hoy te abrazo…¿mañana te mato?

Aunque algunos “líderes de opinión” insistan en hacernos creer lo contrario, la rivalidad entre chilenos y argentinos nunca ha ido más allá de la humorada, de la anécdota y del grito de barrabrava. A decir verdad, nuestra relación con nuestros vecinos del río de La Plata es bastante cordial, y con ellos nos llevamos harto mejor que con otros del sector.

Claro que cuando nos hemos peleado con ellos, ha sido en mala. La última vez que sucedió así fue durante las últimas semanas de 1978, por una disputa acerca de la soberanía sobre el Canal de Beagle, en el extremo sur del continente, que tuvo a ambas naciones a casi nada de irse a la guerra.

Sólo el anuncio emitido por el Vaticano, de que el Papa Juan Pablo II accedía a mediar entre ambos países por este tema, detuvo un conflicto armado que parecía inevitable.

De esta casi-guerra se conmemoran, por estos días, sus 40 años, y sirvió de base para Mi Mejor Enemigo, filme de 2005 dirigido por Alex Bowen, que constituye uno de nuestros escasos acercamientos al género bélico, por mucho que se trate de un enfrentamiento que, finalmente no fue, desde el punto de vista de un grupo de conscriptos, en plena zona en disputa.

Sé que parece extraño hablar de cine bélico a propósito de un conflicto armado que no alcanzó a materializarse en el campo de batalla, cuyos mayores hitos se dieron en el entorno diplomático. Tampoco dudo que esto último pueda servir de base a un relato interesante (no en vano, se trataba de evitar una guerra lo antes posible), pero los conflictos, por cortos que sean, se deciden en el campo.

Bowen enfoca su relato en un puñado de conscriptos, que a lo más deben pasar los 20 años de edad, asignados para el servicio militar en Punta Arenas, a pocos días del día en que, supuestamente, comenzarían las hostilidades. Este grupo, al mando del sargento Ferrer (Erto Pantoja) con enviados a campo abierto, a una misión de rutina, de reconocimiento. Sin embargo, unos cuantos eventos desafortunados alteran la operación, cuando se extravían en plena Patagonia.

Obligados a acampar mientras son encontrados, este grupo se encuentra con un pelotón argentino, pasando por una situación similar. Lentamente, empujados por la necesidad, ambos grupos, que eventualmente se enfrentarían en combate, deberán relacionarse y auxiliarse mutuamente.

Este enfoque acerca de la historia que está contando, y del contexto histórico en que tuvo lugar, visto desde la perspectiva del individuo que estuvo ahí, en el lugar y, digamos, momento, de la verdad, es el gran acierto del filme.

Porque desde el momento mismo de los hechos, hemos conocido cómo se zanjó la disputa en el plano diplomático, que concluyó finalmente en el tratado de paz y amistad suscrito entre ellos y nosotros en 1984, aunque casi nada de cómo era la situación en el momento mismo de los hechos, de cómo las zonas que pudieron haberse visto afectadas por el conflicto se prepararon para el enfrentamiento. Y casi nada de las historias de esos anónimos personajes que formaban parte de los contingentes trasladados al sur.

Hombres de todas las edades llamados a los cuarteles, con la idea de que están sirviendo al país, de que serán héroes. De que habrá calles, plazas, edificios con su nombre.

Lo que no puede estar más lejos de la realidad. Los homenajes son para los generales. Para los soldados rasos, alguna mención en algún reporte que quedará archivado y se pondrá amarillo por el tiempo y el olvido. Cuando mucho, alguna pensión de gracia. A lo más, alguna representación en algún monumento bajo el genérico “soldado desconocido”.

Pasa en las guerras que sí se verifican y no va a pasar con una que no llegó a serlo.

Mi Mejor Enemigo, entonces, tiene ese tema de fondo, el sinsentido de la guerra para el ciudadano de a pie. No sólo desde el punto de vista que ya he dicho, sino también de la relación entre bandos que, porque algunos peces gordos lo han declarado, tienen que ser enemigos. Aunque tengan muy claro que son personas más parecidas que diferentes, con semejantes necesidades y aspiraciones. Y eso es lo que termina uniendo a los dos pelotones “en conflicto”, más allá de la bandera y del color del uniforme.

Dos bandos que compartirán el suelo, la comida, la correspondencia, hasta un improvisado partido de fútbol en medio de la nada. Dos bandos que hoy se abrazan, pero que de un momento a otro podrían estarse matando a balazos.

