hijo de la fortuna

Vicente (Agustín Silva), universitario de clase acomodada, pasa sus vacaciones en un balneario del centro del país, y no tiene más planes que entregarse a la diversión, el sexo fácil y el alcohol, junto a sus amigos más cercanos, entre ellos Manuel (Samuel Landea), hijo de un influyente senador.

Una noche, Vicente es citado a declarar ante la policía local, ya que el automóvil en que él y otros amigos se trasladaban luego de una fiesta, dio contra un transeúnte, un pescador de la zona, que muere prácticamente en el acto.

Incapaz de recordar con precisión si él era quien conducía el vehículo causante del siniestro, Vicente se encuentra contra la espada y la pared ya que todas las versiones que circulan en torno al accidente lo comprometen de una u otra forma…

Tenía que aprovechar. Como no voy a estar blogueando por algunos días, y por lo tanto sin la presión de los estrenos 2017, aproveché para ponerme al día con algunos títulos pendientes de años anteriores. Y decidí que Aquí No Ha Pasado Nada, para muchos en gran estreno nacional del año 2016, era una buena opción para partir pagando la deuda.

Es una tendencia. Algunas de las mejores películas del cine chileno reciente funcionan en base a la frustración, a la derrota. Machuca termina con el golpe de Estado. No, si bien termina con la derrota de Pinochet en el plesbiscito de 1988, deja la sensación amarga de que ganó el marketing y el slogan antes que las ideas y los principios.

Aquí No Ha Pasado Nada, cuarto trabajo de Alejandro Fernández Almendras, uno de nuestros realizadores más interesantes de la actualidad, sigue esa tendencia, presentándonos, en forma ficcionada, uno de los más lamentables casos judiciales de la historia reciente de Chile, acaecido en 2013, cuando Martín Larraín, universitario, hijo de un senador de derecha, atropelló y mató a un transeúnte en plena carretera, conduciendo a gran velocidad y bajo la influencia del alcohol. La maquinaria puesta para que el joven saliera libre de polvo y paja, no obstante su evidente responsabilidad en el hecho, fue tema país durante meses, y que llegó a su punto cúlmine cuando la familia Larraín ofreció una importante cantidad de dinero a la familia de la víctima para que retirara los cargos.

El resultado es estremecedor y pega fuerte, duele, da rabia. Por un asunto obvio, en primer lugar: la impotencia que produce el poder, la influencia de un grupo de personas bien ubicadas dentro de la sociedad, que le permite hasta comprar perdones, inocencias y exculpaciones.

Bueno, eso no es ninguna novedad. Desde que el mundo es mundo y la sociedad se ha organizado como la conocemos, que impera la ley del más fuerte. Incluso en comunidades racionalmente organizadas como la especie humana, con la única salvedad quizás de que donde lo que antes se imponía a golpes, ahora lo es con dinero. Mucho dinero.

Lo que de verdad hiere, en mi modesta opinión, es la actitud de su protagonista y su entorno ¿Ustedes creen que Vicente o alguno de sus amigos, muestra alguna señal, aunque mínima de arrepentimiento, de culpa? Ninguna en absoluto. Sí, nuestro protagonista es consciente del hecho en que se ha visto involucrado y sus resultados, pero su única preocupación es como salir lo menos herido del entuerto. Y debemos entender “lo menos herido” por no terminar preso, no perder su licencia de conducir, y las libertades y comodidades que trae consigo el haber nacido en la familia y con la cuenta corriente correcta. No salir de su zona de confort y de su posición de privilegio, en buenas cuentas.

Que pese a encontrarse bajo investigación siga entregándose al alcohol y al desenfreno es prueba fehaciente de que Vicente, así como muchos otros de su misma condición, manifiesta un grado de empatía para con el resto de la sociedad equivalente al tamaño de un chicharrón.

Fernández Almendra no tiene problemas en retratar de esta forma a la clase acomodada del país, ese 10% de la población que, de una u otra forma, dirige la existencia del 90% restante, aunque las constituciones políticas insistan en decirnos lo contrario. Fernández retrata a una clase alta incapaz de mirar más allá de su metro cuadrado, que no puede relacionarse con nadie más que sus semejantes, y cuya única preocupación en la vida es el que dirán (es cosa de ver lo que pasa con Vicente cuando intenta volver a frecuentar a sus..”amigos”..los mismos con quienes estuvo involucrado en el accidente, y sólo recibe de vuelta portazos y negaciones) o que tan manchados queden los antecedentes.

