo, sino una gran verdad. Y lo hace apelando, de manera graciosa y nada ofensiva, a los clichés futboleros más recurrentes.

Pequeña gran película de deportes, una de las mejores acerca del fútbol (hubo un remake estadounidense en 2005, donde el balompié es remplazado por el beisbol, deporte que hay que ser gringo para encontrarle gracia, y que pese a los buenos oficios de Drew Barrymore, Jimmy Fallon y los hermanos Farrelly, no logró prender fuera de los estados juntos…creo que ni siquiera adentro), que demuestra que las distintas pasiones pueden ser perfectamente compatibles.

***3/4

FEVER PITCH

Director: David Evans

Intérpretes: Colin Firth; Ruth Gemmel; Neil Pearson; Mark Strong; Holly Aird

Comedia/Romance/Deportes

1997

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decadencia, redención y aprendizaje

Desde el lunes, la vida no será la misma para Grady Tripp (Michael Douglas).

Escritor y profesor de literatura, en una pequeña universidad de Pittsburgh, la próxima versión del Festival de Letras que organiza su casa de estudios le será difícil de olvidar, por la cantidad de problemas que tiene al frente.

Partiendo por el vacío creativo que lo tiene aún sin terminar su siguiente novela, aunque ya pasa las dos mil páginas; siguiendo con la visita de Terry Crabtree (Robert Downey Jr), su editor, que aprovecha su invitación al festival para presionar a Tripp por lo mismo; a lo que debe sumarse el enterarse que Sarah Gaskell (Frances McDormand), jefa del cuerpo docente, y esposa de Quentin Morewood (Rip Torn), decano de la facultad, con quien tuvo una aventura no hace mucho, que ya le costó su matrimonio, está embarazada de un hijo de él; y claro, está Hannah (Katie Holmes) su alumna más destacada, que no deja de insinuársele.

Tratando de lidiar con todo eso, apremiado por las circunstancias, Tripp debe además hacerse cargo de James Leer (Tobey Maguire), uno de sus alumnos, un aspirante a escritor tan talentoso como autodestructivo, y que a poco de iniciado el fin de semana, ya lo está metiendo en un par de problemas…

¿Hablemos de injusticias? Entonces pongámonos a pensar ¿por qué una película tan grande como Fin de Semana de Locos (a.k.a. Chicos Prodigiosos) ha quedado tan entregada al abandono?

En su paso por salas, durante 2000, en una época en que no había blockbusters como ahora (y en una época que fue particularmente prolífica en cintas buenísimas) estuvo poco tiempo y no tuvo una gran taquilla. Casi nunca la encuentro en el cable, ni siquiera en los horarios más olvidados, ni en los canales que se jactan de programar películas sin prestar atención al mainstream. Apenas fue lanzada en vhs y nunca he visto su versión en dvd.Y si uno busca en Amazon, a lo más encontrará su versión standart (pese a la antigüedad de la película, nunca he sabido de una edición especial) y en bluray, que yo sepa, no tiene para cuando aparecer.

Ni siquiera sellos como The Criterion Collection la han incluido en sus catálogos. Cuando mucho, está en Amazon Prime.

Esto yo ya lo había  reclamado en marzo de 2009, cuando en una de las tantas revisiones que le di (entre 2000 y 2003 fue, junto con Alta Fidelidad y Casi Famosos una de las películas que más me repetí. Luego fui bajando la frecuencia, hasta darle una repasada cada dos o tres años).

Duele. Duele que un filme que es una suma de tantos talentos -la dirección del fallecido pero siempre eficaz Curtis Hanson, a partir de una novela de Michael Chabon, uno de los grandes de la literatura estadounidense de los últimos 30 años, interpretada por un elenco estelar, encabezado por un sólido Michael Douglas, dando la mejor actuación de su vida, y con Bob Dylan prestando una de sus mejores canciones, Things Have Changed, que le valió un Oscar como Mejor Canción- esté tan olvidada.

Fin de Semana… expone una memorable historia que es a la vez de decadencia, redención y aprendizaje. Inserta en el mundo universitario y literario, aunque es una experiencia aplicable a cualquier entorno, toda vez que, en el fondo, versa acerca de la condición humana.

El personaje de Michael Douglas viene de vuelta de un momento de gloria que se ha vuelto cada vez más lejano: ha pasado casi una década desde que publicó una novela que se convirtió en best seller, pero eso ya es pasado. Al comienzo de la historia, está a un pelo de tocar fondo, profesional y personalmente, como ya se dijo, y si ha terminado por dedicarse a la docencia es porque de algo tiene que vivir. Su desánimo es evidente, y la avalancha de situaciones que se le viene encima, no hará mucho por su estabilidad, agravando el decadente momento del escritor.

Eso no le impide valorar a la gente talentosa cuando la tiene al frente, y de ahí que cuando en la recepción que su jefe ofrece en su casa, se encuentra casualmente con James Leer, su alumno más aventajado (¿qué le pasó a Tobey Maguire que nunca más lo vimos a este nivel?), descubre que además de talentoso es un joven mucho más dañado que él.

Consciente de lo que el muchacho puede dar, y de la facilidad que tiene para meterse en problemas (durante la fiesta comete un par de imprudencias que le pueden costar su permanencia en la universidad), e incluso sabiendo que este gesto puede salirle caro y darle más complicaciones de las que ya tiene, el instinto protector de Tripp aflora. A la larga, no sólo salva al aspirante a escritor de sus propias pesadillas, sino también consigue salvarse a sí mismo de irse por el abismo(redención).

El aprendizaje se va dando durante todo este proceso, en la relación profesor-alumno que se va dando más allá de la mera cátedra, y lo que Tripp va descubriendo de James le ayuda a entenderlo, y valorarlo, pero también aprende muchas cosas de sí mismo, que tarde o temprano le ayudará a hacer las paces consigo mismo, levantar la vista y mirar hacia adelante.

Wonder Boys es más que la suma de sus partes. De sus grandes partes: la sólida novela que le sirve de base, magistralmente llevada al cine por el fallecido Curtis Hanson, que entendió a la perfección las motivaciones y espíritu de la novela, y que crece aún más con la magnífica actuación de Michael Douglas, la gran química que nace entre éste y Maguire, y complementada con un excelente reparto de secundarios, donde el entonces renacido Robert Downey Jr (este fue uno de los papeles con que volvió al primer plano tras sus años oscuros) se roba algunas de las mejores y más divertidas partes de la película.

Gran película que se sirve de la excusa de la literatura (es una de las mejores cintas que, directa o indirectamente, toma el tema de los escritores como motivo principal)  para contar una potente historia sobre hacer las paces con uno mismo. Ojalá, más temprano que tarde se haga justicia con este filme, y tengamos una edición que esté a la altura de su grandeza.

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WONDER BOYS

Director: Curtis Hanson

Intérpretes: Michael Douglas; Tobey Maguire; Frances McDormand; Katie Holmes; Robert Downey Jr; Rip Torn

Comedia dramática

2000

PD: Por un momento pensé en dejar Wonder Boys como la publicación 1400 de este blog, pero como igual falta su resto para dicha ocasión, y creo que seguirla chuteando hubiera sido feo, y contradictorio con lo que estoy diciendo en la columna.

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