Es cierto que con la actual ola chovinista que atravesamos, una película que se atreve a plantear la amistad y cordialidad entre bandos enemigos, muy probablemente sea escupida por aquellos “valientes que dicen las cosas por su nombre y sin pelos en la lengua” (que no son más que unos trogloditas echando garabatos con ventilador). Bueno, los que sí tenemos más de dos dedos de frente siempre tendremos obras como ésta para recordar que hay una esperanza, mínima que sea, de armar una sociedad mejor.

Mi Mejor Enemigo fue nominada al Premio Goya de ese año, como Mejor Película Extranjera. No lo ganó (competía con la argentina Iluminados Por El Fuego, justo ganador de esa versión) pero fue uno de los primeros atisbos de que el cine nacional empezaba a hacer ruido fuera de nuestras fronteras. Ruido del bueno.

***

MI MEJOR ENEMIGO

Director: Alex Bowen

Intérpretes: Nicolás Saavedra; Erto Pantoja; Felipe Braun; Fernanda Urrejola; Miguel Dedovich; Andrés Olea

Drama bélico

2005

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¿el ídolo de quién era?

En un pequeño balneario británico, vive la pareja compuesta por Annie (Rose Byrne) y Duncan (Chris O’Dowd). Ella, curadora del museo local que heredó de sus padres. El, profesor universitario y administrador de la página web dedicada a su obsesión: la carrera musical del estadounidense Tucker Crowe (Ethan Hawke), compositor cuya pista se perdió luego de la publicación de su álbum más clásico, titulado Juliet, a mediados de los 90.

Gracias a su fanatismo, Duncan recibe por correo una copia de “Juliet,Naked”, las primeras grabaciones a nivel casero del disco en cuestión, lo que reactiva la devoción de Duncan por Crowe. Harta de sentirse postergada por esta obsesión, Annie se registra en la página web y, bajo un seudónimo, hace una reseña lapidaria de la grabación.

A los pocos días, Annie recibe un e-mail cuyo remitente dice ser Tucker Crowe, quien no puede estar más de acuerdo con las opiniones de la chica respecto al registro. Y aunque en un principio Annie duda de la identidad de su interlocutor, de a poco comienzan una seria y sólida amistad epistolar con el retirado músico…

El poster dice “de la novela de Nick Hornby, autor de Alta Fidelidad y Un Gran Chico”. Listo, caí. No sólo es uno de mis autores favoritos, sino que además es el responsable último de mi película favorita de la vida. Así es como llegué a Amor En Vinilo (que mal y equivocado título), la más reciente adaptación de su trabajo, a partir de su novela, Juliet, Naked (Julieta, Al Desnudo…¿ven? Quedaba harto mejor), cuyo motivo principal es, como siempre, las relaciones personales, con todas sus virtudes y, sobre todo, imperfecciones.

Aunque debe ser primera vez, dentro de lo que sé, que Hornby enfoca este tema desde el punto de vista femenino. Alta Fidelidad, Un Gran Chico, Fiebre en las Gradas, han sido historias de tipos tratando de hacer las paces con sus existencias, enfrentados a ese momento decisivo llamado madurez.

En este caso, la historia se nos cuenta desde la vereda del frente. Sí, tanto Duncan como Tucker son personajes masculinos muy hornbyeanos. Por un lado, el tipo que no encuentra satisfacción, aunque motivos para sentirla le sobran, por una vieja dependencia a un hito que ya pasó. Por otro, ese tipo talentoso que, por un lado, nunca supo superar un traspié, y a quien el éxito que alguna vez tuvo lo cegó, al punto de hacerlo incapaz de apreciar las cosas valiosas de la vida.

Ni Duncan ni Tucker son malos tipos. Pero ninguno de los dos es capaz de ver más allá de sus propios rollos.

Es en este escenario en que nos encontramos con Annie (una inspirada Rose Byrne), una mujer entre dos tipos unidos por el mismo vínculo (el obsesionado y la obsesión), una chica sin mayores pretensiones en la vida que sentirse querida y respetada. Una protagonista que ha tenido demasiada paciencia, que siente que ya ha cedido demasiado, que ya ha tenido suficientes postergaciones.