Duele y hasta ofende conocer a estos personajes que, desde su zona de confort y privilegio juegan siempre a ganador. Al final, todo el proceso en que Vicente se ve involucrado, es una verdadera charada, un show, que todos saben como va a terminar. Alguien va a sacar la chequera, sabiendo que este mero gesto va a ir más allá de cualquier idealismo. La víctima va a terminar cediendo y renunciando a sus pretensiones, porque va a optar por recibir una millonada de plata de un solo viaje, que embarcarse en un proceso que, más allá de las buenas intenciones, muy posiblemente le será tan o más doloroso que el incidente que lo gatilla.

Y después de todo, las cosas sigan exactamente igual. Y Vicente y sus amigos van a seguir viviendo en su zona de confort, y en la comodidad de nacer y crecer en la cuna correcta.

Pocas veces se ve un reflejo tan logrado del Chile actual. Un retrato que no deja indiferente a nadie sobre el poder que una clase dominante ejerce desde una burbuja, totalmente desconectada de la realidad general, salvo para ajustarla a sus propias comodidades.

Acompañado por un acertadísimo casting que reúne a parte de lo mejor calificado de nuestro cine actual (que bien que me cae Daniel Alcaíno cuando se acuerda que es actor y no el bufón del dueño del canal donde trabaja), Aquí No Ha Pasado Nada es una película que hay que tener en cuenta, no sólo por el excelente trabajo narrativo y fílmico de su director, sino también porque no tiene problemas para enrostrarnos la clase de sociedad en que dejamos que nos convirtieran.

****

AQUÍ NO HA PASADO NADA

Director: Alejandro Fernández Almendra

Intérpretes:Agustín Silva; Samuel Landea; Mariana Di Girolamo; Paulina García; Daniel Alcaíno; Luis Gnecco; Alejandro Goic

Drama

2016

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una rubia explosiva

Es 1989, y la caída del Muro de Berlín es inminente.

Un agente del MI6 británico es ejecutado en plena calle por un eficaz agente de la KGB, para robarle un microfilm que incluye información valiosa acerca de numerosos agentes de dicha oficina.

Ante esto, la oficina inglesa envía a la agente Lorraine Broughton (Charlize Theron), una de sus más calificadas oficiales, para repatriar el cuerpo del agente, y recuperar el microfilm antes que este sea subastado. Para ello, contará con un encubierto de la misma agencia en Berlín, David Percival (James McAvoy).

Sin embargo, con tantos interesados en dar con el microfilm, y en un clima de creciente tensión social en el que nadie puede confiar en nadie, Lorraine enfrenta una misión nada de rutinaria…

Ni el cine de acción ni el de espías fueron lo mismo desde que películas como Lock, Stock and Two Smoking Barrels, Leon The Professional, Nikita o The Bourne Identity. Ciertamente, David Leitch, director de Atómica fue un buen alumno de Guy Ritchie, de Luc Besson y de Paul Greengrass y, como ya nos había demostrado en la sorprendente John Wick, de 2014 (en la cual traslada al cine estadounidense la fórmula europea), estos géneros no le quedan grandes.

Este cine de acción “a la europea” si pudiéramos llamarlo así, difiere ciertamente del estadounidense (del que se estrena como blockbuster, al menos) por varios factores, fundamentalmente en cuanto este cine da una importancia gigantesca a los diálogos. Donde Hollywood coloca diálogos como un momento de respiro necesario entre tanta bala loca corriendo, este tipo de películas los pone como un elemento fundamental, necesario no sólo como pausa, sino también como fuente de información valiosa para entender la trama de la película, conocer y entender los motivos de sus protagonistas.

No por eso se descuida el factor acción, pero que aquí va más allá del mero tiroteo donde la pantalla es escenario de un torbellino de balas, patadas y explosiones de las que sabemos que el héroe/heroína de turno saldrá medianamente intacto. En el caso que estamos estudiando, al que Atómica pertenece claramente, las escenas de acción consisten en secuencias cuidadosamente coreografiadas y ejecutadas en forma armónica, en la que el bueno de la película saldrá, no necesariamente intacto, okey, pero si lo bastante fortalecido. Son secuencias que hacen ver bien a nuestro héroe, y entendemos porqué aparece como tal, más allá de darlo por sentado porque así lo decía el guión.

Todo ello con una estructura que recoge mucho del videoclip, del cómic indie (lo que es normal, si pensamos que es una adaptación de la novela gráfica The Coldest City, de Anthony Johnstond) y del cine de acción de los setentas.

