traspasando la frontera final

Tras una no del todo exitosa misión de exploración, marcada por los constantes roces entre el capitán del USS Enterprise, James T. Kirk (Chris Pine) y su primer oficial, Spock (Zachary Quinto), la flota estelar ha resuelto sancionar a ambos, bajándolos de grado y asignándolos a naves diferentes.

En esta calidad, ambos son citados, junto a sus capitanes, a una reunión en que la Flota decidirá los pasos a seguir tras un atentado a sus instalaciones en Londres, atribuido a un ex agente de la misma, John Harrison (Benedict Cumberbach). El mismo Harrison, a vista y paciencia de los asistentes a la reunión, vuela el lugar, salvando apenas con vida Kirk, Spock y unos pocos oficiales.

Dada la gravedad de la situación, el almirante de la Flota Marcus, reasigna a Kirk y Spock a cargo del Enterprise y les ordena dar caza a Harrison y traerlo ante su presencia…muerto.

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Aunque es una serie a la que tengo gran respeto, nunca fui muy fan de Star Trek. Sin embargo, el reboot de 2009, de la mano de J.J. Abrams llevó a esta serie a donde nunca había llegado jamás. Fue una de las grandes películas de ese año, que conquistó incluso a sus detractores más recalcitrantes (los fans de Star Wars, quienes reconocieron…bueno, reconocimos que esta sola película había logrado más que todos los esperpentos firmados por George Lucas la última década) sino también a aquellos sesudos que viven en función de ningunear el cine fantástico per se.

¿Cuál fue el mérito de Abrams? Reiniciar una serie que ya contaba con más de tres décadas en el inconsciente colectivo, reinventándola para los nuevos públicos y respetando el tremendo legado de la obra creada por Gene Rodenberry. Como se ve, lo logró. Por un lado, recreando esta historia y sin tergiversarla hasta hacerla irreconocible, uno de los grandes males de la cultura del remake. Así, hay que hablar de un doble mérito de reescribir el universo Star Trek, haciéndolo más atractivo para el no-fan, pero logrando convencer al trekkie más consumado.

Por eso las ansias eran muchas frente a esta segunda película, Star Trek En La Oscuridad (segunda? Como debiera contarse? Como continuación de la 2009? O siguiendo la correlación de las películas anteriores con William Shatner, Leonard Nimoy o Patrick Stewart?) ansias que llevaron a muchos al colapso cuando, en una de las ideas más estúpidas del último tiempo, su distribuidor local aplazó el estreno al menos tres meses respecto de su debut estadounidense.

Pues la espera valió la pena. Into Darkness no sólo mantiene el alto nivel de la primera película, sino que a ratos incluso lo supera con creces, con abundante y lograda acción, un ritmo vertiginoso coexistente con una narración ágil que, en todo caso, no afectan para nada la comprensión de la misma (los efectos y secuencias de acción no se imponen sobre el contenido de la historia, quiero decir). Todo ello sazonado con el permanente estado de discusión entre el más práctico e impulsivo Kirk, su primer oficial, el leal pero extremadamente cuadrado Spock (nuevamente interpretado con clase por Zachary Quinto)  y “Bones” McCoy(Karl Urban), el médico del Enterprise, forzado a ser eterno mediador entre ellos, y las distintas relaciones interpersonales entre éstos y los restantes tripulantes de la nave.

Aparte de alguno que otro guiño para fans y espectadores más avezados, que se agradece.

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Elementos que Abrams combina procurando el equilibrio, logrando una historia de la que resulta imposible abstraerse ni por un instante, y que deja con ganas de ver un par de veces más.

Todos los ingredientes para entrar derechito en el top 5 anual. Ver lo que hace Abrams con Star Trek nos devuelve la fe en Star Wars, cuyo inminente Episodio VII será dirigido por él. Cosa que lo hace el ñoño más poderoso del mundo.

Por mi, OK.

****

STAR TREK INTO DARKNESS

Director: J.J. Abrams

Intérpretes: Chris Pine; Zachary Quinto; Benedict Cumberbach; Zoe Saldanha; Karl Urban: John Cho; Anton Yelchin; Alice Eve; Simon Pegg; Bruce Greenwood; Peter Weller

Ciencia Ficción

2013.

