cuarenta años después…

En la noche de Halloween de 1978, la pequeña comunidad de Haddonfield, Illinois, fue azotada por una tragedia, cuando el asesino serial Michael Myers atacó a un grupo de adolescentes que a esa hora, se encontraban cuidando a los hijos de sus vecinos, antes de partir de fiesta.

Cuarenta años después, Myers se encuentra internado en una institución psiquiátrica.

Mientras tanto, Laurie Strode (Jamie Lee Curtis), la única sobreviviente de aquella matanza, vive aislada del mundo, en una granja en las afueras de Haddonfield, sumida en la obsesión de prepararse para el día que vuelva a verse las caras con Myers. Ello la ha llevado a distanciarse de su propia hija, Karen (Judy Greer), aunque intenta reconstruir la relación con su nieta Allyson (Andi Matichack).

La víspera de Halloween, mientras es trasladado a un nuevo centro de reclusión, aprovechando el volcamiento del bus en que viajan, Michael Myers escapa, dirigiéndose a Haddonfield.

Apenas se difunde la noticia, Laurie sabe que ha llegado la hora…

Cuando hablábamos de los 40 años de Halloween, hace una o dos columnas atrás, mencionábamos la importancia del filme de John Carpenter como punto de partida oficial del género del slasher, del asesino en serie.

El éxito de la película obviamente le abrió el apetito a la industria, que a lo largo de los años siguientes aparecieron siete secuelas (Halloween 2 a 6, 1981 a 1995, más H2O: Halloween 20, en 1998), y dos reboots fallidos (Halloween Resurrection, en 2002, y Halloween, de 2007 más la secuela de ésta en 2010). Sin embargo, la calidad de los filmes fue decreciente, y aunque el reinicio de 2007, dirigido por Rob Zombie, tuvo sus gracias, el efecto fue efímero y, aunque estaba programada una nueva secuela para 2012, ésta fue abandonada, y la franquicia mandada al archivo.

Hasta 2015, cuando la productora Blumhouse (¿qué?¿Ustedes creían que A24 no más hacía películas de terror y fantásticas geniales? Lo que pasa es que Blumhouse estaba pasando más piola), anuncia que ha adquirido los derechos de la serie, y que estaba trabajando en un nuevo proyecto con ésta.

El resultado se estrenó hace pocos días, Halloween, coincidiendo con los 40 años de la película, bajo la dirección de David Gordon Green, director formado en la comedia (suya es la notable Pineapple Express, de 2008…de hecho, uno de sus protagonistas, Danny McBride, es uno de los productores de la película). Y decir que es un digno homenaje a la película original es quedarse corto, ya que esta versión 2018 brilla con hartas luces propias.

Partamos de la base que esta versión toma una decisión radical: borrar lo que pasó después de la primera película. Las secuelas no existieron, ni los reiniciones, ni nada de eso. En 40 años hubo un principio, los hechos ocurridos en 1978, y lo que ocurre actualmente, nada más. Ello altera enormemente el escenario en que transcurre la historia. Por un momento, nos presenta a un Michael Myers subsistiendo con una sed de sangre que ha debido reprimir, hasta el punto en que ya no puede aguantarlo más, volviéndose aún más violento y sanguinario.

Por otra parte, nos permite redimensionar al personaje de Laurie, ya no como la heroína –muy a su pesar- que debió ser desde 1978, sino como una persona que quedó con secuelas graves luego de tener a este asesino enfrente. Ese daño se traduce en la obsesión, en la paranoia, que la ha llevado a distanciarse del mundo, esperando el momento de volver a enfrentar a su agresor. Aunque su enfrentamiento duró unos pocos pero largos minutos, hace cuatro décadas, Laurie es la única que tiene claro que apenas Myers tenga una mínima oportunidad, volverá a matar.

Aunque Curtis ya ha encarnado a este personaje antes, esta debe ser la mejor interpretación que entrega de Laurie, desde la película original.

Ellos son los pilares de una historia, sazonada con algunos elementos paralelos, como la situación del psiquiatra a cargo de Myers, o el caso de Allyson, la nieta de Laurie, con quien tiene una relación algo más cercana, aunque prácticamente a escondidas, quien cumple con todos los requisitos para caer en las garras de Myers si es que llegan a cruzarse.