Así ha venido siendo en el cine de acción desde hace un par de décadas, y Atómica bebe de esa misma fuente, introduciendo un par de novedades que constituyen aciertos. Primero, la inclusión de una heroína. El género femenino pocas veces ha sido tan bien representado en el campo de la acción. Las protagonistas femeninas por regla general, aparecen como intereses románticos, damas en desgracia que deben ser rescatadas, personajes secundarios sin mucha relevancia en definitiva, o heroínas que, en el último segundo, necesitan de un compañero que las salve o rescate.

Esto hace de Atómica una saludable excepción: Lorraine, encarnada por una una vez más grandiosa Charlize Theron, puede con todo, sin necesidad de nadie que la venga a rescatar (ni aunque quisiera o lo necesitara, está inmersa en un mundo en que no puede confiar en nadie) y que es perfectamente capaz por sí misma, de salirse con la suya, y sin perder un pelo de femineidad.

También es rescatable trasladar la historia a los últimos días de la Alemania dividida, es decir, los últimos estertores de la guerra fría. El tema del espionaje y su tratamiento cinematográfico, literario o medial era muy diferente entonces, y el aplicar esta fórmula concebida su buena cantidad de años después, resulta una apuesta interesante. Y que funciona.

Incluso pese a que durante diez de los últimos veinte minutos la historia se enrede innecesariamente y

Todo ello sazonado con un muy buen grupo de actores secundarios,  y con uno de los grandes soundtracks de la temporada, abundantes en hits new wave y post punk de los ’80.

Quizás no quepa en los rankings de fin de año, dentro de las mejores o más taquilleras, pero no por eso dejemos de valorar a Atómica como lo que es: una de las cintas que debemos agradecer.

***

ATOMIC BLONDE

Director: David Leitch

Intérpretes: Charlize Theron; James McAvoy; Eddie Marsan; Toby Jones; John Goodman; Sophia Boutella; Bill Skarsgard; Til Schweiger

Acción/Espionaje

2017

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reinventando a los dioses

Luego de que Loki (Tom Hiddleston) usurpara el trono de Asgard de su padre adoptivo Odin (Anthony Hopkins) y lo desterrara a la Tierra, Thor, Dios del Trueno e hijo de Odin (Chris Hemsworth), parte en su búsqueda, sólo para encontrarlo debilitado y descubrir que al mismo tiempo, eso ha despertado a su hermana mayor, Hela (Cate Blanchett), diosa de la Muerte, y deseosa de venganza contra Odin.

Thor es incapaz de evitar que Hela llegue a Asgard luego de que ésta lo expulsara del Byfrost, el puente que une la Tierra a su reino de origen, y termina por ser capturado por Walkyrie (Tessa Thompson), una mercenaria que lo vende al Grandmaster (Jeff Goldblum), líder de un extraño mundo cuya existencia gira en torno a las luchas a muerte que éste organiza.

Para lograr su libertad y así volver a defender a Asgard de la destrucción, Thor deberá vencer en la arena al luchador estrella de Grandmaster…el gigante verde llamado Hulk.

Sin ser malas, las anteriores películas de Thor no habían logrado impactar en el inconsciente colectivo como sí lo habían logrado las demás películas del universo cinematográfico Marvel, como fue el caso de Ironman, Capitán América, Guardians of The Galaxy o los propios Avengers.

Podríamos atribuirlo a que los trabajos de Kenneth Branagh (2011) como de Alan Taylor (2013) se tomaban su base demasiado en serio. Estamos hablando de un personaje basado en la mitología nórdica, y aunque es loable la intención de ambos realizadores por poner al personaje en historias épicas, en verdaderas epopeyas, lo cierto es que tan altas pretensiones terminaban a la larga o a la corta, jugándole en contra a las películas. Cierto, tenían momentos memorables, pero en el global, tanto Thor como The Dark World no lograban cuajar del todo.

La tercera parte de la serie, Thor: Ragnarok, va por otro lado. A cargo del celebrado director neozelandés Taika Waititi (responsable de las notables What We Do In The Shadows, Hunt For The Wilder People y la sitcom Flight Of The Conchords), el cambio de registro de la saga es evidente, y le favorece mucho.