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Draco Malfoy es de la UDI

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Llegué a esa conclusión hace unos días, cuando veía la enésima repetición de las películas de Harry Potter por TVN, a la que llegué haciendo zapping (por cierto, que horrible como se ven estas películas en televisión abierta. Lo he dicho antes, pero ahora reparando en este detalle: los canales hacen denodados esfuerzos por transmitir en HD, pero su archivo de películas sigue siendo el mismo..¡¡que les cuesta comprarse las películas en blu-ray!!).

El punto es que, de ocioso, empecé a sumar dos más dos, extrapolar la contingencia nacional al universo Hogwarts y llegué a la siguiente conclusión: Draco Malfoy es un perfecto UDI.

¿Cree que no? Analice:

-Es rico. Desde su punto de vista, eso lo autoriza para sentirse mejor persona que el resto, y autoproclamarse autoridad moral de su comunidad.

Pertenece a una familia influyente y bien posicionada dentro de su sociedad, cosa que saca en cara cada vez que puede. Según Malfoy, lo que le pasa es culpa de la envidia y mala leche del resto, que mira de lejos y con frustración que nunca será como él. Por eso anda enrostrando su calidad de “elite” y amenazando de sacar provecho de sus influencias cuando las cosas no salen como quiere.

Sin embargo, en ningún momento admite que esa fortuna de la que goza nunca ha sido fruto de su esfuerzo (es más, nunca ha tenido que luchar por nada) y esa influencia se funda más que nada en lamer las botas correctas.

De otro modo, nadie se explica como de un día para otro se convirtió en seleccionado de quidditch de su casa (La Cámara Secreta).

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-Ataca a todo el que es diferente. Hermione sufre sus burlas por ser hija de muggles, a quienes llama “sangre sucia” (racista). Ron, por el hecho de ser pobre (clasista) y Harry porque, además de ser su enemigo natural, proviene de un hogar no tradicional (criado por tíos que, encima, lo desprecian). Neville tiene que bancarse el ninguneo de Malfoy por ser más bien torpe, así como Luna Lovegood debe soportar sus pesadeces por ser la freak del curso.

Para que decir como trata a sus sirvientes. En fin, todo aquel que no responda a los requisitos para ser de su GCU (gente como uno) es candidato firme al repudio de Malfoy.

(por cierto ¿se han fijado que no hay Slytherins afroamericanos, asiáticos o mestizos? O sea, Snape es mestizo, pero su caso es tan especial que no cuenta).

-Se jacta de respetar a la autoridad. Claro que ese respeto a la autoridad se traduce en una actitud servil e hipócrita fundada en denunciar todo lo que se aleje un milímetro del orden establecido, con fines exclusivamente personales. Es cosa de verlo como líder de la Brigada Inquisitorial de Dolores Umbridge durante la Orden del Fénix (pensemos en nuestro propio ejemplo, cuantos civiles no sacaron provecho denunciando a otros durante la dictadura? Algunos todavía lo gozan). Claro que en privado, ese respeto por la autoridad no es sino un disfraz de sus verdaderos sentimientos: un odio parido por quien ejerce un cargo que no merece, cuando le correspondería a él. Pero se lo aguanta para no perder sus privilegios.

-Sus más cercanos son dos pelmazos buenos para los combos…y sería: Crabbe y Goyle, a quienes manda, da órdenes y humilla cada vez que puede. Sin embargo, ellos ya están acostumbrados a bajar el moño, acatar y aceptar el ninguneo de su “superior”…no sé porque me acuerdo de RN con ellos.

-Anda por la vida provocando al resto, enrostrando sus virtudes y sacando a relucir las debilidades de los demás…pero cuando el resto se defiende, sale corriendo a esconderse en las faldas de otros (como dicen por ahí? Militares a la calle cuando algo no les resulta?). Así, a la hora de la verdad, llora como conejo asustado. No pudo matar a Dumbledore, y en plena batalla de Hogwarts, huyó junto a su familia, dejando sólo al líder que decía venerar.

-Para defender su posición, se dedica a deningrar la de sus semejantes.

