Machuca: 40 años -y diez más- después

Santiago, 1973.

En el exclusivo colegio Saint Patrick de Vitacura, la directiva encabezada por el padre McEnroe, rector del mismo (Ernesto Malbrán) inicia un experimento social, amparado en las políticas educacionales de la Unidad Popular: incorporar como alumnos, sin costo alguno, a muchachos provenientes de las poblaciones aledañas a la comuna, a fin de estrechar vínculos que trasciendan las clases sociales.

Así, aunque al principio ambos grupos de alumnos se muestran reticentes a relacionarse, dos muchachos, Gonzalo Infante (Matías Quer) y Pedro Machuca (Ariel Mateluna), en principio por solidaridad –ambos son acosados por el mismo bravucón- luego por la genuina amistad que nace entre ambos, en momentos en que Chile atraviesa el más duro conflicto social de su historia.

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Cuarenta años después del golpe de estado, y a diez años de su estreno, no es un despropósito revisitar este filme de 2004, Machuca, de Andrés Wood, celebrada cinta que examina lo sucedido en el colegio Saint George, de la mano de su rector Gerardo Whelan, y su intento por romper las barreras sociales permitiendo a jóvenes sin muchas oportunidades participar del proceso educacional del colegio, en tiempos que Chile era una olla a punto de explotar. Película que en su momento anduvo muy bien en taquilla (demostrando que el chileno quiere ver en pantalla gigante algo más que chicas en bikini y “humor” picaresco) y que sacó la cara por la industria nacional en premiaciones, festivales y exhibiciones a nivel internacional…y que en su momento vi y encontré ahí no más.

Pero la vida da segundas oportunidades y, estoy insistiendo en ello, uno se equivoca, y tiene derecho a reivindicarse. Por eso, una década después, y con diez años más en el cuerpo, doy esta segunda lectura a la película. Y concluyo que en una sola película, se cuenta más de una historia.

La historia medular corre por cuenta de los niños protagonistas, Infante y Machuca, forzados a ser compañeros de banco primero, a ayudarse después (por distintas razones, ambos son acosados por el abusón del curso) y a hacerse amigos finalmente, más allá de las realidades, de los entornos que les toca enfrentar. Y que ninguno es lo que el otro cree.

Gonzalo Infante tiene una vida cómoda, pero nada de fácil: un padre, un pujante ejecutivo (Francisco Reyes) que mira con simpatía, o más bien paternalismo y no poco cinismo, el fenómeno de la Unidad Popular. Su madre (Aline Kuppenheim) es una mujer que no tiene problema en hacer lo que fuera para mantener sus privilegios y lujos en un país donde eso es cada vez más complicado hacerlo, incluso si eso significa visitar a su amante en presencia de su propio hijo, y una hija más preocupada de divertirse con su novio universitario, que de rendir en los estudios. Por su parte, Pedro Machuca viene de una familia donde el padre trabaja para lograr, a duras penas, el sustento familiar, hogar donde pese a las carencias se vive una comunidad, un sentido de unidad que Gonzalo no ve en su propia casa.

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La segunda historia se inmiscuye en un tema del que se habla mucho, pero se dice poco: como era la vida familiar en tiempos de la Unidad Popular. Todos conocemos los alcances políticos del tema, de eso nos han bombardeado por años, pero ¿cómo se veía en el seno de las familias? Ya hemos visto, la familia de Infante sentía este proceso como un mal chiste, o derechamente como la peor pesadilla posible, mientras que la de Machuca, veía en Allende la figura que encabezaba el proceso que iba a terminar con las diferencias sociales y nivelaría todos los estratos de la sociedad, por lo que se jugaban, la vida si era necesario, en su apoyo.

Y claro, todo con el trasfondo de la crisis política y social que vivió el país durante el gobierno de Allende y la víspera de 11 de septiembre de 1973. Machuca evita irse a lo que podría ser la segura y denunciar causas y culpables del quiebre institucional del país, y juega por sus consecuencias, y como estas afectaron, antes y después del 11 de septiembre al chileno común. Rico o pobre, de izquierda o de derecha, lo cierto es que natural o artificialmente Chile nunca estuvo tan polarizado, y era cosa de tocar un par de fibras sensibles y los que media hora antes conversaban como amigos, al poco rato estaban agarrándose de puñetazos.

