unidos por el perdón (pagando una vieja deuda)

Un hombre agoniza en su lecho de muerte, sin más compañía que sus perros y su leal enfermero, mientras su mujer ha abandonado el lugar, sobrepasada por las circunstancias e incapaz de enfrentarlas.

Al mismo tiempo, un longevo presentador de televisión, vive su más complicada transmisión cuando su salud empieza a pasarle la cuenta encontrándose al aire, durante un programa de concursos, en el que su participante estrella, un niño, está a punto de colapsar ante la presión.

A esa misma hora, el que alguna vez fue un niño prodigio, se ve enfrentado a su triste y vergonzosa realidad actual.

Un policía llega al domicilio de una solitaria joven, luego de ser informado de un violento incidente en el lugar.

Y la imagen ganadora, exitosa y avasalladora de un “gurú” de la autoayuda, se sacude luego de una entrevista que no salió como esperaba.

Y todos ellos están conectados.

Aunque subjetivamente hablando Paul Thomas Anderson no es santo de mi devoción, no seré yo el troglodita que desconozca el tremendo aporte que su filmografía ha significado para la buena salud del cine de las últimas décadas, ni el bruto que diga que los constantes elogios que recibe por su trabajo sean exagerados.

Es más, siento que tenía una deuda pendiente con él.

En 1999, a dos años de haber puesto a la comunidad cinematográfica mundial a sus pies con la notable Boogie Nights, y aunque no era para nada su segundo filme, Anderson se enfrentaba al estreno de su nuevo filme, Magnolia. Esta película era clave, para cerciorarse que el triunfo que fue Boogie Nights no era obra de la casualidad o un triunfo aislado. Muchos directores que prometían han dado un gran golpe al hacerse conocidos y después se han desinflado, independiente de que más adelante se hayan recuperado o no. No fue el caso, y Magnolia fue celebrada como un triunfo mayor a su predecesor.

A título personal, la relación que he mantenido con esta película ha sido bastante complicada. Sabía del enorme respaldo que Magnolia arrastraba consigo, pero a diferencia de otros casos (como Donnie Darko o Réquiem Para Un Sueño, películas de las que sólo escuché maravillas por años, hasta que finalmente las vi y no me movieron un pelo), algo me decía que era totalmente justificado. Pero por alguna razón, cada vez que me sentaba a verla, no tardaba mucho rato en sentirme sobrepasado, y cancelaba la revisión a poco andar.

Pero tenía, como dije, que pagar esa deuda pendiente, y redimirme. Y de eso es precisamente lo que se trata esta formidable realización: de redención. Del perdón. De heridas pendientes de cerrar.

He dicho antes, al citar la sinopsis de esta película, que todos sus personajes están conectados, y no sólo por encontrarse en la misma ciudad o porque todos los hechos transcurren cronológicamente al mismo tiempo. Lo que los conecta es lo heridos, lo dañados que están.

Heridos por el daño que han sufrido a lo largo de la vida. Heridos por el daño que han causado a otros. Y por la incapacidad de pedir perdón, de perdonar y de ser perdonados. O perdonarse a sí mismos.

Tanto Earl Patridge (un impresionante Jason Robards), aquel anciano productor de televisión reducido a una inmóvil y moribunda víctima de un cáncer que, en cualquier momento, se lo lleva, como Jimmy Gator (Philip Baker Hall) ese popular conductor de concursos –show creado por Pattridge- cuya salud también se ha deteriorado progresivamente. Con la muerte pisándoles los talones, ambos repasan sus vidas, y aprecian el daño que han causado a lo largo de éstas, principalmente a sus más cercanos: ellos buscan el perdón. Lo necesitan.

Por otro lado, tenemos a Frank Maggey (todos los que duden del tremendo actor que es Tom Cruise, vean esta película, tomen un ladrillo, y reviéntenselo contra la cabeza), esta suerte de gurú de la autoayuda para machos alfa con su testosterona caída en desgracia, misógino, avasallador, ganador, al que no le entran balas. Pero es tan sólo una coraza, un disfraz detrás del que oculta su verdadero yo: un hombre frágil, muy dañado y con gran resentimiento, dolor que ha reconvertido en el personaje que interpreta y que lo ha hecho millonario. Bastó un pequeño pinchazo para reventar la burbuja y mostrara la verdadera y sufrida cara detrás del corpóreo.