-Es rubio…si, lo sé, es una tontera, pero cuando uno ve un grupo de Facebook compuesto por chicas ABC1 que se llama “Orgullosas de ser blancas”, es porque estupideces como ésta son fundamentales en la vida del fachilieber nacional.

¿Tiene alguna duda?

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vendo casa de campo a buen precio, maleficio incluido

Rhode Island. 1971.

La familia Perron, compuesta por Roger (Ron Livingstone), Carolyn (Lily Taylor) y sus cuatro hijas de distintas edades, llegan a su nueva casa, en las afueras de la ciudad. Ese mismo día, jugando, las niñas encuentran un sótano en la casa, el cual llevaba mucho tiempo tapiado. Y no tardan en producirse extraños acontecimiento

Al mismo tiempo, otro matrimonio, Ed (Patrick Wilson) y Lorraine Warren(Vera Farmiga), investigadores paranormales y expertos en demonología, pero sin autorización para practicar exorcismos, realizan diversas exposiciones acerca de su trabajo en universidades y otras instituciones, especialmente en cuanto a su último caso, relacionado a una muñeca poseída llamada “Anabell”.

Desesperados, los Perron acuden a una de las charlas de los Warren, como última esperanza ante una situación cada vez más insostenible…

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Este es el cine de terror que me gusta ver. Ese cine de terror en que se juega más con los nervios, la tensión y la ansiedad que con las mutilaciones y excesos visuales. Ese cine de terror que juega con las emociones, que asusta principalmente por lo que no se ve antes que por los trozos humanos y litros de sangre y tripas que se ven en pantalla.

Eso es lo que hace de El Conjuro no sólo una de las mejores películas del año, sino que además una de las grandes películas de terror/posesiones diabólicas del último tiempo. Muy superior a la infinidad de episodios de Saw o a las cada vez más decepcionantes versiones de Actividad Paranormal. Curioso resulta que su director sea James Wan, el mismo director de la primera Saw (la única buena de la serie) pero que, sin hacer escándalo, ha armado una carrera quizás no espectacular, pero si convincente y bastante digna, que además se apunta pequeñas grandes películas como Death Sentence (con un Kevin Bacon impecable, llevando la sed de venganza al extremo) o Insidious, película muy emparentada con El Conjuro, tanto por el tema (posesiones diabólicas), como por la presencia protagónica de Patrick Wilson en ambos filmes (y porque cuando la comentamos por aquí hace dos años, también la celebramos bastante).

Wan logra crear esas atmósferas con oficio. La sensación de agobio, de ahogo, derivada de la situación que atraviesan sus protagonistas trasciende la pantalla y no necesitamos ver directamente el ente provocador de estos nervios. Y aún así, este ser hace acto de presencia, sólo para descolocar a quienes le rodean (y al espectador) todavía más.

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El inteligente guión del propio Wan se ve respaldado por las muy buenas actuaciones principales, destacándose las presencias de Vera Farmiga (a estas alturas un ícono de la relación hombre-fuerzas del mal, luego de protagonizar películas como La Huérfana y series como Bates Motel) y Lily Taylor, quien carga con gran parte del peso dramático de un filme que, además, cuenta con las dosis de humor justas y necesarias para relajarse un poco antes del clímax y no terminar colapsado antes del final.

Basada en hechos reales, El Conjuro constituye una de esas excepciones que de vez en cuando el vilipendiado género del terror y que permiten que entre tanto filme dedicado a mostrar cuerpos despostados, secuelas que no vienen al caso y hasta perversiones románticas y humorísticas del género que no le hacen ningún favor (cofcofTwilightcofcofScaryMoviecofcof), la especialidad de los monstruos, las pesadillas y el satanismo justifique su prestigio como uno de los pilares genéricos del cine.

***1/2

THE CONJURING

Director: James Wan

Intérpretes: Vera Farmiga; Patrick Wilson; Ron Livingstone; Lily Taylor

Terror

2013

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fretamalt@hotmail.com  @panchocinepata

libertad de desinformación

No hace mucho que se suscitó en los medios nacionales una polémica acerca del periodismo de investigación, a propósito de los reportajes del programa Contacto sobre la calidad de los productos ofrecidos por ciertos supermercados, cadenas de retail y de comida rápida. Y aunque las falencias denunciadas por el programa estaban lejos de ser una novedad, el impacto fue fuerte.