La mano de Waititi, la misma que le ha dado muy buenos resultados y un buen nombre en el cine estadounidense, se nota en el humor que le pone a la historia –y qué le hacía harta falta- bajándole la solemnidad de cuyo exceso pecaban las dos películas anteriores, pero cuidando que los personajes de este subuniverso mantengan su contenido y profundidad. Waititi equilibra las cosas de modo que la historia resulte más liviana, más fácil de entender y de retener, sin caer en lo derechamente estúpido. Existe la creencia de que simple y tonto son sinónimos, cosa que ha mandado al carajo a muchas producciones a lo largo de la historia. No es el caso de Thor Ragnarok, línea que ya vimos hace poco con su antecesora del universo Marvel, Spiderman Homecoming, en cuanto filmes que no por no tomarse en serio, se convierten en un descalabro.

Es que simplemente Waititi supo encontrar el lugar exacto de Thor en todo esto: una aventura de matiné. Thor Ragnarok perfectamente puede emparentarse con las películas de Conan que Arnold Schwarzenegger protagonizara durante la primera mitad de los ochenta, o con cómics europeos inspirados en fantasía épica como los publicados por esa misma época en publicaciones europeas como Metal Hurlant. El muy buen soundtrack de Mark Mothersbaugh (miembro fundador de la inolvidable banda electropop Devo), la tipografía y la forma de narrar ayuda a pensar en ese sentido. Concebida así, Thor Ragnarok es una experiencia realmente grata, y por lejos uno de los filmes más entretenidos de la temporada.

Incorporando personajes nuevos que constituyen aportes interesantes (no vamos a poner en duda a estas alturas el talento de Cate Blanchett y la comodidad con la que se desenvuelve en el formato del blockbuster) y dejando afuera a algunos que, seamos honestos no extrañamos (sí, amamos a Natalie Portman, a Kat Dennings y don Stellan Skaarsgard nos parece un caballero muy respetable, pero aquí hubieran desentonado totalmente), y rescatando a uno de los más importantes del universo Marvel como Hulk, ausente de las recientes entregas de la saga, las dos horas diez minutos que dura se hacen cortas. Clara señal de que Waititi no se mareó con los presupuestos altos, y que la película, como fuente de lisa y llana diversión, cumple con creces su cometido.

Como siempre, quédense para los créditos y busquen el cameo de…ya saben quien.

***1/2

THOR: RAGNAROK

Director: Taika Waititi

Intérpretes: Chris Hemsworth; Cate Blanchett; Anthony Hopkins; Tom Hiddleston; Tessa Thompson, Jeff Goldblum; Idris Belba; Mark Ruffallo; Karl Urban; Benedict Cumberbatch

Superhéroes

2017

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padre hay uno solo

Harold Meyerowitz (Dustin Hoffmann), escultor que ha gozado de cierto prestigio dentro del entorno intelectual, nunca ha sido reconocido por su buen carácter, cosa que ha marcado a fuego a sus más cercanos.

Con ocasión de una exposición colectiva que incluye parte de su trabajo, Meyerowitz reúne a sus hijos: Danny (Adam Sandler), Jean (Elizabeth Marvel) y Matthew (Ben Stiller). Distanciados entre sí y respecto de su padre por años, un sorpresivo accidente cerebro vascular de Harold los obligará a mantenerse unidos.

Esta será la ocasión para que los tres hermanos se vean las caras, enfrenten sus propios fantasmas y todo lo que los pudo dividir en el pasado, y resolver todos los entuertos que los han estancado incluso en sus propias vidas…

Netflix y los demás servicios de streamings o cable están haciendo hace rato lo que debería estar haciendo el cine. Sí, aún queda tiempo y espacio en la gran industria hollywoodense para historias que no tengan que ver con secuelas o franquicias, pero es cada vez más acotado, y prácticamente sólo a sandías caladas.

Aquí es donde entran los streamings encabezados por el medio de la N roja, que partiendo de la tranquilidad del autofinanciamiento dan espacio a autores como Noah Baumbach, para que cuenten historias como The Meyerowitz Stories (New And Selected). Aquí es donde se estrenan, hacen algo de ruido y terminan teniendo corridas en festivales y salas del circuito independiente.

Y aunque no soy fan del cine de Baumbach –pero lo suficientemente capaz de reconocer lo buenas que han sido sus películas anteriores- lo cierto es que Meyerowitz me tenía interesado.