O Green hizo bien sus tareas o es fanático de la película original, porque esta cinta, además de cumplir con los requisitos del género slasher, cosa que hace sobradamente, tiene todo el respeto, el aprecio, el cariño por la película de 1978, y todo lo que fue establecido por ella, que no se vio en ninguna de las secuelas que hubo en medio. Y con poco menos de 100 minutos (película corta, en relación a las dos horas diez que alcanza el promedio de estrenos actuales) le basta y le sobra para armar una narración que se explica por sí sola, y se basta a sí misma para moverle el piso al espectador que, dicho sea de paso, está bien metido en la historia a los pocos metros de celuloide.

Green la supo hacer: no sólo actualiza y revaloriza un clásico fundacional, sino además pone de su propia cosecha para armar un filme que engancha totalmente al que nunca vio la original.

En tiempos en que el remake, el reboot, la secuela están a la orden del día, Halloween juega en ese mismo campo pero con sus propias cartas, reinventando un mito, respetando lo que lo convirtió en tal, y poniendo de su parte para hacerlo aún más grande. Una vuelta de tuerca que se agradece.

***1/2

HALLOWEEN

Director: David Gordon Green

Intérpretes: Jamie Lee Curtis; Judy Greer; Andi Matichack; Halluk Bilginer; Will Patton; Jefferson Hall; Rhiann Rees; James Jude Courtney

Terror

2018

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es más fácil culpar a Apu

Aunque durante la última década y media Los Simpson han tomado una curva descendente que los ha convertido en una mera sombra de lo que alguna vez fueron, hubo una época gloriosa en que solían ser uno de los grandes baluartes de la cultura pop, gracias a una comedia irreverente, sarcástica, absurda y sobre todo ingeniosa.

Durante la primera mitad de su carrera televisiva, el universo de personajes amarillos creado por Matt Groening hizo gala de un excelente sentido del humor, demostrando que uno se podía reír con ciertos personajes, no de o a costa de ciertos personajes. Yo no recuerdo un capítulo de Los Simpson de sus mejores tiempos (temporadas 1 a 10) en que abusaran del racismo, la misoginia, alguna fobia, ni que fueran particularmente ofensivos o duros con alguna etnia, minoría, comunidad o gremio.

Sí, había chistes sobre el policía flojo e incompetente (el Jefe Górgori), sobre el político corrupto (el alcalde Diamante), sobre el fanatismo religioso (Flanders), el italiano mafioso (Tony El Gordo), el artista mediocre (Krusty), las vocaciones en crisis (el Reverendo Alegría, la maestra Krabbapel), el estereotipo del americano cervecero y de poco seso (Homero), el judaísmo, el rol de la mujer en la sociedad, la riqueza, la pobreza, la vida, la muerte, la personalidad del estadunidense fuera de su país, en fin. Los Simpson se reían de todo y de todos, pero con todo y con todos. Nunca ninguno de estos chistes podrían ser considerados una campaña sostenida de desprestigio o ataque en contra de un grupo o individuo determinado. En algunos casos, hasta servían para crear consciencia.

Eso era lo que marcaba diferencias abismales entre Los Simpson y otros ejemplares como South Park o cualquiera de las porquerías perpetradas por Seth McFarlane.

Por eso es que jamás habríamos considerado a un personaje como el comerciante de origen indio Apu Nahasapeemapetilon un chiste racista o cruel. Los guionistas que alguna vez tuvo esta serie fueron lo bastante capaces de hacer bromas con este personaje sin caer en el humor simplón, burlón y cruel de muchos otros ejemplos, desde Family Guy hasta Morandé con Compañía.

Pero eso fue antes. Antes del equipo de guionistas que desde mediados de los 2000 está a cargo de la serie. Ese grupo de ineptos que, incapaces de replicar lo hecho por sus brillantes antecesores, optaron por nivelar para abajo y tratar de convertir a la serie en una versión amarilla de su “clon” más obvio (sí, Family Guy, hablo de ti), apelando a un concepto llamado “Flanderización”. Otro día hablaremos de ello con más calma, pero es básicamente abusar y exagerar las características que hacían atractivo y divertido a un personaje, hasta hacerlo irritante.

Ejemplos? Flanders pasó de ser un tipo correcto, a un fanático religioso paranoico y obsesivo. Homero pasó de ser un gordo torpe a un descerebrado irritante que a estas alturas terminas por desearle la muerte.  Bart pasó de ser un niño travieso, pero consciente de las consecuencias de sus actos, a un psicópata sin remordimientos. Lisa pasó de ser la voz de la razón y las causas justas a una mocosa insoportable abanderizada con la causa justa de moda, que siempre tiene que tener la razón. Y así.