Sin embargo, los denunciados en vez de acusar recibo de la denuncia y mejorar su servicio, no escatimaron esfuerzos para esquivar las acusaciones, limpiar su imagen y desacreditar ante la opinión pública el reportaje. Por otra parte, Canal 13 no tardó nada en bajarse los pantalones y amenazar con las penas del infierno a sus periodistas con tal que no volvieran a cometer tal barbaridad como la de poner en tela de juicio el noble y probo  funcionamiento del comercio nacional.

Interesante el conflicto: libertad de prensa/poder económico/bien común/intereses corporativos, todos en el mismo escenario. Esta vez, claramente, la libertad de información y el bien común salieron perdiendo, ante el enorme poder de las grandes empresas que, nos quedó claro, bien poco le importa el bienestar de sus clientes.

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Todo eso me trajo a la mente una excelente película de 1999, El Informante, que plantea una situación parecida, confirmando eso de que la vida imita al arte, y viceversa.

Basada indistintamente en hechos reales, así como en la obra The Man Who Knew Too Much, de Marie Brenner, El Informante nos cuenta lo que pasó cuando el químico Jeffrey Wigand (un sublime Russell Crowe) es despedido de su cargo directivo en una poderosa tabacalera, y obligado a firmar un acuerdo de confidencialidad con sus ex empleadores.

Pocos días después, Wigand es contactado por Lowell Bergman (Al Pacino), periodista y productor del programa de reportajes de la CBS 60 Minutos, para dar su opinión como experto, en un reportaje que prepara sobre las tabacaleras. Pero al entrevistarse, Wigand se ve bastante tenso, a punto de explotar, y decide exponer al público todo lo que sabe en torno a las operaciones de la industria del tabaco y todo el enredado sistema que han elaborado para aumentar sus ganancias a costa de la salud pública.

Desde entonces, las vidas de ambos se van por el caño. Wigand debe enfrentar acoso y amenazas anónimas (aunque teniendo claro que son pagadas por sus ex empleadores por faltar a su acuerdo de confidencialidad), el empleo de recursos legales y no legales para forzarlo a guardar silencio, y una dura campaña de desprestigio en su contra que lo lleva a perder incluso a su familia. Por su parte, Bergman debe luchar duramente por poder llevar la entrevista al aire, desde que el directorio de su canal presiona al departamento de prensa para no emitir el programa, encontrándose latente la salida de poderosos auspiciadores (las tabacaleras) y el consiguiente desplome financiero de la empresa.

Todo esto lleva a preguntarse por un tema de límites. Como definirlos y como respetarlos. Wigand debe actuar dentro de los límites que su empleador le indica, incluso después de que ha dejado de ser su empleador, pero estas empresas no están dispuestas a hacer lo mismo para asegurar sus intereses, no importando si en el proceso destruyen la vida de un individuo. A su vez, Bergman tiene todo el respaldo de su equipo…salvo si se mete con los peces gordos e influyentes que podrían incluso afectar a quienes han aprovechado de lo lindo lo obrado por Bergman.

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O sea, los límites corren para el ciudadano, pero no para las corporaciones, los poderes fácticos y los grupos de interés. Libertad de prensa para todo, menos para irse en contra de los accionistas.

La historia de Wigand y Bergman tuvo un final feliz, si se podría decir, cuando éste, combatiendo fuego con fuego, denuncia la censura que aplica su propio canal ante otros medios igual de poderosos, consiguiendo en consecuencia poner las prácticas turbias tanto de las tabacaleras como de los mismos medios, al punto de lograr que la Corte Suprema ordenara a estas empresas pagar una millonaria indemnización a la comunidad por ocultar o tergiversar información acerca de las consecuencias del tabaquismo.

El Informante tiene el mérito de poner un tema delicado en el debate: intereses privados (a defender por cualquier medio y a costa de quien sea) versus libertades civiles individuales y colectivas, pero sin olvidar su vocación fílmica. Para panfletos está Michael Moore, o Costa Gavras. Michael Mann es más que eso, siempre ha sido más que eso. Un crack a la hora de narrar historias donde la angustia, el suspenso, la tensión trascienden la pantalla y atrapan al espectador sin soltarlo hasta el final.