Baumbach ha hecho un verdadero apostolado acerca de las familias disfuncionales y los desencuentros entre padres e hijos, o entre hermanos, o entre cónyuges, cosa que hemos podido apreciar en sus trabajos anteriores como The Squid and The Whale, Margot At The Wedding o While We’re Young, y Meyerowitz no es la excepción. Y aquí nos enfrenta a tres hermanos que deberán enfrentar años de divisiones, cuya causa común es la difícil relación con su arisco padre, un individuo que ni aún en el peor momento cambia su actitud de menosprecio con el entorno.

Danny, compositor que nunca pudo consolidarse como tal para dedicarse a su familia, sin éxito si consideramos que está en pleno divorcio. Jean nunca pudo superar un incidente que tuvo de adolescente con un colega de su padre. Matthew ha podido salir adelante relativamente, luego de trasladarse a la ciudad más lejana posible, y si bien ha triunfado en los negocios, no ha sido capaz de constituir una familia con la mínima solidez.

Los tres han evitado verse las caras y resolver sus entuertos, hasta ahora. Una desgracia familiar los ha reunido y la convivencia entre ellos ha terminado llevando al trío de hermanos a decirse todo lo que sienten, lo que piensan entre sí y sacando conclusiones sobre el porqué de sus divisiones.

Esa causa común es su difícil padre, un tipo que nunca ha sido un derroche de afectividad, un individuo que nunca pudo aceptar que su éxito llegó a su peak, un peak alto, por cierto, pero insuficiente para él, víctima de las injusticias de un entorno demasiado ignorante para saber apreciarlo (aunque muchos profesen un gran respeto para con él), que siempre ha sentido que el mundo conspira en su contra. Y su descendencia no ha sido la excepción: el desdén que Harold Meyerowitz se dirige a todo el mundo, especialmente para con sus tres ex esposas y para con unos hijos a los que, desde su punto de vista, les faltó mucho para estar a su altura.

Sólo su cuarta esposa, Maureen (gran interpretación de Emma Thompson) ha logrado que Harold, hecho un octogenario, muestre algún tipo de afecto para con los demás.

El trabajo de Baumbach (que ciertamente nos recuerda al estilo de Wes Anderson –de hecho, a ratos nos hace pensar en The Royal Tennenbauns- y al Woody Allen de fines de los ’70) en la dirección y en el relato es más que correcto y nos mantiene interesados en él durante todo el transcurso del filme, apoyado en las notables actuaciones de, ya dijimos, Emma Thompson, en un Dustin Hoffmann que deja muy en claro que es uno de los grandes actores de las últimas décadas (no porque sus compañeros de generación como Pacino, De Niro o Nicholson lo hayan opacado más de una vez vamos a negar su gran talento), en un muy buen elenco de secundarios (donde la casi debutante Grace Van Patten se roba algunos de los mejores momentos del filme), y especialmente el trabajo de Ben Stiller y Adam Sandler.

Sí, dos actores con los que en este mismo sitio he trapeado el piso gracias a sus lamentables últimas películas –sobre todo Sandler-, aparecen en esta comedia dramática, un terreno que no les es del todo desconocido y se despachan sendas actuaciones en los roles de dos hombres adultos que no se consolidarán en la vida mientras sean incapaces de sacarse unos cuantos pesos de encima. Uno ve a Stiller convertido en exitoso hombre de negocios y a Sandler en un perdedor que tienen más en común de lo que ellos creen, y que necesitan resolver unos cuantos líos entre sí si es que aun esperan una segunda oportunidad en la vida, y se olvida por un buen rato de las desastrosas películas que cada uno ha hecho los últimos años.

Si, tal vez no se trate de ese cine que se puede disfrutar con bebida y popcorn en una multisala, pero al menos podemos disfrutarlo en la sala de nuestras casas. Y si bien la experiencia no sea la misma (no hay LED HD que reemplace una pantalla gigante), hay cosas que en casa se aprecian mucho mejor. Meyerowitz es una de ellas.

***1/4

THE MEYEROWITZ STORIES (NEW AND SELECTED)

Director: Noah Baumbach

Intérpretes: Dustin Hoffman; Emma Thompson; Ben Stiller; Adam Sandler; Elizabeth Marvel: Grace Van Patten; Candice Bergen; Judd Hirsch; Adam Driver

Comedia Dramática

2017

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Blade Runner 2049: intentando una explicación

Entre setenta y cien millones de dólares en pérdidas. Ese es el balance de Blade Runner 2049 a tres semanas de su estreno mundial, plazo durante el cual pese a lograr un reconocimiento casi unánime que la tendrá en más de una lista de lo mejor del año, y estando llamada a ser una de las grandes películas del 2017, ha hecho más ruido por su gigantesco fracaso de taquilla, logrando cubrir sus costos de producción  a duras penas.