Que, sin embargo, encuentra una salida a sus desencantos a través de, precisamente, quien ha sido la razón de ellos y que, increíblemente también está desencantado de su propia existencia. Tucker –en la notable interpretación de un Ethan Hawke que…¿en qué minuto envejeció de esta forma?- vive una vida plana, frustrante, en la que la que se supone era su gran pasión –la música- nunca lo llenó como pensaba. Por el contrario, lo fue haciendo un ser más vacío, incapaz de consolidar lazos muy fuertes que digamos con las muchas familias que fue repartiendo por ahí, en sus años de popularidad.

De ahí que resulta natural la conexión entre la desencantada Annie y el instatisfecho Tucker. El vínculo que arman terminará siendo lo que ambos necesitaban para fortalecer su parada ante la vida.

Ella, aprendiendo a darse a respetar. El, aprendiendo de sus errores, y de que él depende corregirlos para hacer las paces con su entorno y consigo mismo.

El desempeño del director Jesse Peretz (formado en tv a través de series como Glow, Girls o Nurse Jackie) es bastante correcto a la hora de contarnos la historia, aunque se nota que su especialidad son los relatos que pueden contarse en 45 minutos a poco menos de una hora. En este trabajo, que supera los 100 minutos de duración, a veces pierde el ritmo y alarga más de lo razonable situaciones que no necesitan extenderse tanto.

Sin embargo, eso no daña mayormente el desempeño del filme, cuyo principal sostén son las actuaciones del trío protagónico y, por supuesto, la base argumental proporcionada por Hornby, un autor que ha marcado época convirtiendo vidas ordinarias en epopeyas que vale la pena conocer.

***1/4

JULIET,NAKED

Director: Jesse Peretz

Intérpretes: Rose Byrne; Ethan Hawke; Chris O’Dowd

Comedia romantic

2018

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nunca olvidar a los amigos

Cuando era muy pequeño, el niño Christopher Robin solía visitar el mágico lugar conocido como el Bosque de Cien Acres, para encontrarse con las fantásticas y amigables criaturas que vivían en él: el osito Pooh, Conejo, Piglet, Igor el burro, el tigre Tigger, Búho, Cangu y su hijo Rito.

Unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Christopher Robin (Ewan McGregor) se ha convertido en ejecutivo de una importante fábrica de equipajes, y vive prácticamente para su trabajo, sin tiempo para jugar u otras distracciones, lo que le ha llevado a una tensa relación con su mujer Evelyn (Hayley Altwell) y su hija Madeleine (Bronte Carmichael).

Sobrepasado por la complicada situación financiera de la empresa, Christopher debe quedarse en su casa planificando una manera de reducir costos, tratando de no dañar al personal. Mientras se sienta en un parque a tomar un descanso, escucha una voz que hace más de 20 años no escuchaba, y que en pleno centro de Londres no esperaba encontrarse: Pooh ha salido de Cien Acres y necesita su ayuda desesperadamente…

Disney insiste con las adaptaciones en formato live-action de sus personajes más clásicos. Ya las últimas semanas hemos visto los avances de Dumbo (a cargo de Tim Burton) y de El Rey León (de la mano de Jon Favreau). Y aunque no es una creación propia, sino del autor Alan Alexander Milne, inspirado en los juegos de su hijo Christopher, el mundo del osito Pooh y sus amigos peluches animados, es una de las marcas más reconocibles de la casa de don Walt. Era obvio que tarde o temprano iban a caer en la adaptación.

La historia básica es conocida: son las aventuras que compartía un niño que, tras atravesar por una puerta mágica, ingresaba a un mundo mágico donde sus peluches cobraban vida, así como las vivencias de estos juguetes entre sí.

Ahora, hay que reconocer que esta vez, en vez de la mera transcripción en live-action del relato ya conocido, enfoca la historia, titulada Christopher Robin: Un Reencuentro Inolvidable desde otra perspectiva: ¿qué pasa con el niño cuando se convierte en un hombre?¿Qué pasa cuando el niño crece, madura, se hace responsable, forma una familia, contrae responsabilidades y ya no tiene tiempo para distracciones?

El protagonista no puede estar más alejado de lo que alguna vez fue. No, no se volvió un mal tipo. De hecho, aunque es un ejecutivo importante dentro de la compañía en que se emplea, se ve con la soga al cuello cuando su jefe, un total inepto con buenos contactos, le exige recortar gastos, lo que se entiende claramente como “despídelos a todos”, decisión que Christopher se resiste a tomar. El problema comienza cuando por avanzar en su trabajo, a fin de dar un mayor bienestar para su familia, termina quitándole a ésta lo que de verdad necesita.