En la misma situación, aunque enfrentada de manera distinta está Claudia (Melora Waters), la solitaria joven que a través de los excesos –drogas, alcohol, desenfreno, relaciones afectivas abusivas- intenta, más que llenar los vacíos, sobreponerse a las desgracias que le han tocado. Tal como Frank, a Claudia la vida le ha cargado la mano demasiado, pero donde Frank ha escogido un gigante dentro del que esconderse, la muchacha ha optado por dañarse a sí misma, y reducirse a una mínima expresión.

Por el mismo camino va Stanley (Jeremy Blackman), ese niño que tuvo la mala suerte de tener un talento extraordinario, manejado por las personas equivocadas. Presionado por su miserable padre, se ve expuesto a una serie de circunstancias que lo sobrepasan, y ya no resiste más.

Si los dos personajes que vimos primero eran gente que hizo daño y necesitan ser perdonados, en este apartado tenemos a tres personas que lo han sufrido. Que tienen mucho que perdonar. Que no quieren perdonar, o queriendo no saben cómo ni por qué deberían.

Entre medio, Donnie (William H. Macy), alguna vez un popular rostro televisivo cuando de niño fue el gran ganador de un concurso –el mismo que al día de hoy sigue conduciendo Jimmy Gator- hoy convertido en un perdedor, incapaz de rendir en trabajos de pacotilla, enamorado de un joven barman. Y está Linda (Julianne Moore), la actual esposa de Earl Pattridge, quien claramente no está preparada para lidiar con la situación de su cónyuge, que no era lo que esperaba al casarse con él. Sus dudas respecto a sus verdaderos sentimientos ante estas circunstancias son gigantescas.

Ni ella ni Donnie esperaron alguna vez llegar a este punto, y ambos se acercan paso a paso a sobrepasar los límites que la racionalidad impone. No lo saben de momento, pero tendrán pronto mucho de que arrepentirse.

Completan el cuadro Phil (el gran Philip Seymour Hoffman), y Jim (John C. Reilly), el leal enfermero de Pattridge, el primero, y un buen policía el segundo. Son quizás los únicos dos personajes de todo este mundo que podríamos considerar como buenos de adentro, pero en realidad están tan fracturados como los demás por lo insignificantes que son, canalizando todo ese dolor a través de servir a otros. No están para pedir perdón ni para perdonar a nadie, sólo a sí mismos.

Tanto personaje, tanta información, tanto dolor flotando en el ambiente podría marear a cualquiera, sea como narrador o como espectador. Y aquí es donde se nota la maestría de Anderson como armador y como contador de historias. Todos los relatos individuales cuentan, tienen la misma importancia, y aportan de igual manera al desarrollo de la historia, a que armemos el rompecabezas y cómo se encuentran unidos todos estos relatos, más allá de la cuestión espacial o temporal.

No sólo un gran narrador, Anderson desde siempre ha sido un tremendo director de actores, y aquí lo logra. Nadie actúa mal aquí. Todos los intérpretes, algunos un poco más que otras, logran un desempeño sobrecogedor, transmitiéndonos lo que sus personajes están sintiendo, lo fracturados que se encuentran en su interior.

Todo coronado con una gran escena final de proporciones bíblicas.

Magnolia nuevamente me superó. Pero no como las veces anteriores, que abandoné la revisión a poco andar. Me superó en cuanto no esperé que me iba a pegar así de fuerte. Han pasado unos cuantos días desde que la ví, de hecho, y sigo atontado por el golpe. De ahí que me haya demorado tanto en avanzar con esta reseña. No podía llegar y lanzarla así no más.

Magnolia se estrenó en un período que fue pródigo en grandes películas (Rushmore, Sexto Sentido, Matrix, The Big Lebowski, Alta Fidelidad, Casi Famosos, Wonder Boys, El Club de la Pelea, y varias más entre 1998 y 2000) y en presentarnos a grandes directores. Cabe recordar que Anderson a esa época contaba con apenas 28 años de edad, y creó muchas expectativas en torno a su carrera, las cuales ha sabido cumplir…y superar.

Espero haber saldado la deuda.

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MAGNOLIA

Director: Paul Thomas Anderson

Intérpretes: Jason Robards; Philip Seymour Hoffmann; Tom Cruise; Julianne Moore; John C. Reilly; Philip Baker Hall; Melora Waters; William H.Macy; Jeremy Blackman; Luis Guzmán; Alfred Molina

Drama

1999

fretamalt@hotmail.com  @panchocinepata