Con este nivel de ineptitud y flojera, no me extraña que ante una polémica tan artificialmente inflada a partir del documental “The Problem With Apu”, hayan inventado una solución tan torpe: desde la próxima temporada, el personaje desaparecerá.

En este documental, estrenado hace un par de años, el comediante de ascendencia hindú Hari Kondabulu, relata lo difícil que le fue su infancia y adolescencia, al ser permanente blanco de bromas debido a su nacionalidad, agravadas por alusiones al gerente del Kwik-E-Mart, cuya voz interpreta en inglés Hank Azaria. Y a partir de su experiencia relata cómo el contenido de muchas expresiones audiovisuales afecta la vida de las personas. Ello puso a Apu y a Los Simpsons en el debate, que solo será zanjado cuando el personaje, a partir de 2019, no vuelva a la serie.

Puede que Kondabulu tenga razón en el fondo, pero creo que enfoca mal el problema, al ponerlos a todos en el mismo saco.

Soy de la opinión que el país empezó a irse a la cresta cuando alguien pensó que personajes como Che Copete o como Ruperto o Tony Esbelt eran graciosos. No lo son, en realidad son bastante lamentables. E inapropiados en un país donde el alcohol es causante de tantas desgracias o las minorías sexuales han sido tan maltratadas. Entiendo perfectamente a Kondabulu, desde esa óptica.

Pero no puede medirlos a todos de la misma forma.

Cierto, Apu está construido a base de estereotipos y lugares comunes (bromas sobre la sobrepoblación en la India, el budismo, los matrimonios arreglados, la inmigración), pero son eso: estereotipos. No se están riendo de lo que los hindúes son, sino de las cosas que se han atribuido por años a esta cultura. Lo mismo de las bromas que se hacen a propósito de su oficio de comerciante, arreglándole la fecha de vencimiento a los productos, vendiendo artículos de mala calidad a mitad de precio, y aprovechándose de la confianza del cliente (lo mismo hacía Manolito, en Mafalda hace cuarenta años, y nadie se quejó).

Lo mismo que ese episodio que generó controversia en Brasil, cuando los Simpson iban a Río. Un diplomático brasileño envió una nota de reclamo a Fox por lo mal que ese capítulo dejaba a ese país, lo cual también fue un error de interpretación.

No es el personaje el del problema.

El problema es lo que lo han hecho representar. De cómo se ha interpretado por los buenos para nada que escriben actualmente sus intervenciones (que sustituyeron el ingenio de antes por la burla gratuita y simplona de hoy). Y de cómo se ha interpretado por cierto sector del público.

Y así lo han hecho con chinos, italianos, latinos, franceses, africanos, australianos, policías, dueñas de casa, profesores, credos religiosos, políticos, personajes de farándula, en fin.

“Oye, pero si fueras hindú lo entenderías…¿te gustaría que a la gente de tu país le dijeran tal o cual cosa?” Soy chileno, donde vaya van a pensar que voy a robarle la billetera a alguien. Y sin embargo, no ando acudiendo a La Haya por eso.

Lo realmente ofensivo de este asunto es la flojera, la debilidad de los actuales creativos de la serie. Los de las primeras temporadas, esos mismos que se vengaron de un George Bush que mientras fue presidente de EEUU ninguneó de lo lindo a la serie, haciéndolo ver como un anciano loco, prejuicioso y con rabietas, habrían resuelto el entuerto con gracia y astucia.

Los actuales, que deben ser parientes de Otto y su sofá, sólo han cedido a las presiones y toman el camino fácil de eliminar a un personaje. Todo para dejar contentos a algunos que nunca pescaron la serie hasta el momento de la polémica, o que se colgaron de ella como excusa para atacar la serie porque no les gustaba.

Esto es un golpe más para una serie que ciertamente supo de épocas mejores, y que durante la última década ha vivido una dolorosa agonía, a cargo de un grupo de incapaces que nunca han tenido idea de en lo que se estaban metiendo, ni de para donde va esta micro.

Fuiste bueno, Apu.