La película no puede ser más sencilla, y tiene sus mejores momentos cuando Pooh y su pandilla aparecen y hacen de las suyas. Tampoco pretende ser más que eso. Christopher Robin no pretende cambiar la historia del cine ni nada, ni tampoco dejar moralejas. Con la sencillez de un cuento infantil, le basta y le sobra para que podamos considerarla un relato amigable, agradable, inofensivo.

Sostenido básicamente en el correcto desempeño de un  Ewan McGregor que se desenvuelve bien rodeado de personajes que, en estricto rigor, no están ahí (tanto en el momento en que descubre a Pooh en Londres y su urgencia por que éste no sea descubierto y que lo tomen por loco, como en la instancia en que acepta que esta fantasía es parte importante de su vida), y en la simpatía de los personajes animados, este es un filme que nos recuerda que sí, que es necesario e inevitable madurar, pero no es bueno hacerlo a costa de lo que nos identifica, lo que nos hace felices, lo que nos define como somos.

Lo que son las cosas, pocos meses antes Disney había estrenado A Wrinkle in Time, un relato lleno de parafernalia que no convenció a nadie, mientras que con Christopher Robin, cuyo breve relato y justa ejecución, nos dio una película que, quizás no pase de los resúmenes del año, pero que sin duda será grato volver a encontrar por ahí en el futuro.

***

CHRISTOPHER ROBIN

Director: Marc Forster

Intérpretes: Ewan McGregor; Halyey Altwell; Bronte Carmichael: Mark Gatiss; Jim Cunnigham (voz); Sophie Okonedo (voz); Peter Capaldi (voz), Toby Jones (Voz)

Fantasía

2018

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llegó donde tenía que llegar

Aunque ha pasado más de media vida en silla de ruedas, el caricaturista John Callahan (Joaquim Phoenix) es homenajeado por su aporte a la cultura popular, a través de las historietas abundantes en humor negro que ha publicado a lo largo de los años.

Aunque criticado por lo excesivamente incorrecto de muchas de sus creaciones, las caricaturas sirvieron a Callahan para canalizar todo el odio, las frustraciones y la rabia acumulada durante años de excesivo consumo de alcohol y, especialmente luego de aquel accidente que lo mandó a una silla de ruedas para siempre…

Lo dije a propósito de Private Life, y lo repito ahora: lo mejor de que le haya ido bien a los servicios de streamings es que pueden apostar por producciones que, dentro del mainstream difícilmente habrían tenido algún auspicio. Y con producciones que tienen una pasada por salas, por breve que sea, ya sea en festivales o en el circuito alternativo. Pero se estrenan, por lo que cuentan dentro del recuento anual.

Ahora, la ominipresencia de Netflix hace que nos olvidemos de Amazon, que aunque con menos escándalo, hace rato que está en la misma parada. Asi es como hemos llegado a Don’t Worry, He Won’t Get Far On Foot (algo así como “tranquilo, no va a llegar muy lejos caminando”), que nos trae de vuelta a las grandes pistas a Gus Van Sant, después de años de trabajar casi en la clandestinidad.

La cinta esta basada en la autobiografía del caricaturista John Callahan (1951-2010), humorista gráfico que desde fines de los ’80 se hizo popular por sus chistes muy políticamente incorrectos e irreverentes. Su historia, que Van Sant cuenta sin seguir un orden lineal, cosa que la hace mucho más atractiva, y como ya han leído más arriba, estuvo marcada por una serie de desgracias personales, desde una infancia difícil, pasando de un hogar adoptivo a otro, cayendo tempranamente en el alcohol, y que lo llevó a tocar fondo cuando un accidente vehicular, en evidente estado de ebriedad, lo dejó paralítico.

Si, ya sé lo que están pensando. “Otra historia de una persona en silla de ruedas luchando por la superación”. Si, de eso se trata, pero no es otra historia más.

Porque aquí no estamos ante ese protagonista virtuoso, luchando incansablemente contra la adversidad, que no permitirá que un destino cruel haga de las suyas con su vida, y que pese a las dificultades siempre sonríe. No. Callahan fue un personaje real, con características de gente real: autodestructivo, tóxico, rabioso, cínico, desconfiado y lleno de rencor.