Pero por sobre todo, por mucho que la película se llame como uno de los protagonistas, resulta que es Gonzalo Infante quien abre los ojos a lo largo de la historia, a través de la existencia de este muchacho que termina siendo su amigo. Descubre la verdadera cara de su familia y entorno, así como la realidad de los que no son de su estrato, que seguramente sólo ha conocido en clase de pastoral, en documentales y con la que se reencontrará, en algún momento, haciendo trabajos voluntarios. Eso es quizás lo más dramático. Sabemos que en este proceso nadie ganó realmente, sólo algunos que se hicieron los vivos. Muchos chilenos perdieron, y otros cuantos que vieron de cerca todo lo que pasó, pero que por una u otra razón, optaron por mantener el status quo, mantener el círculo vicioso (aunque le concedemos el beneficio de la duda, Gonzalo aún va al colegio y tiene que bancarse además como su familia se está yendo al carajo).

Como bien reza el padre de Machuca durante uno de los pasajes más dolorosos del filme “Tu amigo va a ir a la universidad, tu vas a seguir limpiando el wáter…tu amigo va a ser dueño de la universidad y todo va a seguir limpiando el wáter!”.

En eso se emparenta Machuca con No (2012), a la larga las dos mejores películas hechas en Chile con el gobierno militar como tema de fondo. En la amargura, en la frustración. Donde No nos termina diciendo que el triunfo del 5 de octubre de 1988 fue una victoria del marketing antes que las ideas, la gran tristeza de Machuca es que hubo gente que quiso cambiar el país y no pudo, otra que hizo todo lo posible por no perder sus privilegios, incluso a costa de sus propias libertades, y otra tanta que pudiendo hacer algo ante un hecho que sabían no era precisamente positivo, cruzó los brazos.

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Es posible que con el tiempo Machuca efectivamente hubiera terminado lavando los baños, y más todavía que Infante haya estudiado en una universidad una profesión rentable, se hubiese hecho más rico aún y fuera presidente del directorio de la empresa que Machuca limpia. Cabe preguntarse que pasaría si en el Chile de hoy, post-trancisión y donde las brechas entre ricos y pobres se han ensanchado hasta lo inhumano, Gonzalo y Machuca se encontrasen en un ascensor. No hay una sola respuesta al respecto.

Con una ambientación que roza en la perfección, respetando los cánones de la época al pie de la letra y con un puñado de actuaciones notables, Machuca se alza con justicia como uno de los grandes títulos del cine chileno en su historia. Si bien el final de la historia que cuenta está lejos de ser feliz, en su época sus aciertos y logros dieron esperanzas en un cine nacional que puede ser tan exitoso como valorable en lo artístico. Diez años después, saludable es decir que muchas de esas esperanzas han quedado más que satisfechas.

***3/4

MACHUCA

Director: Andrés Wood

Intérpretes: Matías Quer; Ariel Mateluna; Manuela Martelli; Francisco Reyes, Aline Kuppenheim; Luis Dubó; Tamara Acosta; Alejandro Trejo; Ernesto Malbrán; Tiago Correa; Alejandra García-Huidobro

Drama

2004

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fretamalt@hotmail.com @panchocinepata

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más allá del bien y del mal

Una influyente figura dentro de la comunidad neoyorkina, Judah Rosenthal (Martin Landau) pasa por un momento difícil. Aunque es un reconocido oftalmólogo y una prominente figura dentro de la elite, su ex amante, Dolores (Anjelica Houston), despechada, amenaza con revelar su relación extramarital a su esposa, denunciar las poco honestas prácticas de Judah en los fondos de las instituciones benéficas que administra, amenazando su perfecta vida pública y privada.
Por otra parte, está Cliff (Woody Allen) un realizador de documentales cuyo matrimonio pende de un hilo, sin que pueda hacer mucho al respecto, que se ve forzado a dirigir un trabajo autobiográfico para su cuñado, un arrogante y pretencioso productor de televisión (Alan Alda), para mejorar un poco sus finanzas y poder costear un documental sobre un anciano pero muy lúcido profesor de filosofía…
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Dentro de la prolífica e interesante carrera de Woody Allen, Crímenes y Pecados marca, indudablemente, uno de sus puntos más altos. Pensaba los últimos días escribir sobre Annie Hall o Manhattan, pero…nobleza obliga.
Estrenada en 1989, Crímenes.. se enmarca en una mirada más bien pesimista de su director frente a su entorno. Si bien durante la misma década Allen jugó de lo lindo con la ironía y la comedia, donde pese a todo el bien lograba imponerse de uno u otro modo (La Rosa Púrpura Del Cairo, Días de Radio, Zelig, Hannah y sus Hermanas), Allen llevaba un par de años rondando por el lado menos alegre de la existencia. Crímenes viene a ser el punto final de un recorrido más bien pesimista iniciado con Septiembre un par de años antes, y Otra Mujer, el año anterior.
Ese es el terreno en el que juega Allen con Crímenes y Pecados. Esa es la balanza sobre la cual la historia se mueve. A un lado, Judah, personaje influyente y respetado, pero que está expuesto a una inminente quebrazón de su mundo perfecto, cuando existe la posibilidad cierta de que se descubra que no es el personaje intachable, el buen padre de familia y el administrador honesto y transparente que todos conocen. Judah tiene la oportunidad de salir airoso de esta situación, limpiar su consciencia y mejorar su vida, pero sin embargo, opta por el camino de la hipocresía (no entraré en más detalles para no caer en el mal del spoiler).