De hecho, cuando escribo esto, me entero que Blade Runner 2049 salió de la cartelera local, reduciéndose a dos salas y

Explicaciones para este fracaso pueden haber muchas: una mala promoción, desinterés del público, o que simplemente el público esté cada vez más estúpido y sea incapaz de procesar este tipo de obras, expectativas ridículamente altas, en fin. Yo creo que es un poco de cada cosa.

El primer gran error viene de la industria, que olvidó un par de cosas. Si bien la Blade Runner original, de 1983, es un clásico del cine y un filme indiscutiblemente fundamental, tampoco tuvo buena taquilla en su época de estreno, y sólo fue reivindicada con los años, a través del video, reposiciones en televisión y en cines, sus constantes relanzamientos y reediciones en dvd y blu-ray. Y si bien yo entonces tenía siete años y mis referencias cinematográficas se limitaban a Disney, Jerry Lewis, E.T. y Star Wars, recuerdo poco de Blade Runner ese año, aunque tiempo después se repetía bastante en carteleras del circuito del cine arte y de reposiciones (junto con otros títulos como La Ley de la Calle, era habitual ver el cartelito del cine Normandie en revistas como Apsi o Análisis, anunciando su reposición).

Blade Runner nunca dejó de ser un filme de culto. Y si bien uno agradece que la industria se la juegue por filmes que se salen del estándar, hay que ser realista. Y pese a la viralización que hizo que uno viera las caras de Ryan Gosling y Harrison Ford hasta en la ventana de la micro, estas diligencias terminaron resultando excesivas. No porque se le haya dado tratamiento de blockbuster ibas a convertir en tal a un filme que nunca lo fue ni lo será.

Por temática. Por estilo de narración. Por contenido. No es posible asociar el concepto de Blade Runner a, por ejemplo, una película de Marvel.

La publicidad de Blade Runner 2049 terminó por jugarle en contra, resultando excesiva. Y me lleva a pensar en, por ejemplo, Life (Vida Inteligente), también estrenada este año, una propuesta mucho más modesta tanto en su contenido como en su promoción, y no anduvo nada de mal ni en crítica ni en taquilla. No extraordinario, pero bien.  Si funcionaba –y funcionó- está todo en orden. Si no lo hacía, bueno, al menos el desplome no iba a ser tan doloroso.

BR2049 debió haber tomado ese mismo curso, respetando el carácter de culto de su cinta madre. La película habría mantenido su buena crítica, hubiera cumplido con el público al que le interesa y nadie habría salido malherido.

De este desastre perdemos todos, pero además tenemos la culpa. La industria, al no respetar la naturaleza de una obra y trata de hacerla pasar por lo que no es, y que ahora deberá soportar las consecuencias, sobre todo las financieras. El cine como expresión artística, que pierde una oportunidad única de marcar un hito y validarse masivamente. Y el espectador, que por darle la espalda a este tipo de obras prácticamente le da permiso a la industria para que le venda porquerías.

No nos quejemos si en un futuro no muy lejano la cartelera se ve monopolizada por la vigésima película de los Minions, la decimoquinta Era del Hielo o las infumables comedias de los hermanos Wayans.

Esperemos que la cinta de Dennis Villenueve, al igual que su antecesora, se reivindique en formatos caseros y streamings. Quien sabe, en una de esas en un par de años más la veamos repuesta en alguna sala del circuito independiente, entremos y aunque no hayan más de cinco pelagatos en el auditorio, igual tendremos la sensación de ser parte de algo extraordinario.

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cuando la vergüenza afloja

Bienvenidos a Scheffield, la orgullosa capital inglesa del acero!!

La industria metalúrgica ha hecho de Scheffield la ciudad más grande del Reino Unido, donde sus habitantes gozan de un excelente nivel de vida gracias a los muy buenos salarios que el acero genera, convirtiéndola en el mayor foco del progreso británico y un polo para el desarrollo social.

…Bueno, o al menos así fue hace veinte años atrás. Actualmente, luego del cierre de varias plantas metalúrgicas y la quiebra de otras cuantas, Scheffield es una sombra de lo que alguna vez fue, y tiene convertidos a muchos de sus habitantes en desempleados.