Es tanto lo que se odia a sí mismo, que uno en verdad tiene ganas de decirle “bueno, ya, mátate si eso te hace feliz”.

Es como si nos contaran en vez de la historia de Forrest Gump, la historia del Teniente Dan después de salir del hospital, y hasta antes de embarcarse en el barco camaronero, y escrita por Harvey Pekar (otro icónico historietista, conocido por su oscura visión del mundo, cuya vida también conocimos en la notable biopic American Splendor).

A lo largo del filme, vamos conociendo los distintos hechos que fueron definiendo la personalidad y mentalidad de Callahan, hasta que en algún punto de su existencia descubre que tanta rabia no lo va a llevar a nada bueno, y enfoca todos estos demonios en su arte. Los logros que va alcanzando gracias a sus caricaturas (así como el repudio que causa en otros su trabajo), van ordenando muchas cosas en su vida, poniéndolo en paz consigo mismo, y con el prójimo.

Todo esto interpretado en un siempre impresionante Joaquim Phoenix (son estas actuaciones las que más me tienen ansioso por ver su Joker, más allá de lo viralizado hasta ahora), quien encarna de manera más que creíble, a Callahan en las diversas etapas de su vida, y en sus diversos estados de ánimo. Irreconocible, y sorprendente, resulta también la actuación de Jonah Hill a cargo de Donnie, el carismático tutor de Alcohólicos Anónimos que, con mucha paciencia, y sobre todo muy buena voluntad, trató a Callahan. Y después de esta película, no amar a Rooney Mara es ser de piedra.

Acompañado con animaciones inspiradas en las caricaturas de John Callahan, Don’t Worry…no necesita ser un filme extraordinario para marcar una suerte de regreso para un Gus Van Sant que se había pasado la última década pasando muy piola (su último filme estrenado a niveles industriales fue Mi Nombre es Harvey Milk, en 2008, y tras esa seguidilla de grandes filmes que estrenó durante los ’00 –Gerry, Elephant, Last Days y Paranoid Park). Regreso saludable, interesante y bienvenido.

***1/4

DON’T WORRY, HE WON’T GET FAR ON FOOT

Director: Gus Van Sant

Intérpretes: Joaquim Phoenix; Jonah Hill; Rooney Mara; Jack Black

Drama

2018

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niño chocolate

Salió ayer el póster, y creo que también el tráiler, de Dumbo, la versión live-action del clásico de Disney dirigida por Tim Burton. Y prefiero no entusiasmarme tanto. Si bien en las imágenes se ve espectacular, muy probablemente pase lo mismo que ha pasado con, salvo algunos dignos chispazos, el cine de Burton durante la última década.

Me duele decir esto. Repasaba además Miss Peregrine y Sus Niños Peculiares, la última película de Burton a la fecha (2016) y si bien en su momento la pasé bien, ahora con la cabeza más fría me he dado cuenta que sí, tenía algunos momentos muy buenos, algunos cuantos detalles a su favor, pero en lo global, se queda a duras penas en la categoría de “pasable”. Como casi todo lo que ha hecho Burton los últimos años.

Y es algo que me duele decir de Burton. Echando a andar la memoria en reversa, Tim fue el primer director cuya carrera seguí con atención y disciplina. El primer director (casi junto a Tarantino, aunque cuando QT llevaba dos películas, Burton ya había estrenado, en salas chilenas, unas cinco o seis…con Spielberg, Scorsese y Allen el proceso no fue tan rápido, tardío incluso, lo admito..y Kevin Smith aún no era tan accesible en el país) que no dudé en calificar como mi director favorito, gracias a esas películas que me volaron la cabeza, me movieron el asiento o simplemente me zamarrearon la manera de ver el mundo.

Pasar de “películas que me volaban la cabeza” a “películas pasables” es fuerte, y deja una sensación agridulce en el paladar, y en el alma.

Con la sola excepción de Frankenwennie (que a la larga no es sino una versión alargada y mejorada de un antiguo corto de Burton), y quizás Big Eyes, todo lo que ha hecho Burton desde 2007 a la fecha, es material que funciona a la primera, pero cuya resistencia al análisis va disminuyendo en cada revisada..si es que uno en verdad quiere darle otra revisada.

Por eso, no pude evitar repasar la última de sus experiencias live-action que vale totalmente la pena, Charlie y la Fábrica de Chocolates, de 2005.