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Halloween: cuarenta años de una piedra angular

Para 1978, el director estadounidense John Carpenter ya llevaba haciendo ruido un rato, especialmente con su segundo filme, Assault on Precint 13 (1976), que destacó por los niveles de violencia impresos en pantalla, que si bien tuvo un paso menos que regular por salas, ganó una muy buena crítica en Europa, y se convirtió en un objeto de culto. Sin embargo, el gran golpe estaba aún por venir.

Estrenada en Kansas City hace 40 años, y a partir de un relato escrito junto a su entonces novia Debra Hill acerca de un grupo de niñeras acosadas por un asesino serial, Halloween se convirtió rápidamente en un éxito de taquilla, uno de los hitos fundamentales del cine de horror de todos los tiempos y, aunque el género ya existía desde hace rato, marcó el inicio de la edad de oro del subgénero slasher, al establecer las pautas esenciales de dicha especialidad.

La historia comienza en la noche de Halloween de 1963. Michael Myers, de seis años, mata a su hermana mayor a cuchilladas, luego de verla tener relaciones sexuales con su novio.

15 años después, durante la víspera de la noche de brujas de 1978, Myers escapa del hospital psiquiátrico en que se encontraba recluido, durante una fuga masiva. Su psiquiatra, el doctor Sam Loomis (Donald Pleasence) encabeza personalmente su persecución. Loomis advierte a las autoridades acerca de la peligrosidad de su paciente, y exige que su búsqueda sea prioridad.

Al día siguiente, en el pequeño pueblo de Haddonfield, tres amigas adolescentes se preparan para celebrar Halloween. Sin embargo, una de ellas, Laurie (Jamie Lee Curtis) desiste de participar de cualquier actividad, ya que ha quedado de servir de niñera para el hijo de unos vecinos y porque, cosa que no les dice a sus amigas, desde temprano aquel día ha tenido la sensación que alguien la observa…

A través de Halloween, Carpenter sentó las bases fundamentales del género, en su época de oro: asesino en serie, víctima o testigo de un hecho que desde la infancia despertó en él la necesidad de matar. Sus víctimas son principalmente adolescentes con las hormonas en ebullición, siendo el sexo una de las causas esenciales de los problemas de los asesinos en serie de estas películas (de hecho, mientras más sexualizado sea el personaje, más cruel y dolorosa será su muerte). Transcurren en entornos donde la presencia adulta es distante o nula (y por lo general son unos incompetentes). Y la solución del conflicto está en manos de una heroína que, por no ser precisamente la más popular del grupo, nadie la toma muy en serio.

Sin querer, Carpenter además estableció el modelo de producción de estas películas: pocos personajes (con diálogos no deben ser más de diez, en el caso de Halloween), pocas locaciones (la mayor parte de la película transcurre en una misma calle) y sin excederse en el uso de efectos visuales, dependiendo principalmente de las actuaciones. No vemos a Michael Myers más que cuando entra en acción, entendemos lo violento de sus acciones no tanto por los litros de sangre o las tripas o miembros que se ven en pantalla (para eso está el gore), sino por la intensidad que pone en cada atentado. Su silencio, más su inexpresividad –acentuada por el uso de una máscara-, todo lo anterior sustituido con una partitura ad hoc (a cargo del propio Carpenter) ya son suficientes para ponernos la carne de gallina.

¡Quién diría que la precariedad de recursos (US$ 300.000.-, poco si pensamos que dos años antes George Lucas estaba filmando Star Wars con diez millones) llevaría a Carpenter a sentar las bases de un subgénero, y de paso a proporcionarnos una de las principales películas de su especialidad!

90 minutos le bastaron para poner los pelos de punta a una generación completa, convertirse en un éxito de taquilla (a nivel mundial recaudó cerca de setenta millones de dólares) y anotarse en la historia como uno de los grandes del cine, no sólo dentro de su género, dando paso a una carrera que, por dos décadas, fue un éxito tras otro, y a una de las sagas más importantes del cine estadounidense, que se extiende hasta el día de hoy (su última entrega tuvo su estreno la semana pasada, y se ha adjudicado casi puras flores).

***1/2

HALLOWEEN

Director: John Carpenter

Intérpretes: Jamie Lee Curtis; Donald Pleasence;  Nancy Kyes; P.J. Soles; Tony Moran

Terror

1978

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vidas como la de uno

Richard (Paul Giamatti) y Rachel (Kathryn Hahn), una pareja de intelectuales neoyorkinos –él, dramaturgo y director teatral; ella, escritora- con años de matrimonio en el cuerpo, han pasado gran parte del último tiempo dedicados a tratar de tener hijos, aún cuando ambos padecen graves casos de infertilidad.