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La otra bandeja de la balanza es representada por Cliff, quien claramente no es ningún modelo de virtud, pero al menos tiene el buen gusto de tratar de no hacer daño a nadie. Cierto que su matrimonio no va para ninguna parte más que para el precipicio, pero trata de mantenerse lo más íntegro posible, por mucho que esté muy cerca de una relación extramarital que, dadas las circunstancias, no debiese sentirse culpable. Esa integridad en lo personal intenta mantenerla en lo profesional, filmando el documental autobiográfico de un tipo que detesta con todo su ser, para poder realizar la historia que sí le interesa sobre alguien que sí respeta. El problema es que esa integridad no lo lleva a ninguna parte: no puede estrenar el documental que prepara por cumplir, no termina el que sí le interesa, la mujer que pretende lo deja, lo mismo su cónyuge, en fin.
El hipócrita sale bien parado y el íntegro se desmorona. Y entremedio, Allen reflexiona sobre Dios, o el destino, o como quieran llamarle y como éste juega con las vidas de las personas.
Peligroso el juego de Allen, quien si bien se desenvuelve en un medio donde imperan los finales felices, Woody apuesta por una conclusión que llama más a la desesperanza que a la alegría.
O al menos eso nos quiere hacer creer. Que el malo sale ganando y el bueno pierde hasta lo que no tiene.
Esto no es tan así. Si bien esa es la impresión que nos queda, la película cierra con un parlamento pronunciado por Levy, el profesor al que Cliff intenta documentar durante la historia, quien concluye señalando que, en primera, que las vidas de cada uno se forman según las decisiones que se toman; en segunda, que a lo largo de la creación, nadie indicó cual era el camino a la felicidad. Ergo, es una ruta que cada cual debe armarse sobre la marcha.

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Así, el final de la historia no debe considerarse como un absoluto. Gana Judah? Pierde Cliff? Sólo aparentemente. Quizás algún día el primero pague por sus culpas, y el segundo concrete sus aspiraciones. No lo sabemos…pero no podemos descartarlo de plano.
Siempre filmando sobre un guión de su propia cosecha, Allen construye un filme tan dramático como divertido, tan serio como risible, y que nos llama tanto a la reflexión como a la carcajada. El increíble elenco encabezado por Martin Landau (soberbio!) Alan Alda y el propio Allen, entre otros, navega hacia las mismas aguas y arma un conjunto que sólo puede considerarse dentro de lo mejor de la carrera de su autor, cuya obra, pese a los vaivenes de los últimos años, no puede considerarse sino palabras mayores

 

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CRIMES AND MISDEMEANORS
Director: Woody Allen
Intérpretes: Martin Landau; Anjelica Houston; Woody Allen; Mia Farrow; Alan Alda; Jerry Orbach
Drama
1989
fretamalt@hotmail.com @panchocinepata

reivindicando a los furiosos

Uno en esta vida se equivoca.
Si hay un principio que trato de seguir al pie de la letra desde que me dedico al blogueo es que nadie tiene la verdad absoluta, uno siempre está expuesto a equivocarse y, correlativamente, aprender cosas nuevas. Y como dice Anton Ego, “cualquier porquería tiene más mérito de lo que un crítico pueda atribuirle”.
Lo digo porque hace poco le di una oportunidad a una saga a la que hasta ahora le había sacado el quite: Rápido y Furioso. Y, nobleza obliga, tengo que reconocer que me había equivocado al apreciarla.

