la universidad de la calle

Se me pasó. Como sé que ustedes son fieles seguidores de esta página, recordarán que he estado haciendo mi revisión bianual de la literatura de Alberto Fuguet, centrándome en lo que podríamos llamar la columna vertebral de su narrativa de ficción. Partimos con Mala Onda (1991), luego repasamos Por Favor, Rebobinar (1994), por lo que hoy nos corresponde repasar Tinta Roja (1996), que por alguna estúpida razón, leí primero que los otros.

El menos fuguetiano de su repetorio, en cuanto a estructura (es el único narrado principalmente por un relator omnisciente, dejando de lado su habitual primera persona, y con conexiones más bien tangenciales con el resto de su obra), pero el más autobiográfico hasta la fecha, se basa en gran parte de las vivencias que Fuguet experimentó en carne propia durante sus últimos años de universidad, cuando debió hacer la práctica profesional en la sección policial de un popular diario capitalino.

En esta novela, llevada al cine en 2000 en una correcta adaptación del peruano Francisco Lombardi, Fuguet es representado en Alfonso Fernández, escritor y director de una revista de tarjeta de crédito (esas que algunos operadores reparten gratuitamente entre sus clientes). Alguna vez promesa de la literatura nacional, y guionista de televisión cuyo éxito lo abrumó, al punto que nunca volvió a publicar, aun no supera la incapacidad de terminar lo que está escribiendo, y está entregado a una tarea poco estimulante en lo profesional, y una vida personal igual de lamentable (es padre de un hijo de unos veinte años, con el que la distancia emocional es mucho mayor que la geográfica).

En este marco, conoce a Martín Vergara, un talentoso alumno de periodismo, en práctica en su revista. Consciente de las virtudes del chico, Alfonso teme que Martín sea devorado por estas virtudes, caiga en una falsa sensación de seguridad y no sea capaz de reconocer sus propios defectos, ni sepa enfrentar las frustraciones cuando éstas se presenten. Ello lo lleva a recordar aquel verano, más de dos décadas antes, cuando por un error de secretaría termina haciendo su práctica en el popular diario El Clamor.

En dicho medio, Alfonso queda a cargo de Saúl Faúndez, un hombre de más de sesenta, de dudoso gusto en el vestir, modales cuestionables, mujeriego, bohemio, impuntual, en fin. Nunca pasó por una escuela de periodismo, pero conocedor, mejor que nadie, de convertir cualquier situación trivial en una historia atractiva y cercana para el público.

Para la edad que aparenta, además, Faúndez parece haber vivido más vidas que un gato, y lo que no aprendió en las aulas, por las que nunca pasó, lo aprendió en la calle. Así, de la mano de Faúndez, y en compañía de un robusto ex marino y chofer apodado el Camión, y de un fotógrafo de ojo privilegiado de apellido Escalona, entre otros excéntricos personajes, en los sectores más duros de la ciudad, y entre copas y comilonas, Alfonso aprenderá más de su profesión en un verano que en cinco años de cátedra.

Pero más que aprender secretos de su profesión, Alfonso aprende de Faúndez algunas lecciones tremendamente valiosas en cuanto a la vida, y descubrirá otras cuantas verdades acerca de sí mismo.

Como se pueden dar cuenta, esta es una novela de aprendizaje, marcada por la fuerte relación entre Faúndez y Fernández. El primero, un reportero de la vieja escuela que, irónicamente, no se formó en escuela alguna, sino a pulso, a puro ñeque, sobre la marcha, del aprendizaje a la fuerza. Fernández, un futuro profesional, educado en cátedra, conforme a programas de estudio, formado bajo la fórmula de la pirámide invertida. Estilos y personalidades que chocan fuerte al conocerse. Sin embargo, con el tiempo ambos se retroalimentarán, compartirán entre sí sus conocimientos y experiencias.

Pero sobre todo, se complementan en sus carencias. Detrás del mujeriego, vividor y bohemio de Faúndez, hay un hombre solitario. Si, tuvo un hijo discapacitado, su único lazo afectivo real, con una mujer a la que no ama, pero respeta, pero por lo mismo no es con quien pueda compartir su experiencia, ni transmitir todo lo que la vida le ha enseñado. Alfonso, a su vez, hijo de un padre ausente, proveniente de un hogar modesto, el primer universitario y profesional que sale de la familia, el que está llamado a sacar la cara por ésta. Y que necesita precisamente de alguien que lo oriente por la vida.

Alfonso obtiene de Faúndez más que una calificación. Crece. Madura. Encuentra la confianza, la seguridad en sí mismo y el amor propio que necesitaba para pararse frente a la vida. Y que reencontrará veinte años más tarde, para reencausar y ordenar  su propia existencia.

La literatura de Fuguet, en esta etapa (hasta Las Películas de Mi Vida, que repasaremos en su oportunidad) daban cuenta de procesos de sanación. Matías Vicuña toca fondo, pero consigue salir de la espiral de autodestrucción en que estaba metido. El coro de personajes que protagoniza Por Favor, Rebobinar consiguen armarse una vida, y un lugar en ella, aprendiendo a enfrentar y superar sus propias historias. Y Alfonso Fernández crece en amor propio y en autoestima, dos veces.

Lo que me lleva a pensar que lo que me conecta con Fuguet, más que el hecho de tener un autor en el que alguien que creció durante los ’80 y parte de los ’90 finalmente podía sentirse identificado, fue haber encontrado historias en que, sin caer en el simplismo de la autoayuda, sus protagonistas conseguían sanar, avanzar y encontrar la luz al final del túnel.

Portada de la edición lanzada con ocasión del estreno de la película, en 2000.

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