Sí, si sé que ya he hablado de ella antes (aunque eso fue hace casi ocho años). Y sí, sé que fue bastante vapuleada en la época de su estreno…básicamente, por el hecho de tratarse de un remake de una suerte de vaca sagrada de la cultura popular (la gran película de 1971, aunque suelen olvidar que esta ya era una adaptación del relato de Roald Dahl), pero que, con el correr de los años, uno ha terminado por apreciar que esta versión como una con abundantes valores propios como para destacar por sí misma.

Yo por lo menos la he disfrutado más, con los años.

Ya saben de qué se trata. Aunque han pasado ya muchos años desde su gran reapertura, nadie sabe cómo ni quien hace que la gigantesca fábrica de chocolates Wonka produzca las enormes cantidades de confites que vende alrededor de todos los rincones del planeta.

Cierto día, su propietario, el excéntrico Willy Wonka (Johnny Depp) decide abrir su fábrica al público, para lo cual lanza un concurso: cinco boletos dorados repartidos al azar en sus barras de chocolate, que garantizan la visita de su ganador a las instalaciones de Wonka, y descubrir su funcionamiento, además de un premio sorpresa que entregará a uno de ellos al término del tour.

Cuatro de los cupones van a parar en manos de unos niños realmente irritantes: August, un obeso y glotón niño alemán; Violet, una competitiva y arrogante niña de Atlanta; Veruca, la consentida y malcriada hija de un millonario inglés; Mike un agresivo y sobrealimentado con televisión y videojuegos niño de Denver.

Y el último es Charlie (Freddie Highmore), un niño que vive en la pobreza junto a sus padres (Helena Bonham-Carter y Noah Taylor) y a sus cuatro abuelos, a poca distancia de la fábrica Wonka. Pese a las miserias, Charlie tiene una visión muy optimista de la vida, y desde siempre, ha alucinado con conocer la fábrica, gracias a las historias que su abuelo Joe (David Kelly), alguna vez operario de la misma, le cuenta cada noche.

Comprendo, repito, que haya habido molestia entre el público a la hora de comparar esta versión con aquella protagonizada por Gene Wilder en 1971 (sobre todo después de la mala experiencia que fue el remake de Burton para El Planeta de los Simios cinco años antes), pero creo injustas las comparaciones, considerando que ambas versiones tienen su propio espíritu, sus propias motivaciones, y sus propias maneras de ver el cuento original, de acuerdo al punto de vista de sus realizadores, al entorno, estética y época en que se desenvuelven.

Y dentro de todo, se conserva el espíritu del cuento original: que las buenas acciones se premian. Cuatro de los cinco niños que ganan el boleto dorado pagan por sus malas actitudes, a cada uno le pasa un chasco por tratar de hacerse los listos. Charlie sigue siendo al final del viaje el mismo niño humilde y de buena fe que era al principio de la gira, y se mantiene fiel a sus principios, aunque deba renunciar al premio más grande de todos los tiempos. Y es feliz con eso.

Lo que le permite enseñarle además a Willy Wonka a ser honesto consigo mismo, a enfrentar sus propios sentimientos –y fantasmas- y a encontrar la felicidad en lo que tiene más cerca.

Al final el gran ganador del concurso es el propio Wonka. Si, su satisfacción, su ambición está en ser el mejor chocolatero de todos los tiempos, pero la verdadera felicidad la termina encontrando mucho más al alcance de la mano.

Curioso resulta como un director relacionado a lo largo de su carrera con lo sombrío, haya dado de vuelta un relato tan colorido (aunque sin llegar a los ridículos a los que llegaría, por ejemplo, Meteoro, de lxs hermanxs Wachowski, un par de años después, o el propio Burton en Alicia en el País de las Maravillas, iniciando la década siguiente) y tan optimista.

Sazonado con la muy buena banda sonora a cargo del habitual Danny Elfman (las canciones de los Ooompas Loompas están dentro de los puntos altos de la película), la gran actuación de los niños protagonistas -Freddie Highmore, mucho antes de despertar su instinto asesino en Bates Motel, realmente hace que Charlie nos caiga bien y que querramos verlo ganar…y con los otros cuatro realmente nos tenemos que morder la mano para no mandarles un buen mangazo-, con un Johnny Depp antes que empezara a repetir a Jack Sparrow en todos los personajes que hace-y antes de caer en desgracia-..ah, y los abuelos de Charlie son simplemente encantadores.