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Y es que por largo tiempo pasé mirándolas en menos. Pensaba, a quien le puede interesar una película sobre carreras clandestinas de autos enchulados que no fueran fanáticos del bling bling, del tunning o zorrones. Y puede que efectivamente ése sea su target, y el motivo de la película no sea otra cosa que los autos, chicas en shorts y hip hop a volúmenes inconcebibles, y en cuanto a argumento está más cerca de Jackass que de Michael Mann, Rápido y Furioso ha conseguido no sólo un séquito nada despreciable de fans, incluso de aquellos que no han tomado más volante que el de los autitos chocadores. Ha conseguido ese respeto que pocos filmes de acción son capaces de conseguir en la actualidad.
Sin pretender convertirse en un tratado sobre la condición humana, R&F no sólo se trata de fanáticos tuercas eludiendo a la justicia, sino que se da el lujo de tratar algunos tópicos interesantes. Por un lado, la evolución, la capacidad de conocerse y aprender de uno mismo cosas que uno ignoraba, reflejado en la relación entre Brian O’Connell (Paul Walker), ex policía, ex agente especial, devenido en prófugo de la justicia, y Dominic Toretto (Vin Diesel), mecánico, corredor de autos, ex ladrón y fugitivo, devenido en una suerte de mentor del antes mencionado, en su mejor amigo –y cuñado- y en líder (y para que andamos con cuentos, el verdadero héroe de esta saga). Por otro, el valor de la amistad, de los lazos y la familia: todos los personajes que componen el núcleo principal de la serie han partido como enemigos, luego rivales, luego aliados. El personaje de Hobbs (Dwayne Johnson), incorporado a partir de la quinta película, es prueba de ello. Todo ello matizado con impresionantes escenas de persecuciones carreteras, choques, y carreras que a veces puede que rayen en lo inverosímil, malos bien malos y peleas de todos los calibres.

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Estos ingredientes hacen que muchas películas se vayan por el caño, pero R&F es una saga que, con todo lo simple que pueda resultar su argumento, tiene la suficiente inteligencia y amor propio como para alzarse por sobre sus defectos, resaltar sus atributos y pasar de ser, de una película más de acción por las que nadie daba un centavo, en una de las más respetables franquicias del Hollywood actual.
Y es que cumple con lo que se pide del cine de acción. Que el argumento sea lo bastante claro y fácil de entender, que el héroe aunque no tenga bien claros sus objetivos ni sus medios, sí tenga bien puestos los cojones y sepa como usarlos, y escenas que uno necesariamente termine en la orilla del acento.

En días en que el grueso del cine de acción hace exactamente lo contrario (argumentos obvios y derechamente idiotas..para eso mejor ver porno, héroes que de tan superpoderosos que se muestran llegan a lo ridículo y secuencias que hacen creer que el subgénero del Bollywood es hecho con tecnología de punta), se agradecen sagas como Rápido y Furioso. Lo bastante respetuosas de si mismas como para ser, además, respetuosas de sus espectadores.
Y si bien es cierto que la muerte de Paul Walker hace unos meses puso en entredicho la continuidad de la serie, hay que tener fe que la saga se vale a sí misma para mantenerse en la cresta de la ola. Ha sobrevivido el ninguneo de cierto sector, incluso por sus propios productores al principio, para convertirse en una franquicia digna, y superó el mal rato que fue la tercera parte, Reto en Tokyo, que poco y nada aportó a la saga (aunque según parece, la película que viene tiene más de un vínculo con ésta), por lo que no se puede perder la confianza. Si no resulta, ya veremos, y si resulta, bienvenido sea.
THE FAST AND THE FURIOUS (2001)/ 2 FAST 2 FURIOUS (2003)/ FAST AND FURIOUS: TOKYO DRIFT (2006)/ FAST AND FURIOUS (2009)/ FAST 5IVE-FAST AND FURIOUS 5 (2011)/ FAST AND FURIOUS 6 (2013)

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Directores: Rob Cohen (2001); John Singleton(2003); Justin Lin (2006-2013)

Interpretes: Vin Diesel; Paul Walker; Jordana Brewster; Michelle Rodriguez; Tyrese Gibbons; Eva Mendez; Ludacris; Sung Kang; Gal Gadot; Don Omar; Dwayne Johnson; Elsa Pataky; Gina Carano

Acción

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corazones rojos y resistentes

Pongámonos en perspectiva.

Es 1990. La dictadura acaba de terminar y se inicia un proceso de apertura cultural y de contenidos.

Lo que antes se restringía, ahora tenía espacios que ni soñando hubiera tenido apenas dos meses antes.

Y si bien Claudio Narea anunciaba su salida de la banda por diferencias irreconociliables con Jorge González (luego sabríamos que se trataba de un lío de faldas que involucraba a la mujer de Narea) las cosas estaban dadas para que Los Prisioneros, la banda más importante del movimiento de rock chileno de los ’80 conquistara esta nueva década.

Claro, porque si con represión, censura y vetados en ciertos medios, Los Prisioneros consiguieron llegar a la cúspide, la banda junto a su sello EMI se jugarían todas sus fichas con ellos, otorgándoles esta última compañía la categoría de artista prioritario. En ese escenario, presentaron su esperado nuevo disco, Corazones.

