de lo que es capaz un padre (publicación 1600)

Confieso que nunca la había visto, no porque no me interesara, sino que porque temía  que me fuera a pegar muy fuerte.

Pero como ya han pasado más de dos décadas de su estreno, y ya no estoy en edad de seguir chuteando cosas, me apliqué y, después de muchas excusas, vi finalmente En El Nombre del Padre.

Y me dejó KO. Por un lado, porque esta película de 1993, dirigida por Jim Sheridan es una película extraordinaria, merecidamente ganadora del Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín del año siguiente, además de una serie de nominaciones al premio Oscar, principalmente a nivel de actuaciones.

Por otro…

Es la historia de Gerry Conlon (un tremendo Daniel Day-Lewis, quien ya había trabajado con Sheridan unos años antes, en la igualmente celebrada Mi Pie Izquierdo), un joven irlandés de Belfast, devenido en landronzuelo y buscapleitos.

En 1974, Gerry es enviado por su familia a Londres para ver si allá se le quita lo reventado. Ni bien llega, y al intentar incorporarse a una comunidad de hippies, por su origen irlandés no tarda en entrar en conflicto con uno de los líderes del grupo, un inglés abiertamente nacionalista. Por eso, a los pocos días, es involucrado en un atentado explosivo que cuesta la vida de cinco personas en un bar, denunciado como infiltrado del IRA en tierras inglesas.

Tras un procedimiento irregular, marcado por la tensión –el gobierno acaba de aprobar una dura ley antiterrorista, y se necesita dar un golpe de efecto que demuestre la efectividad de la norma- y en un entorno dominado por la xenofobia, Gerry es condenado a cadena perpetua.

A su vez, su padre, Giuseppe (un aún más grande Pete Postlewhaite), un modesto dependiente del comercio, que sólo fue a tratar de ayudar a su hijo,  es condenado a doce años de cárcel, acusado de conspiración.

¿Cómo no me va a pegar fuerte? No sólo trata un caso real acerca de una condena fundada en un proceso que de debido y justo no tuvo nada, temática que en nuestra época, pleno 2020, a más de cuarenta años de producirse los hechos que narra (relatados por el propio Gerry Conlon en su autobiografía “Proved Innocent”), el discurso nacionalista/xenófobo está tan vigente como entonces. Lo mismo el llamado “populismo penal”, ese recurso de algunos gobiernos de endurecer ciertas normas penales para crear en la comunidad, una hipotética sensación de seguridad pública y decir “cumplimos”.

Nuestro protagonista es una víctima de ambas cosas, y la situación de Gerry bien podría ser la que está pasando en los EEUU de Trump, o incluso aquí mismo, con la inmigración,  el conflicto mapuche y la aparición de un discurso nacionalista simplón y de fácil llegada en ciudadanos fácilmente influenciables.

Si bien el factor político y social es preponderante en el filme, el conflicto principal corre por cuenta de la entre Gerry y Giuseppe, y como las circunstancias de la vida que les tocó incidieron en ella.

Cómo el vínculo se fue fracturando con el correr de los años, a medida que Gerry se convertía en un joven problemático, amargado y sin mucha fe en el futuro, mientras que por el lado de Giusseppe, tampoco pudo hacer otro tanto, sobrepasado por la necesidad de sobrevivir.

Su ingreso a la cárcel, pese a todo, sirve como una oportunidad de enfrentar las rupturas existentes entre ambos, de que de una vez por todas se vean a las caras y resuelvan esas disputas que, a la corta o a la larga, los tienen en la situación actual.

Y sobre todo, para saber hasta dónde está dispuesto a llegar un padre por su hijo. Y lo que un hijo está dispuesto a hacer por reivindicar a su padre.

Gran película, desde todos los puntos de análisis posibles. Como película de tintes políticos y filme-denuncia (hablamos de la decisión acerca de la vida de dos personas, inocentes más encima, motivada por razones subjetivas antes que estrictamente legales).

Funciona como ejercicio autoral: Sheridan consigue estremecernos a lo largo de todo el relato por el terrorismo; por el horror de verse obligado Gerry a acusarse a sí mismo de un crimen de otros producto de las presiones; por el horror de vivir en una sociedad en que el prejuicio y el discurso de odio se ponen por encima de la justicia; pero además nos estremece con la esperanza, reflejada en la reconstrucción del lazo entre Gerry y Giusseppe, y en los esfuerzos sobrehumanos de Gareth (Emma Thompson, soberbia) la abogado de derechos humanos que intuye que algo no anda bien con el juicio de los Conlon. Es una historia cruel, dolorosa, vale, pero Sheridan la filma resaltando lo bueno que aún tiene posibilidad de surgir de dentro de todo este caos, apoyado en el gigantesco desempeño de sus protagonistas.

Es una historia que nos produce indignación frente a los sistemas estatales, frente a lo limitadas que pueden ser algunas consciencias, pero que al mismo tiempo nos devuelve la fe en el espíritu humano, que éste, pese a todo, aún tiene tendencia al bien y a la justicia.

Pero funciona sobre todo como película acerca de la condición humana, respecto de las relaciones filiales. Ese es el ámbito desde el cual dispara sus golpes más duros. Y más emotivos, pensando en la frágil y dañada que partimos conociendo esta relación, y como se va reconstruyendo y reforzando, a medida que padre e hijo tienen ocasión de reencontrarse.

Gran película, de aquellas que te pegan duro una vez, golpe del que no te recuperas, pero que te sacude lo suficiente para darte otra perspectiva de las vida.

****

IN THE NAME OF THE FATHER

Director: Jim Sheridan

Intérpretes: Daniel Day Lewis; Pete Postlewhaite; Emma Thompson; John Lynch; Mark Sheppard; Corin Redgrave

Drama

1993

Llegamos a la publicación número 1600 y, como ya es un hábito con las columnas que marcan cambio de folio, con una película que me dejó K.O. Gracias, como siempre, por su atención, y ya pensaremos en el tema de la 1700.

fretamalt@hotmail.com  @panchocinepata (Twitter/Instagram)

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