El ir y venir entre clínicas de fertilidad, oficinas de adopción y demás opciones alternativas, la presión social y el apuro de hacerlo antes que la edad se vuelva otro obstáculo, ha empezado a desgastar el matrimonio, y a hacer más difícil la situación entre ellos…

Al autofinanciarse, Netflix puede hacer prácticamente lo que se le dé la gana. Lo que es una ventaja, ya que da espacio y recursos para que filmes como Private Life tengan una oportunidad de darse a conocer, sin los problemas que tendría en su exhibición de salas.

Una historia como ésta, la odisea de un matrimonio ya entrado en años tratando de agrandar la familia, con suerte tendría una o dos semanas de exhibición, en la sala más alejada de la mano de Dios del multicine, a horarios imposibles (muy temprano o muy tarde) y saldría de cartelera sin que nadie la eche de menos.

La distribución a través del gigante del entretenimiento en streaming evita a las películas pasar por esas humillaciones, asegurándoles una exposición y alcance mayor que lo que tendrían de someterse a la dictadura de las multisalas.

Y sería una pena que un trabajo como éste, regreso a la dirección de la interesante guionista y directora Tamara Jenkins tras años dedicada a la televisión, pasara inadvertido.

Es que es interesante lo que Jenkins nos está contando. Y la manera en que lo está contando.

Les explico: hace unos años, me diagnosticaron infertilidad. Obvio que en esas condiciones, me iba a interesar la película. Y quizás no sea la primera vez que se toca el tema en la ficción, ni la última. El problema es que, como toda historia sobre condiciones médicas o enfermedades, suele abordarse como historias de superación, de lucha contra la adversidad, con abundantes escenas de llanto, pianitos tristes y fanfarrias de victoria con una escena final de una familia congelándose, adquiriendo tono sepia y un texto final diciendo qué pasó con los “fulanos de tal” después.

Private Life no se va por ese lado, y eso ya de por sí le sube los bonos. En el caso particular de mi mujer y mío, también pasamos por las mismas pellejerías, los mismos papeleos, el mismo estrés por el que pasa la pareja protagónica (un soberbio Paul Giamatti y una sobresaliente Kathryn Hahn), y lo hace de una manera que se siente cercana. Una manera que uno puede decir “me llegó”, pero no en el sentido de ‘me llegó, rápido, traigan un cajón de pañuelos desechables, que me lo he llorado todo’, sino de ‘me llegó, así es, sé lo que se siente, bro’.

El relato no sólo tiene sus méritos en eso, sino también en la habilidad de Jenkins para retratar el proceso que viven los protagonistas y cómo les afecta a ellos personalmente, como pareja, y a su entorno más próximo –de ida y de vuelta-), con las dosis justas de cada ingrediente: risas de buena gana cuando corresponde, risas nerviosas cuando corresponde, pena cuando hay que sentirla.  Y, ojo con ésto, son situaciones risibles sin ser crueles con sus protagonistas, y dolorosas sin convertirlos en mártires. Nos reímos con ellos, no de ni a costa de ellos. Nos duele con ellos, pero tampoco los volvemos mártires. Todo en su justa proporción. Su habilidad para combinar matices (al final, la vida no es más que una suma de ellos) es admirable, y es uno de los puntos fuertes de su obra.

Por mucho que Netflix siga haciendo series que (salvo honrosas excepciones) a la segunda o tercera temporada guatean, si eso le permite abrir la puerta a realizadores a quienes el resto de la industria se las cierra, y patrocinar de una u otra forma trabajos como éste, pues que las siga haciendo.

***1/4

PRIVATE LIFE

Director: Tamara Jenkins

Intérpretes: Paul Giamatti; Kathryn Hahn; Molly Shannon; John Caroll Lynch; Kailye Carter; Dannis O’Haire

Comedia/Drama

2018

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más de una estrella

Luego de una presentación más dentro de un tour que le está resultando más agotador que incluso en sus mejores tiempos, el cantante country Jackson “Jack” Maine (Bradley Cooper) va a parar en busca de un trago un bar de transformistas, donde tiene ocasión de escuchar a Ally (Lady Gaga), una joven cantante que se presenta en el local.