Grabado en Miami y con la producción de Gustavo Santaolalla, una autoridad dentro de su giro, la estrategia funcionó. Corazones sigue siendo el disco más exitoso de la banda, en términos de repercusión: decenas de miles de copias vendidas, excelente rotación radial y en televisión de singles como Tren Al Sur, Estrechez de Corazón (con más de un mensaje subliminal de González a Narea escondido por ahí) Corazones Rojos y de otras canciones que no fueron lanzadas de esa forma como Amiga Mía. Muchas presentaciones a lo largo del país y fuera de él, todas con llenos totales, incluyendo el postergado debut en el Festival de Viña de 1991, confirmando que, más allá de los cambios estéticos, seguía siendo el mismo grupo, sobre todo González, especialmente a la hora de sacar de quicio a la poco preparada prensa festivalera.

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Todo ello gracias a un trabajo de muy buena factura, confirmando la vocación electrónica con la que la banda venía coqueteando en pasajes de sus discos anteriores (especialmente Pateando Piedras, 1986). Sin embargo, este acercamiento a lo electrónico le valió el repudio de cierto sector de sus fans quienes, hasta ahora, no perdonan que la banda insigne de la contracultura ochentera haya cambiado sonar como The Clash o Police por Depeche Mode o Pet Shop Boys o que haya pasado de la crítica social a los amores imposibles y al despecho.

De eso, han pasado 24 años.

Entre medio, la banda se separó, sus miembros iniciaron con mayor o menor éxito carreras solistas, se reunieron, volvieron a separarse, en fin. Hasta hoy, cuando Narea y Miguel Tapia se anuncian como Los Prisioneros, desmereciendo públicamente a Jorge González no obstante sea éste el autor de la gran mayoría de las canciones que tocan, personaje que a su vez se ha convertido en una suerte de mito urbano cuyas apariciones y lanzamientos se han vuelto cada vez más esporádicos…y celebrados.

Siendo Corazones el disco que por estos días constituye el grueso del repertorio de González, presentaciones que serán lanzadas en poco tiempo en blu-ray, siendo el primer registro 100% nacional en aparecer en dicho formato, bien vale rescatar este trabajo, que con los años ha reencantado a más de alguien.

Corazones es un disco sin puntos bajos y sorprendente en más de un aspecto. Nadie pensó que González tuviera la capacidad de escribir canciones más allá de la protesta, y menos que tuviera esa clase de sentimientos. Nadie esperaba que fuera capaz de escribir sobre pasión, despecho, traición con la misma lucidez que lo hace para ironizar con el modelo neoliberal.

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Musicalmente, la influencia de bandas como los citados Depeche Mode, Pet Shop Boys o New Order se venía anunciando, pero lo que en los discos anteriores había sido un mero coqueteo, aquí se convertía en una realidad, demostrando que González y Tapia eran buenos alumnos de esta escuela, incluso más y mejor que del punk y sus derivados.

Hay ciertas cosas que nos permiten entender porque Corazones tuvo y tiene la importancia en la carrera de sus autores y en la música chilena: muy buena factura en lo técnico, en lo musical y en lo estético, permitiendo que el disco enganchara con el público, y el cambio temático de la banda, de lo social a lo íntimo, aunque sin perder un pelo de su lucidez e ironía acostumbrada, impactara positivamente. Además de cumplir con la regla no escrita de todo lo que tenga que ver con Los Prisioneros: no dejar indiferente a nadie.

Corazones no lo hace. Bien o mal (más bien que mal) todavía hay mucha gente interesada en este trabajo y que le ha servido para conocer e interiorizarse en la que, junto a Los Jaivas, es el nombre más importante de nuestro rock. Si bien marcó el fin de su época de mayor actividad, presencia e influencia, sigue funcionando como punto de partida para quienes desean conocer la carrera de esta banda, y es un inmejorable punto para empezar.

Corazones-Los Prisioneros

Tracklist: A: Tren Al Sur/ Amiga Mía/ Con Suavidad/ Corazones Rojos/Cuéntame una Historia Original

B: Estrechez de Corazón/ Por Amarte/ Noche En La Ciudad/ Es Demasiado Triste

Emi, 1990.

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(esta no será la última columna sobre Los Prisioneros en el corto plazo. Pronto estaremos celebrando los 30 años de su disco debut La Voz de Los 80. Atentos)

fretamalt@hotmail.com @panchocinepata

tres hombres y una obra maestra

La plaza central de un cementerio, ocupada por tres hombres, ubicados frente a frente, formando un triángulo.

A un lado el cazarrecompensas y general de medio tiempo conocido como Sentenza, y apodado Ojos de Angel (Lee Van Cleef).