Ahh, Tim, si tan sólo te olvidaras un poco de la estética y volvieras a prestar más atención a las historias, y a lo que a través de ellas se busca transmitir, otro gallo te cantaría.

***1/2

CHARLIE AND THE CHOCOLATE FACTORY

Director: Tim Burton

Intérpretes: Freddie Highmore; Johnny Depp; Helena Bonham-Carter; Noah Taylor; David Kelly; Missy Pyle; James Fox; Deep Roy; Christopher Lee

Fantasía

2005

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con la ambición no se juega

Siempre he defendido lo bien que hace rever películas. El paso del tiempo, la madurez, el conocimiento o información adquiridos durante el lapso que transcurre entre un visionado y otro de una misma obra ayudan a cambiar, para bien o para mal, la opinión respecto de ésta. Sea para apreciarla como no supiste hacerlo, que terminó siendo mucho mejor película de lo que pensabas, sea para darte cuenta lo mal que envejeció y/o que en realidad estabas ante una reverenda porquería. O simplemente, no te movió un pelo a la hora de opinar de ella y, como no tenías forma de hacerlo, simplemente la dejaste pasar.

Se habrán dado cuenta que eso he estado haciendo últimamente, al repasar títulos como Magnolia, No Country For Old Men o Casino, el extenso filme de Martin Scorsese estrenado en 1995, su última colaboración oficial con su socio de dos décadas, Robert De Niro.

La historia transcurre a principios de los ’70, en Las Vegas, y gira en torno a Sam “Ace” Rothstein (De Niro), apostador profesional, un gran jugador, que es convocado por la mafia local para administrar el Tangiers, casino que el crimen organizado ha levantado con la colaboración de los sindicatos de camioneros con los que se encuentra vinculada, y con el auspicio de las autoridades legales. Aprovechando las innegables habilidades de Rothstein, y los no pocos vacíos legales que favorecen el desempeño de su actividad, el Tangiers, no obstante  pronto se vuelve enormemente popular y rentable.

Aunque Rothstein ha demostrado ser un administrador más que eficaz, los jefes a cargo del casino han encomendado su supervisión a Nicky Santoro (Joe Pesci), ajustador de cuentas y cabecilla de una facción dentro de estas mafias. Aunque son viejos amigos, Sam no ve con buenos ojos la llegada de Santoro, sobre todo cuando éste comienza sus propias actividades ilegales, en paralelo a sus órdenes.

Las cosas parecen estar tranquilas, hasta que Sam despide a un incompetente trabajador, muy bien conectado con las autoridades locales. Ello, más una serie de decisiones que Rothstein adopta, sin consultar a sus superiores, y la cada vez más conflictiva relación con su esposa Ginger (Sharon Stone), la cual debido a su alto consumo de drogas y alcohol está adoptando una conducta cada vez más impredecible, ponen en entredicho las capacidades de Rothstein para seguir a la cabeza del negocio…

Hablar de lo cómodo que se siente Scorsese en una historia que, expresa o tácitamente, directa o tangencialmente, alude al género de mafias, considerando además que se trata de una adaptación de una novela de un viejo conocido, Nicholas Pilleggi (el mismo autor de la sublime Buenos Muchachos) y con intérpretes que le resultan familiares (De Niro y Pesci, protagonistas de la cinta citada), sería redundar. Desde siempre este es uno de los subgéneros donde el buen tío Marty se desenvuelve mejor.

Cabe recordar también que Casino fue su regreso al género después de dos filmes que nada tenían que ver con eso (Cabo de Miedo, 1991, y La Edad de la Inocencia, 1993).

Y cabe tener en cuenta además que estamos ante una historia de auge y caída. Como en algún minuto las mafias que controlaron sin contrapeso la ciudad, perdieron ese control y debieron dar paso a multinacionales y corporaciones, y ese control ya no pudo ser tan descarado.

En Casino, como ha hecho a lo largo de gran parte de su carrera, Scorsese eleva al nivel de epopeya las existencias de personajes moralmente reprochables. Individuos sin moral ni empacho alguno en retorcer algunas cuantas reglas legales o de conducta con tal de concretar sus intereses.

Partamos por el protagonista, Sam Rothstein, quien reconoce que si no estuviera en Las Vegas, sino en cualquier otra ciudad del mundo, lo más probable es que estaría en la cárcel. Este es un personaje que se aprovecha de la fragilidad del sistema legal para obtener beneficios.