Impresionado con la joven, Jack se queda con ella el resto de la noche, y luego de dejarla en su casa, la invita a su próximo concierto. Ella declina la invitación, pero después de ver sus opciones –seguir trabajando de mesera en un restaurant, y cantando por propinas- accede y, aún a costa de sus propias inseguridades, acompaña a Jack en el escenario. La presentación es subida por el público a las redes, y se vuelve rápidamente un fenómeno viral.

Ally pronto comienza a ganar popularidad y las compañías se pelean por contarla dentro de sus repertorios. Sin embargo, al mismo tiempo, la estabilidad personal de Jack, tras años de abusar del alcohol y medicamentos varios, se vuelve cada vez más frágil…

Debo ser sincero. Nunca he sido fan de Lady Gaga. Lo más probable es que nunca lo sea. Nunca he escuchado sus canciones más allá de ser acompañamiento musical durante eventos o en fiestas. Nunca me compraría o bajaría un disco suyo, y las pocas veces que me he acercado a su obra, han sido oportunidades de las que me he arrepentido (el burdo “tributo” que hizo a David Bowie poco después de la muerte de éste, y su aparición en Los Simpson, en el que es catalogado el peor episodio de la serie, de todos los tiempos).

Siempre había tenido la sensación de que Gaga tiene un gran talento, no del todo bien encaminado.

Por eso, hasta hace un par de semanas, el estreno de Nace Una Estrella me daba total y absolutamente lo mismo.

Sin embargo, cuando empezaron a aparecer las reseñas, no sólo favorables, sino que enormemente elogiosas, especialmente de gente de fiar, y de esas reseñas que te dan la impresión de ser realmente sinceras, me hicieron repensar las cosas.

“Aquí debe haber algo” pensé. Y lo hay. Vaya que lo hay.

Porque al salir de la función me di cuenta de varias cosas. La primera, ¿qué me iba a imaginar que un proyecto que involucra a una estrella que no me mueve un pelo, me descolocaría de esta forma? Salí pensando que estuve ante una de las grandes películas de este año.

Remake de un remake de un remake (fue estrenada originalmente en 1937, y re hecha en 1954, con Judy Garland, y luego en 1976 con Barbara Streisand y Kris Kristofferson), estamos ante una cinta que no se queda en la mera transcripción bajo los códigos vigentes de una historia clásica. El trabajo, sorprendente debut de Bradley Cooper como director, tiene una carga emocional, una sensibilidad tan propias, que permiten que la película destaque por sobre las demás.

Harta responsabilidad en los logros de esta película recaen en su protagonista. Dándole vida a un personaje radicalmente distinto de lo que vemos en sus shows (Ally es la antípoda del personaje de vestuario extravagante, a cargo de docenas de bailarines y en escenarios apoteósicos que la cantante interpreta en sus espectáculos), Lady Gaga ejecuta una de las grandes actuaciones del año, alcanzando niveles conmovedores a ratos, al darle vida a esta joven cuya mayor realización es cantar algunos minutos para un par de docenas de personas, enfrentada a la oportunidad, que no se da dos veces en la vida, de conquistar el mundo.

Su compenetración con un personaje radicalmente distinto a lo que nos ha presentado a lo largo de su carrera llega a ser sobrecogedora, y si uno no llega a las lágrimas en los momentos más intensos de la cinta, es porque está hecho de plomo.

Aquí hay olor a Oscar.

Gaga logra además una increíble conexión con su coprotagonista, Bradley Cooper (uno de esos actores que cuando quiere hacer las cosas bien, las hace con ganas), en cuanto son dos personajes que los une la misma pasión, la música y todo lo que ella representa, pero también se unen en sus inseguridades. Ella, resignada al circuito de los bares a falta de mejores oportunidades. El, víctima de un pasado atormentado, de una carrera que le ha pasado la cuenta, y del abuso de ciertas sustancias con que pretende llenar sus enormes vacíos personales.

Esperanzador resulta que en dentro de la industria hollywoodense, aún quede espacio para historias hechas con alma y corazón, cuyo motivo principal son sus personajes, sus vidas y sus mundos. Cooper realmente se la juega en este filme por lograr un trabajo honesto y que emocione en forma genuina, no forzada y lejos de los clichés en los que, buscando una salida fácil, pudo haber caído.

¿Nació una estrella? Diría que nacieron dos. Una, mostrando el verdadero potencial que se esconde bajo los disfraces estridentes. Otra, presentándonos al gran realizador oculto bajo el actor.

Una de las películas imprescindibles del año.