Al otro, el bandido Tuco Ramírez(Eli Wallach), acaso uno de los hombres más peligrosos y más buscados de la región.

Y finalmente, otro cazarrecompensas, a quien sólo se le conoce como Rubio (Clint Eastwood)

Los tres han llegado a esta situación luego de atravesar diversas peripecias, relacionadas con el perdido y cuantioso botín en monedas, que se disputarán tras haber pasado toda clase de desencuentros, traiciones, venganzas , y donde sólo el que dispare primero..y dispare mejor…saldrá airoso..

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No es fácil ordenar las ideas y las palabras cuando se está frente a una obra de la magnitud de El Bueno, El Malo Y El Feo, no en vano la obra cumbre del género spaghetti western y para muchos (me incluyo) una de las películas fundamentales de la historia del cine.

¿Cómo referirnos objetivamente a una película que, en el 90% de las reseñas que he leído para tratar de ordenar lo que tengo en la cabeza, no se le detectan puntos bajos? ¿Cómo hablar fríamente de una película que contiene una escena que para muchos contiene todo lo que es el cine en su esencia? (la referida escena en el cementerio, al menos cinco minutos en que nadie dice nada, pero todos entendemos clarito lo que está pasando)

El Bueno, El Malo y El Feo es de aquellos títulos que dividen aguas. Que dividen la línea de tiempo en antes y después. No sólo de su género: si bien es cierto, el western había alcanzado un lugar fundamental en la historia del cine, con Gary Cooper, John Wayne y sobre todo John Ford las décadas anteriores (La Diligencia, Fuerte Apache, El Hombre Que Mató a Liberty Valance, Más Corazón Que Odio), para los ’60 había dado paso a un cine repetitivo, simplista y proselitista (bueno versus malo, los indios eran siempre los villanos, los mexicanos unos flojos y lo más importante, que quedara bien puesto el nombre de América…del norte, claro). El auge del spaghetti western –ese subgénero que se caracterizó por haber cambiado no sólo el enfoque sino además las locaciones: de Texas o Arizona pasamos a España e Italia- se dio precisamente, y principalmente con la trilogía del pistolero sin nombre, concebida por Sergio Leone junto a Clint Eastwood y Ennio Morricone en la música, logró su confirmación como género, del cual los mismos estadounidenses terminaron por tomar nota.

Estamos ante un filme en que el todo es igual o superior a la suma de sus notables partes.

Desmenucemos.

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Partamos por el trio protagónico, un trío de personajes sin más destino en la vida que ganársela matando por dinero, y esperar a que el balazo les llegue a ellos.

El Feo, bautizado como Tuco Ramírez, un delincuente empeñado en sobrevivir, y para lo único que le alcanzó fue para el malvivir. Ladrón, violador, saqueador, Tuco no tiene más ambiciones que vivir otro día antes que finalmente lo pongan en la horca.

Donde Tuco delinque para sobrevivir, Sentenza, alias Ojos de Angel, el Malo, lo es por gusto. Este tipo no mata ni golpea por ambición, simplemente disfruta con el sufrimiento ajeno, disfruta teniendo a un moribundo a sus pies suplicando misericordia..y negándosela. Si eso le reporta una utilidad patrimonial, bien por eso.

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Y finalmente, el Rubio, quien entendemos que es el Bueno sólo por descarte. También no tiene más aspiración que sobrevivir. Pero tiene ciertos códigos. No mata si no es en defensa propia o de alguien más, o a nadie que no lo merezca. Incluso, puede llegar a perdonar la vida de otro aunque merezca arder en el infierno si le sirve de provecho. Clint Eastwood cumple a cabalidad con su rol de jovencito de la película (aunque le tomó años conseguir ser reconocido como el gran intérprete y realizador que siempre fue, sólo que los críticos no lo sabían), y Lee Van Cleef, que ya nos tenía acostumbrados a sus roles de hombre duro y de pocas palabras está más que cómodo en la piel del malo (y que viniera ya con cara de malo le ayudaba mucho) pero para qué andamos con cosas, el que se roba los mejores momentos del filme es Tuco, quien por lo demás sostiene gran parte de la trama (es Tuco con quien se asocia el Rubio al principio; es Tuco quien intenta eliminar al Rubio, enterándose así de la existencia del botín escondido tras el cual va también Ojos de Angel, forzando una nueva alianza entre éste y Rubio, que constituye la segunda mitad de la trama, y asi), permitiendo a Eli Wallach hacer gala de su tremendo talento y capacidad histriónica.