Al Pacino pone mucho de su parte en la que debe ser una de sus últimas actuaciones fundamentales, muy distinto de la autoparodia en que se ha convertido en sus filmes más recientes (pueden creer que este actorazo sea el mismo que canta un horroroso jingle en la igualmente horrorosa Jack & Jill, con Adam Sandler?). Aunque los aplausos se los lleva con justicia Russell Crowe, confirmándonos que cuando tiene buen ojo para escoger sus proyectos, la rompe.

Qué manera de imitar la vida al arte. Qué manera la de algunos pocos de limpiarse allá atrás con el bien común. Y qué lástima encontrarnos en un país donde grandes empresas y medios son, a la corta o a la larga, pertenecientes a los mismos dueños. Así cualquiera.

****

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THE INSIDER

Director: Michael Mann

Intérpretes: Russell Crowe; Al Pacino; Christopher Plummer; Philip Baker Hall; Debi Mazar; Michael Gambon; Rip Torn.

Suspenso

1999

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casi lo logra…

Una mañana cualquiera, Gerry Lane(Brad Pitt) y su familia enfrentan un enorme atochamiento en pleno centro de Filadelfia. Y de la nada, un centenar de zombies aparece arrasando con todo a su paso, mordiendo y contagiando de su condición a todo el que caiga a sus pies.

Salvando apenas de esta multitud de muertos vivos, Gerry es contactado por un antiguo amigo suyo, Therry Umotomi (Fana Mokoena), ahora funcionario de la ONU. Umotomi ofrece asilo para la familia de Gerry en un portaaviones estadounidense, a cambio de su colaboración en la búsqueda de alguna cura u otra solución a esta plaga que la organización encabeza. Ex miembro de fuerzas de paz de la entidad, y luego de que se le advierta que si no colabora, su familia será retirada del portaaviones, a Gerry no le queda otra que colaborar…

???????????

La crítica fue particularmente dura con Guerra Mundial Z. Concedo que está muy lejos de ser una de las grandes películas del año, que presenta algunos forados narrativos que juegan en su contra, que está hecha en función del lucimiento exclusivo de Brad Pitt y, acaso la crítica más absurda, que plantea situaciones que rayan en lo inverosímil (o sea, estamos hablando de un filme sobre el apocalipsis zombie…¿Qué realismo esperan?).

Sin embargo, no es tan terrible. WWZ pertenece a esa suerte de subgénero dentro de las películas de catástrofes en que no hay vuelta atrás. 2012, Soy Leyenda o El Día Después de Mañana son buenos ejemplos de ello, y al igual que éstos filmes, jamás ha tenido el objetivo de la trascendencia, sino simplemente hacer pasar un buen rato (y resultó harto más disfrutable que Contagio, esa película coral (o lata bien vestida) de 2011 que Steven Soderbergh hizo tratando de retratar que pasaría en caso de una pandemia…y ciertamente, mucho mejor que las miles de películas del género zombie que se estrenan año a año con mucha más publicidad).

Y con todos sus defectos, lo logra. O estaba logrando al menos, ya que el último cuarto de hora la película se desinfla, trata de resolver todos los vacíos argumentales que hasta ese minuto pasaban piola de un solo tirón y pareciera forzarse la historia rumbo al final feliz que tanto les gusta a los yanquis. Final feliz que muchas veces deja tranquilo al público, pero que le cuesta un valor importante a la película.

Y es que en tiempos en que series/cómics como The Walking Dead le han dado a la especialidad una profundidad y tratamiento inéditos, puede considerarse un retroceso que la necesidad de dejar un final tranquilizador para el gran público le cueste sus buenos bonos. Pintaba tan bien…habrá que ver como mejora en una eventual secuela (después de todo, estamos ante una adaptación de la novela homónima de Max Brooks…y no creo que la hayan agotado en una sola película, como tan idiotas…)

**3/4

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WORLD WAR Z

Director: Marc Foster

Intérpretes: Brad Pitt; Mirellie Enos; James Badge Dale; Fana Mokoena; David Morse, Daniella Kertzes.