***3/4

A STAR IS BORN

Director: Bradley Cooper

Intérpretes: Bradley Cooper; Lady Gaga; Andrew Dice Clay; Sam Eliott.

Drama/Musical

2018

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el barco del terror

Los años que lleva administrando el Hotel Transylvania le han pasado la cuenta a Drácula, su propietario y gerente, quien se ve decaído y estresado. Mavis, su hija y asistente, lo nota, y decide sorprenderlo, invitándolo junto a toda la pandilla de monstruos (el abuelo Vlad, Frankenstein, La Momia, el Hombre Lobo y el Hombre Invisible, más sus respectivas parejas y familias) a un crucero sólo para criaturas de su especie.

El problema de Drácula, en todo caso, es otro. Viudo por casi dos siglos, y aunque tiene a su hija, yerno y hasta un nieto, se siente solo, y quiere volver a tener una relación de pareja estable. Sin embargo, apenas abordan el crucero, conocen a Ericka, la capitana del barco, y Drácula queda inmediatamente conquistado.

Aunque las intenciones de Ericka, a bordo de este barco, no son las que todos creen, y comprometen seriamente la subsistencia de la especie monstruosa…

Vaya, que hace rato no reseñaba nada de este año…y es que la mayoría de cosas que he visto o son estrenos rezagados de 2017 (o antes incluso) o se trata de películas que no me motivaron tanto para sentarme a escribir de ellas. Y si bien Hotel Transylvania 3: Monstruos de Vacaciones podría perfectamente estar en este último grupo, la verdad es que me gustó, más de lo que pensaba.

Porque siendo una película marcada por una evidente motivación por vender entradas, cajitas felices y merchandising, lo cierto es que es una rareza dentro de las películas de su especie. La serie concebida hace seis años por Genndy Tartakovski (creador de El Laboratorio de Dexter, la increíble Samurai Jack y la injustamente eliminada del canon Star Wars: Clone Wars) se basta a sí misma para ser algo más que un descarado comercial largo del juguete que viene junto a su combo favorito.

Y si así lo fuera, no hay que olvidar que hay comerciales buenos y comerciales malos.

Es cierto, puede que estemos ante una secuela que no necesitábamos, pero el empeño y la fe que Tartakovski, quien retoma además la labor de guionista, pone en su película hace que esta marque diferencias con otras sagas alargadas artificialmente (cof cof Eradelhielo cof cof Villanofavorito cof cof Madagascar cof cof!), especialmente en cuanto aún tiene algo interesante que contar. Su director es consciente que su trabajo no está al nivel de un filme Pixar, Ghibli o Laika, pero sabe que debe ofrecer algo que justifique el precio de la entrada o del disco o del streaming.

En ese sentido Hotel Transylvania 3 es una película que, con una propuesta sencilla, cumple con lo que promete: entretener. Y de paso, hablar de tolerancia e inclusión sin caer en el sermón. En tal sentido, funciona, se defiende por sí sola y hasta se disfruta.

Se disfruta, sin culpa, y apelando a chistes simples –no simplones, para eso ya hay bastante en televisión, lo que explicaría muchas cosas-, a los clichés del cine de terror, a canciones de moda y clásicos de la música popular. Esta película, gracias a eso, hasta se da el lujo de tener un par de secuencias memorables.

Así ha funcionado muy bien en la primera, un poco menos en la segunda, y recuperándose en esta tercera.

No tengo ningún problema que una franquicia se estire en la medida que tenga algo interesante que contar, y no llenarnos de secuelas que nadie pidió sólo para forzar a comprar mercancías, a costa de una película cuyo argumento se cae a pedazos. Por eso, agradezcamos que Tartakovski es un realizador consciente, lo bastante hábil para defender su cuento, contarlo, hacerlo entretenido, sin sobreexplotarlo. Gracias a eso, tenemos una serie que, pese a sus obvias intenciones de marketing, aún sigue disfrutándose.

***

HOTEL TRANSYLVANIA 3: SUMMER VACATION

Director: Genndy Tartakovski

Voces: Adam Sandler; Selena Gomez; Andy Samberg; Kevin James; Fran Dreschner; Steve Buscemi; Molly Shannon; David Spade; Keegan Michael Kay; Kathryn Hann; Mel Brooks; Joe Jonas

Animación

2018

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la vida del mejor amigo

“Un perro no necesita de autos de lujo, grandes casas o vestir a la moda. Con un palito basta para estar bien. A un perro no el importa si eres rico o pobre, brillante o torpe, inteligente o tonto. Sólo dale tu corazón, y él te dará el suyo.