La dirección de Sergio Leone, cuyo trabajo ayudó a cimentar la gloria del género del spaghetti, alcanza niveles superiores en cuanto al desarrollo de la historia, al manejo de los tiempos y en cuanto a la claridad de la narración. Acelerada cuando la acción tiene que marchar a esa velocidad, pausada cuando tiene que serlo, y manejando con inteligencia las escenas con diálogos y aquellas que no lo necesitan en absoluto, para lograr que las más dos horas y media que dura la película (casi tres, si pensamos en la edición extendida que circula en blu-ray) fluyan sin sentirse. La película se hace corta, y en los momentos más dramáticos (como la citada escena del cementerio) Leone, apoyado en la soberbia banda sonora de Ennio Morricone, que aquí aporta dos verdaderos clásicos a la historia del cine como The Ecstasy of Gold y la pieza del mismo nombre del filme) consigue que la tensión traspase la pantalla y uno quede a la orilla del asiento de los puros nervios.

Esto es lo que puedo reseñar. Como dije antes, no es fácil referirse a una película que, por un lado, carece de puntos bajos (y si los tiene, se le perdonan, por lo demás no son tan graves) y que, por el otro, soportó estoicamente el ninguneo de ciertos críticos en su época, que sólo la consideraron otra película de mil, y que se ha alzado como un título fundamental e infaltable para entender la importancia del cine como expresión humana.

****3/4

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THE GOOD, THE BAD AND THE UGLY

Director: Sergio Leone

Intérpretes: Clint Eastwood, Lee Van Cleef, Eli Wallach

Western

1966

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la I.A. que me amó

En un futuro no muy lejano, y aunque trabaja escribiendo cartas de saludo y románticas para una empresa de internet, Theodore (Joaquim Phoenix) es un hombre solitario, depresivo y a punto de divorciarse. De pocos amigos, pasa gran parte del tiempo jugando videojuegos y escribiendo textos que nadie lee después.

Cierto día, decide adquirir un nuevo sistema operativo, diseñado para no dejar sin satisfacer ninguna necesidad de su usuario. Al activarlo, el programa tiene voz de mujer y se hace llamar Samantha (voz de Scarlett Johansson). Y para sorpresa de ambos, surge una cada vez más profunda relación entre el hombre y la inteligencia artificial..

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Parece que este fue el año de la fórmula. 12 Años de Esclavitud la siguió al pie de la letra, y se fue con premios. Dallas Buyer’s Club también y se fue premiada. Y aunque parezca una clase de película muy diferente de estas otras, Ella, la última realización de Spike Jonze también hizo lo mismo, echándose varios premios por guión original, incluido un Oscar.

¿Fórmula? A ver: protagonista solitario, desadaptado y con una pobre relación con las mujeres. No tiene auto y si pretensiones intelectuales. Se mueve en lo que los ingleses llaman ambiente bobo (burgués bohemio..ese tipo de profesionales adultos jóvenes bien pagados dedicados más a ir a restoranes fusión, exposiciones y bibliotecas antes que a happy hours). Soundtrack abundante en música alternativa (constituida principalmente de mujer tocando balada suave en guitarra de palo), que aunque su vida es una soberana lata tiene a su haber algunas chicas guapas (además de Johansson aparecen Olivia Wilde, Rooney Mara y Amy Adams, todas formando mayor o menor parte de la vida de Theodore) y de trasfondo una crítica al individuo actual más dedicado a interactuar con dispositivos electrónicos que con personas reales (o sea, el tipo de películas con que el hipster de Lastarria, que enchuló su personal stereo para volver a escuchar cassettes –porque el mp3 es too mainstream- rayaría).

Pero vamos por partes. Aunque no soy precisamente fanático del trabajo de Jonze (pese a que Quieres Ser John Malkovich me gustó mucho, su obra posterior no es algo que me haya tenido muy urgido de ver) reconozco que es un cineasta talentoso. Que Ella es una buena película y parte de una premisa interesante, que Joaquim Phoenix sigue siendo un actorazo y que el mote de “eterna promesa” ya lo superó hace rato, así como su etapa oscura de hace unos años atrás.

Como he dicho, la premisa de Ella es interesante y muy actual: no son pocos quienes han terminado más conviviendo con Windows, Linux, Android o lo que sea que con gente real. Muchos antropólogos, sociólogos y estudiosos han dedicado su tiempo a analizar como interactuamos cada vez más por redes sociales pero somos incapaces de mirar al que tenemos al frente.

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El problema sucede en cómo materializa esta premisa, y Jonze corre por lo más fácil. Aplicar el modelo que le permita entrar más rápido a un público objetivo para marcar ciertas distancias con el resto de la cartelera –claramente, películas como Ella no duran mucho en cartelera de multisalas y si pueden pasarse semanas en la programación de cines indie- y para irse a la segura con reconocimientos.