Ciencia ficción

2013

fretamalt@hotmail.com  @panchocinepata

sobre el 11 de septiembre…y lo que vino después

Para la hora en que usted lea esta columna, ya habrán transcurrido algunas horas desde el momento exacto en que se habrán cumplido 40 años desde que el Palacio de la Moneda fuera bombardeado y el gobierno de la Unidad Popular, encabezado por Salvador Allende, fuera derrocado y sustituido por una Junta Militar.

Seguro que usted ya está hasta el cuello con tanta información y exposición acerca del tema recientemente, así que si no quiere saber más al respecto, es libre de cerrar esta página y mandarse cambiar. Nadie lo obliga a nada y nadie le impide ser indiferente si quiere. Puede serlo, aunque no se lo aconsejo. La indiferencia es la primera causa de que los problemas, los errores, se repitan.

Y es que lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 no es algo menor en la historia de Chile. Contando desde que el país inicia su vida independiente en 1810 –o 1818 si prefiere- no hay otra fecha que divida esa historia en dos partes.

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Ahora bien ¿era necesario?

Muchos van a decir de una que sí. Que no había vuelta atrás, que no quedó otra, que el país se iba a transformar en una nueva Cuba, y todos esos argumentos que escuchamos siempre. Pero no son suficientes para responder a la pregunta.

Quiero creer que Salvador Allende fue una buena persona. Me reservo el beneficio de la duda. Quizás no fue un buen presidente, pero tenía buenas intenciones, el problema es que con buenas intenciones no alcanza para manejar adecuadamente un país. Por otra parte, Allende pecó muchas veces de ingenuo al no darse cuenta –o no querer darse cuenta- que todos, incluso sus allegados más cercanos, remaban para el sentido contrario, para que su gobierno se fuera a pique y justificara o la intervención soviética para concretar la vía armada al socialismo, o el golpe de estado que finalmente ocurrió.

Y por muchas razones que hubiera habido para justificar los hechos consumados, aun así para ningún país, por bananero o tercermundista que sea, es grato que un gobierno democráticamente electo y constitucionalmente establecido, sea interrumpido. Si fuera porque el gobierno está lleno de ineptos, pelotudos y frescos de raja, otro gobierno que conocemos hace rato habría tirado la toalla (gobernaremos mejor que la concertación –el parámetro más penca del mundo- decían, total somos empresarios exitosos, así que gobernar debe ser pan comido, decían…).

Pero hagamos cuenta que efectivamente la cosa no daba para más, y que había que cortar de raíz el régimen de la U.P. sí o sí. Conforme, bombardeen la Moneda, derroquen a Allende, fusilen a los principales cabecillas, instálense en el poder…hasta entendería que hubieran clausurado el Poder Legislativo. Hasta ahí, podría llegarlo a entender…si se hubieran quedado en eso, pues…era necesario todo lo demás?

¿Era necesario imponer un régimen de terrorismo de estado? Un sistema político fundado en la persecución ideológica, en encarcelar o ejecutar individuos sin un procedimiento justo detrás, hacer desaparecer personas, mandar al exilio, reprimir las libertades públicas y privadas, interferir en la vida privada de las personas, coartar los canales de expresión?

Era necesario quemar libros, fijar toque de queda, castigar la cultura y las artes?

Era necesario matar tanto a un pueblo, no sólo físicamente, sino además hacerle bolsa su alma? ¿Era necesaria tanta barbarie?

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No, no era necesario (sin ir más lejos, en Argentina, que también tuvo dictadura militar, si bien también hubo genocidio, al menos no coartaron los demás poderes del estado ni las libertades culturales o de expresión. Es más, hasta las fomentaron en algún minuto, especialmente con la guerra de las Malvinas encima, pero eso es otro tema).

No era necesario…entonces ¿por qué lo hicieron?

Porque podían.

No debían, pero podían. Y siempre se iban a excusar en eso de que “esto era lo que ustedes pedían, cierto?” “Era esto o la guerra civil, ustedes escogieron”. Curioso, después justificaban todo con que “Estamos en un estado de guerra, asi que vale”…¿cómo? ¿No que con el “pronunciamiento militar” era una guerra lo que estaban evitando? Algo no me cuadra.