Dos ejemplos de ello son Gaz (Robert Carlyle) y Dave (Mark Addy), antiguos trabajadores de fundición, a quienes la cesantía tiene en una situación desesperada: atrasado en el pago de las manutenciones, Gaz podría perder el contacto con su hijo Nate (William Snape) y matar la ya frágil relación existente entre ambos, mientras que la autoestima y la inseguridad de Dave lo han llevado a temer que su mujer cualquier día lo deje.

Cuando no pueden entrar a ahogar la frustración en su bar favorito, a causa de un show de strippers masculinos, y ver la cantidad de gente que hace fila para entrar, Gaz tiene una idea insólita: armar su propia banda de strippers…

Vaya que ha dado material para buenas comedias la Inglaterra (y áreas aledañas) de la era Tatcher y los años inmediatamente posteriores. Si bien para el resto del mundo, la política de la Dama de Hierro llevó a las islas a una época de esplendor, lo cierto es que en la interna, en lo micro, las cosas no eran para nada luminosas: empresas quebrando, cesantes multiplicándose, dramas humanos que a consecuencia de ello se hacían frecuentes.

El cine se encargó de revelar esas pequeñas tragedias y lo hizo en los más diversos registros, desde el drama de Mike Leigh, pasando por el cine denuncia de Ken Loach, hasta llegar a comedias como Waking Ned Devine, Billy Eliott, más recientemente Sing Street…y entre ellas ésta: The Full Monty.

Dirigida por Peter Cattaneo, y estrenada en 1997, si bien es cierto es un filme que nunca pierde su voacion de comedia, lo cierto es que es una comedia bien respetuosa de la situación de sus protagonistas: un grupo de perdedores cuyas existencias han llegado a un nivel tan bajo que ya no les afecta perder la poca dignidad que les queda, así como los pantalones –literalmente, también lo último que les queda- como última esperanza para salir del fondo.

Planteando un relato inteligente, agradable y respetuoso de su contenido, de sus personajes y de su público, The Full Monty no se burla de las desgracias personales que viven sus protagonistas, ni hace leña del árbol caído. Estamos ante una comedia muy equilibrada, que sabe poner en su justa medida el factor dramático de las pequeñas desgracias en que se ven involucrados sus protagonistas sin caer en el melodrama ni en el filme-panfleto. Tiene un poco, lo justo, de cada cosa, lo que nos ayuda a poner en el contexto y entender lo que nos está contando la película. Tanto el guión de Simon Beaufoy como el trabajo de Cattaneo en la dirección reman en ese sentido, dándonos como resultado un cuento entrañable, al que es imposible tenerle mala, sino que terminamos por agradecer que sea tan divertida como balanceada y, ante todo, honesta.

En un mundo en que existen películas como La Vida Es Bella, que da tanto esforzarse por emocionar termina convertido en un lastre, filmes como The Full Monty, con todo lo oscuro que pueda ser su contexto, es una película que cala mucho más hondo, pega mucho más fuerte y nos deja un sabor mucho más agradable. Y vaya que nos caen harto mejor sus protagonistas.

Pues a lo anterior tenemos que sumar un muy acertado y carismático casting, encabezado por un inspirado Robert Carlyle en el rol de Gaz, ese personaje que pese a su desesperada situación (sin un centavo en el bolsillo y a un milímetro de cortar el ya feble lazo que mantiene con su hijo, su única razón para vivir) no pierde ni la picardía, ni el entusiasmo, al punto de ser el autor intelectual de la descabellada idea de montar un insólito show nudista, ante la incredulidad de sus nada apolíneos compañeros, y el que más fe tiene en su éxito.

Su contrapunto es Dave (un sólido Mark Addy), quien tiene los pies algo más pegados a la tierra y es por tanto mucho más pesimista e inseguro. A través de ellos dos es que Cattaneo canaliza las distintas maneras de enfrentar la crisis, balanceando estos dos extremos con los demás miembros de la banda y cada una de sus propias catástrofes personales: Gerald, su ex capataz que mandaba sin contrapesos en la fábrica pero es incapaz de decirle a su mujer que lleva meses sin trabajo (el gran Tom Wilkinson), Lomper, un autodestructivo guardia de seguridad a cargo de vigilar una planta abandonada (Steve Huison); Horse un afroamericano que por su edad y condición física ya ve difícil encontrar trabajo en lo que sea (Paul Barber), y Guy (Hugo Speer), cuyo mayor talento es…ehh…si, tiene que ver con algo de gran tamaño.