Lo que es una lástima. Una idea tan buena que se bastaba a sí misma para hacerse un lugar propio en la cartelera, termina no siendo tan buena por el abuso de recursos probados. Pudiendo ser única y distinguirse de otras mil películas más, termina pareciéndose a cien películas más, dejándonos con la sensación de que pudo haber rendido más y mejor.

***

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Director: Spike Jonze

Intérpretes: Joaquim Phoenix; Scarlett Johansson; Amy Adams; Olivia Wilde; Rooney Mara

Comedia/Romance

2013

fretamalt@hotmail.com @panchocinepata

el club de los oscarizados

Estamos en Dallas, 1985. El electricista y jinete Ron Woodroof (Matthew McConaughey) reparte su vida entre su trabajo, el alcohol, las drogas, armar pelea y el sexo fácil. Homofóbico, racista y malhablado, Ron sufre un duro golpe para su ego cuando, tras un accidente laboral, es diagnosticado con SIDA, enfermedad que, como se creía entonces, era “de maricas”.

Desesperado luego de que se le diagnostica menos de un mes de vida, Ron  intenta buscar una solución para su mal, y al no encontrar medicación viable en Estados Unidos, cruza la frontera y comienza a importar, ilegalmente, medicinas desde México, lo que le abre nuevas posibilidades más allá de la mera supervivencia.

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Me pasa con Dallas Buyer’s Club: El Club de los Desahuciados algo parecido que con 12 Años de Esclavitud: son buenas películas, pero se hace evidente su vocación por los premios y que están hechas precisamente para arrasar con cuanto galardón exista. De 12 Años ya hemos comentado antes. Dallas manifiesta esta vocación en algunas cosas bastante obvias: historia basada en personaje real enfrentado a una situación extrema (efectivamente, Ron Woodroof existió, padeció sida y debió enfrentar a la justicia, a inmigración, a la FDA y a otras cuantas instituciones para lograr tratarse su enfermedad), situación a la que, en un principio, saca provecho económico, sobrepasando los límites de lo ético, pero sobre la marcha va cambiando su manera de ver las cosas y su entorno.

Y un final que a más de alguien le hará derramar una lágrima. Y si ese alguien es jurado de algún festival…¡bingo!.

No digo que sea mala película. No lo es. Cumple con lo principal: tomarse la historia en serio y hacerla lo suficientemente atractiva como para verla hasta el final, y tiene la virtud de que, pese a lo que se podría pensar, no pretende sermonear a nadie ni dar moralejas.

La gran diferencia entre 12 Años… y Dallas está en que mientras la primera se sostiene en su historia, su buen desarrollo y en general el buen funcionamiento de todos sus factores, mientras que la segunda es de aquellas que dependen demasiado del desempeño de sus actores. No es primera vez que sucede.

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No vamos a desconocer aquí el brillante desempeño de Matthew McConaughey, más allá de los cambios estrictamente físicos (y hay que decir que el último par de años, McConaughey ha cambiado progresivamente el rumbo de su carrera. Esta película y su protagónico en la celebrada primera temporada de True Detective son prueba de ello), menos de Jared Leto, irreconocible en la piel de Rayon, el transexual que Ron conoce en el hospital, a quien en principio desprecia, pero con el tiempo se volverá un pilar fundamental en su evolución. Ambos han sido reconocidos con cuanto premio se les puso al frente, todos ellos totalmente justificados.

Las actuaciones de McConaughey y Leto y su innegable química en escena, son las mayores fortalezas de la película, y sus principales pilares, pero si los sacamos de ahí, si sus personajes (que son quienes sostienen el gran peso dramático del filme, junto a la doctora interpretada por Jennifer Garner, de más que buen cometido, por demás) hubiesen sido interpretados por otros actores, o su interpretación no hubiera sido tan impecable (o convincente, o estremecedora, o sobrecogedora o como quieran llamarle) no podría apostar si el desempeño del filme, dirigido por un correcto –pero sólo correcto- Jean-Marc Vallé hubiera sido igual.

El Club de los Desahuciados es un filme interesante y cumplidor, pero no más allá de eso. Con excelentes actuaciones principales, es cierto, lo que se agradece, pero de no haberlas tenido, otro gallo habría cantado. Y desafinado, por cierto.

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DALLAS BUYER’S CLUB

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Director: Jean-Marc Vallé

Intérpretes: Matthew McConaughey; Jennifer Garner; Jared Leto; Steve Zahn

Drama

2013

fretamalt@hotmail.com @panchocinepata