Esa es la gran herida de Chile. No el 11 de septiembre mismo (fue solo el principio) sino todo lo que vino después.

Si se hubieran quedado en derrocar a la U.P. uno podría haber terminado por entenderlo, pero cuando fueron más allá y CASTRARON, DESALMARON a un país. No. Simplemente no.

Por eso causa entre extrañeza, estupor y molestia con que facilidad hablan algunos de perdón, de reconciliación…pero ¿Cómo perdonar cuando hay heridas que no cierran aún? ¿Cómo cerrar heridas cuando hay quienes se empeñan en mantener abiertas?

¿Con que cara hablan de reconciliación, si aun existen quienes niegan lo innegable?

¿Cómo se habla de reconciliar el país cuando hay quienes celebran lo ocurrido? ¿O se empeñan en justificar la barbarie y atrocidades cometidas luego del 11-9-73 con argumentos tan burdos como “no eran blancas palomas tampoco” o “algo andarían haciendo poh, si tampoco andaban comprando pan” o “tu no habías nacido en esa época, asi que no entiendes como era todo” o “entiende que con los upelientos no había nada para comer” (si, claro…pero el mercado negro estaba en ebullición, y misteriosamente todo apareció el 12 de septiembre).

¿Quiere reconciliación? Okey, entonces déjese de jugar al empate y mezclar peras con manzanas. Deje de poner la expropiación del fundo de su tía Clota o de la industria de su bisauelo Clorindo, por tristes que hubieran sido, a la misma altura que la muerte y desaparición de miles de personas.

¿Quiere reconciliación? Entonces deje de hacer mofa de la desgracia ajena y minimizar lo que sufrieron muchos. Deje de dar explicaciones ridículas acerca de la historia reciente de Chile, para conservar los privilegios logrados de tanto besar los traseros correctos.

¿Quiere reconciliación? Entonces deje de menospreciar su propia opinión. Cuanta gente he escuchado justificar la represión a las ideas y a las distintas formas de pensar existentes entre 1973 y 1990 porque “al menos tenemos trabajo y para comer”. Como siempre, no es bueno juntar peras y manzanas. Por lo demás, el derecho a tener una voz propia es irrenunciable. E intransable.

¿Quiere reconciliación? Entonces deje de hacer pucheros cuando le toque bajar las utilidades de sus empresas para subir el salario mínimo (pero si de la Fundación Pinochet le suben la cuota, ningún problema “todo por el verdadero salvador de la patria”).

¿Quiere reconciliación? Después de conocer las declaraciones de Manuel Contreras ayer en CNN me parece un poquito caradura su pedido de reconciliación.

Desaparecidos

Yo quiero la reconciliación. Yo quiero un Chile distinto al que conocí, donde los hijos y nietos que espero tener vivan en armonía con sus pares. Para eso, claro, primero reconciliar. Y perdonar. Pero la reconciliación y el perdón, así como el respeto, no son gratuitos.

Antes del perdón viene la responsabilidad. Y la reparación.

Pedir perdón es muy bonito cuando se le corre el bulto a la jeringa y se le tira el cacho a otros. Pedir es fácil. Merecerlo, en esas condiciones, no tanto.

Si, el país no estaba bien antes del 11 de septiembre de 1973…y puede que tampoco lo haya estado después del 11 de marzo de 1990, menos con la letra chica del plebisicito de 1988 que fueron la Constitución de 1980, sus disposiciones transitorias y las leyes de amarre que hasta hoy no se pueden modificar (súmese el gran pecado de la Concertación: haberse quedado de brazos cruzados y asumir la postura de que “bueno, ya que no podemos cambiar el sistema, saquémosle provecho poh!”). Pero vivir a media máquina y con un pulmón artificial siempre va a ser mejor que estar muerto. Y entre 1973 y 1990 así lo estuvimos.

Y yo por lo menos, no quiero que volvamos a estarlo.

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(SI quiere debatir al respecto, bienvenido sea. Pero con fundamentos que valgan la pena.  Argumentos pelmazos como los que he citado más arriba serán descartados de plano…por la salud mental de los demás lectores).

fretamalt@hotmail.com @panchocinepata