Junto con Trainspotting, Velvet Goldmine y otras de más o menos los mismos años, The Full Monty fue parte de una privilegiada camada del cine británico que, no obstante el humor negro presente en ellas en abundancia, y acompañadas todas por muy buenos soundtracks, fueron capaces de dejar un grato sabor en el paladar cinéfilo. Una grata sensación.

Como es la que de hecho deja The Full Monty, argumento que además puede transcurrir en cualquier país o sociedad del mundo, una vez que empiezan a correr los créditos  finales. Porque puedes haber caído bien al fondo, pero siempre habrá una oportunidad, una esperanza para salir de él. Por mínima que sea. Es cosa de saberla tomar.

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THE FULL MONTY

Director: Peter Cattaneo

Intérpretes: Robert Carlyle; Mark Addy; Tom Wilkinson; Paul Barber; Steve Huison; William Snape; Hugo Speer; Lesley Sharp; Emily Woof

Comedia dramática

1997

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Mi muñeca me poseyó

Es 1958. A doce años de la muerte de su pequeña hija, el matrimonio de granjeros y ex jugueteros Samuel y Esther Mullins (Anthony La Paglia, Miranda Otto), accede a recibir en su casa a un grupo de niñas provenientes de un orfanato cercano, a cargo de la hermana Charlotte (Stehanie Sigman).

Esa misma noche, una de las niñas, Janice (Talitha Eliana Bateman), quien padece una severa poliomelitis, sale de su habitación y entra en la que solía hacer la habitación de la hija de los Mullins, la cual ha estado clausurada desde hace años. En su interior, encuentra toda clase de juguetes artesanales, y es atraída a un armario donde permanece encerrada una muñeca de madera, de tamaño natural y de grotescas facciones.

Desde entonces, extraños y aterradores fenómenos se empiezan a producir en la granja, los cuales tienen a Janice como principal víctima, revelando la oscura historia de la casa de campo y sus lacónicos propietarios…

Partamos afrontando la realidad: la realización de una película como Annabelle: La Creación no obedece a otro motivo que seguir explotando la franquicia iniciada en 2013 con El Conjuro, a estas alturas su propio universo dentro del terror (súmese la secuela de 2016, la primer Annabelle de 2014 y los nuevos spin-offs anunciados The Nun y The Crooked Man, más la obvia tercera parte de las dos historias principales). Sabido es que el cine de terror, especialmente el de posesiones diabólicas, es en muchos casos sandía calada en cada temporada, y una historia con personajes conocidos con mayor razón.

Ahora bien, cuando se explota demasiado una franquicia o temática determinada, esta corre el riesgo de desgastarse, perder toda la gracia que tenía en un principio y caer hasta niveles absurdos. Es lo que le pasa en mayor o menor medida a aquellas producciones que se alargan más allá de lo sensato: desde Pesadilla, Martes 13 o Chucky, hasta cosas más recientes como Saw, Actividad Paranormal o El Aro.

Esta segunda parte de la historia de la muñeca diabólica, que narra los hechos ocurridos doce años antes de lo que se cuenta en su primer filme (si hay una tercera parte, espero que esta no se trate de cuando Annabelle aún era un árbol) es ciertamente la más débil de las cuatro estrenadas hasta ahora. Quiero decir, es la que se demora más en tomar vuelo: los momentos de verdad espeluznantes empiezan a darse recién a los 45 minutos del relato, y si bien van aumentando su intensidad, esta se toma su tiempo, más allá de lo razonable para una película de esta materia.

 

Aun así, no es justo meter a Annabelle 2 en el mismo saco de aquellas secuelas hechas para seguir explotando conceptos. Si bien es cierto la intención de seguir explotando la franquicia es evidente, al menos lo hace con un relato que, con todo, logra mantener el interés hasta el final, sin perder la dignidad ni perder el respeto por el espectador.

Sin gran escándalo, esta película consigue aportar algunos antecedentes a la historia de la muñeca del mal, aunque en honor a la verdad se trata de datos que no eran tan imprescindibles para el desarrollo del universo Warren. De todos modos, el enganche con la saga principal, así como su antecesora/secuela (la de 2014) es correcto, y sirve para saciar el apetito por las historias del mítico matrimonio de expertos paranormales mientras vienen sus nuevos episodios. Díganme, cuando un picoteo ha hecho mal.

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ANNABELLE: CREATION

Director: David F. Samberg

Intérpretes: Anthony La Paglia; Miranda Otto; Stephanie Sigman; Talitha Eliana Bateman; Lulu Wilson; Mark Bramhail

Terror

2017

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