Quizás no tenga las manos tan manchadas con sangre como su amigo Nicky Santoro, lo que no quiere decir que tenga la consciencia limpia. Un tipo carente de virtud, pero al que eso lo tiene sin el menor cuidado, mientras tenga recursos, influencia, poder. Un tipo que si bien no ha llegado a ciertos extremos, la delgada línea que nadie debiera atravesar ya la cruzó hace mucho, sin vuelta atrás.

Extremo es a lo que llega Nicky (impresionante actuación de Joe Pesci). Si Sam perdió toda virtud, Nicky nunca la tuvo. Nicky no trepida en reventarle la cabeza a un tipo que tuvo la osadía de invadir su territorio.

Y en medio, Ginger (Sharon Stone despachándose la mejor actuación de su vida, mandando por el WC la imagen de símbolo sexual que venía cultivando), una mujer marcada por la ambición. Es la ansia de riqueza la que la lleva a casarse con Sam, y la que a la larga sería la causa de su autodestrucción.

Las acciones de uno y otro, y la influencia de ella en las existencias de ambos, en un contexto donde la desconfianza y la traición están a la orden del día, son gravitantes para pavimentar el camino a la decadencia de los antiguos señores de Las Vegas.

Es interesante cómo un director como Scorsese, marcado por la formación católica que recibió desde la infancia, especialmente en lo relativo a la culpa, al remordimiento, se sienta tan a gusto con personajes malditos, en un entorno sin posibilidad de redención alguna. Personajes de un mundo donde la ambición lleva a perder los escrúpulos. Un mundo donde nadie gana. Nadie se salva. Y si alguien se salva, esa salvación está muy lejos de ser la que esperarían.

Cuando se estrenó Casino, por allá por 1995, de puro ignorante la dejé pasar. Era mucho menos cinéfilo de lo que soy ahora. No veía tanto cine, no mucho más allá del cable, o de lo que encontraba en el estante del videoclub, y tampoco era tan disciplinado. Tuvieron que pasar muchos años para que yo aprendiera a conocer mejor la filmografía del tío Martin, entenderla y apreciarla. Por eso reincidí, y el último fin de semana volví a hacerlo. Y espero haberme redimido.

****

CASINO

Director: Martin Scorsese

Intérpretes: Robert De Niro; Joe Pesci; Sharon Stone; Kevin Pollack; Don Rickles; James Woods

Drama/Suspenso/Gangsters

1995

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STAN LEE 1922-2018

Stanley Martin Lieber, el hombre al que la historia conoció con el seudónimo de Stan Lee, ha fallecido esta tarde, a los 95 años, víctima de una serie de dolencias que lo afectaban desde hace algunos meses, dada su avanzada edad, que las últimas horas lo llevaron a ser internado de urgencia en el Hospital Cedars-Sinai, en Los Angeles, donde residía.

Guionista, dibujante e ícono de la cultura popular en sí mismo, Lee revolucionó el mundo editorial cuando junto a Jack Kirby convierte la Timely Comics, empresa para la que trabajaba, en Marvel Comics, editorial que desde 1961 se convirtió en referente obligado en lo que se refiere a historietas y productos derivados de ella, como series de televisión, animación, películas y videojuegos.

Su aporte no sólo fue valioso desde el punto de vista empresarial, sino también artístico al aportar a varios de los personajes más importantes de la cultura popular: el Sorprendente Hombre Araña, Ironman, el Increíble Hulk, Doctor Strange, Thor, Daredevil, los 4 Fantásticos, X Men, Black Panther y la gran mayoría de personajes de la editorial, personajes que destacaron precisamente por la facilidad con que el lector podía identificarse con ellos. También reinventó el sistema de trabajo creativo dentro del mundo editorial, ampliando las libertades de sus equipos creativos en el desempeño de sus labores, así como el debido respeto a sus creaciones y propiedades intelectuales.

Lee deja un legado gigantesco e invaluable dentro de la cultura popular del último siglo, lo que vemos refrendado en el enorme éxito que el concepto Marvel involucra hoy por hoy. Si lees la marca “Marvel” en cualquier parte del mundo, sabes de inmediato lo que significa. Si no, no eres de este planeta.

Debería decir “Descansa en paz, Stan”, pero tengo una frase mejor..

EXCELSIOR!!

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