¿De cuánta gente puedes decir eso?¿Cuánta gente puede hacerse sentir así de especial?¿Cuánta gente puede hacerte sentir tan extraordinario?”.

El perro es el mejor amigo del hombre, no hay dudas. Cuando estaba estudiando, en la casa de mis papás estuvo el Yupi, un perrito pequeño, gordito, muy juguetón y loquito, que se echaba a mis pies cuando estudiaba, o se echaba al lado mío cuando me tomaba un descanso y me ponía a ver tele. Cuando el año 2007 se enfermó, agonizando durante días antes de dar su último suspiro, a fines de octubre, todos en la casa lo sufrimos mucho. No era sólo un cuidador. Era un amigo.

Hace un par de meses, con Alexa_Wolf adoptamos dos cachorritos yorkshire de la camada que tuvo la pareja de ídem de mis suegros. Macho y hembra. Al macho lo bautizamos Yupi (“heredaste el nombre de un gran perro” le dije, la primera vez que lo tomé) Y si bien han dado mucho trabajo y preocupación, son una compañía invaluable, que nos ha cambiado la vida, para mejor.

Cuando uno pasa por todo eso es cuando siente que una película que podrá calificarse como “una obra menor”, no es tan menor. Un filme que quizás no responda a los parámetros de la crítica más catedrática, pero si lo hace respecto de lo que uno siente. Y eso la vuelve más grande que el filme más premiado.

Es lo que pasa con Marley & Me, esa pequeña gran película de 2008 basada en la novela medianamente autobiográfica del autor John Grogan. Si, a simple vista parece una comedia romántica con un cachorrito involucrado (como esas muchas comedias intrascendentes que se estrenan al año), pero ciertamente es mucho más que eso.

Nuestra historia comienza con una pareja de recién casados, John (Owen Wilson) y Jenny Grogan (Jennifer Aniston), recién llegados además a Florida, reporteros de profesión, que consiguen trabajo en diarios locales. Y aunque ambos tienen el plan de aumentar la familia en el corto plazo, John no se siente del todo preparado y, a sugerencia de un amigo, decide adoptar un pequeño cachorro de labrador llamado Marley.

El cachorro no tarda en crecer y convertirse en un imán para los accidentes, los problemas y el desorden. Sin embargo, con el tiempo, y a medida que la vida transcurre, y la familia de los Grogan crece, Marley se convierte en un integrante fundamental del grupo familiar, que será un muy buen amigo y compañero para sus amos, en las distintas etapas que les corresponda vivir, a lo largo de su existencia.

En una industria donde las películas sobre animales terminan reduciéndose a ejemplares que logran una hazaña determinada (el perro héroe que sacó, él solito, a todos los niños desde el orfanato que se estaba incendiando) o a animalitos que hacen travesuras (como si en vez de una película estuviésemos viendo un largo clip de youtube), esta película es una sana excepción.

Sí, partimos de la base de las locuras en que los Grogan se ven involucrados gracias al deplorable comportamiento de Marley, pero en realidad, estas son la excusa por la que conocemos a la familia protagónica, y atestiguamos su desarrollo, su crecimiento.

A través de Marley vamos conociendo la evolución en la vida de John Grogan y de su familia: el trabajo, su vida como matrimonio, la llegada de los hijos, la realización personal. Los momentos felices, los momentos duros. Las alegrías, penas y rabias de esta familia a lo largo de una década, de las cuales este labrador es testigo, partícipe, paño de lágrimas, hasta confidente.

Al final, uno entiende y siente la historia de los Grogan como propia.  Porque es una historia que de extraordinaria no tiene mucho, y esa es su gran gracia, que podría ser la vida de cualquiera. Incluso, de uno. Aunque nunca hayas tenido un perro…y si lo tienes o tuviste, más te va a llegar todavía.

Porque la película plantea, como ninguna otra, el vínculo que te une con tu perro. La cual puede llegar a ser más profunda de lo que se podría imaginar.

Pequeña película en apariencia, que terminó siendo mucho más grande de lo que nadie esperó que fuera.

***1/2

MARLEY AND ME

Director: David Frankel

Intérpretes: Owen Wilson; Jennifer Aniston; Eric Dane; Alan Arkin

Comedia/Drama

2008

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