Matías antes y ahora

Para mi generación, la publicación, a fines de 1991, de Mala Onda, la primera novela de Alberto Fuguet, fue una auténtica revolución.

Para todos aquellos que cursábamos entre primero y cuarto medio durante la primera mitad de los ’90, que como único referente en cuanto a literatura “juvenil” teníamos a Palomita Blanca (ugh..me cuesta creer que Enrique Lafourcade diga que escribió ese bodrio para demostrar que entendía a la juventud, cuando la verdad es que no entendió nada…¿quién con dos dedos de frente puede sentirse reflejado con lo relatado en dicho mamotreto? ¿Realmente querían que le tuviéramos afecto a una obra donde claramente su autor odia con todo su ser a sus personajes?) por primera vez conocíamos un relato con el que, cual más, cual menos, todos podíamos sentirnos identificados.

Sí, quizás no todos fuésemos a colegios del barrio alto con nombre en inglés, ni tuviésemos los recursos para irnos de viaje de estudios a Río, ni contactos para irnos de farra pasándonos por allá abajo las restricciones imperantes, pero era algo. Pese a las abismales diferencias con la vida de Matías Vicuña, era una historia que nos llegaba, que le podía pasar a cualquiera de nosotros, o a uno mismo incluso.

Nos movió el piso*

Hago estas reflexiones tras releer Mala Onda, novela que, al igual que las demás obras fundamentales de su autor (Por Favor, Rebobinar; Tinta Roja; Las Películas De Mi Vida), tengo el hábito de revisitar cada ciertos años, para ver como han envejecido, cómo las percibo en relación a como las percibía la vez anterior y trato de ver que lecturas nuevas se les puede extraer con el paso de los tiempos.

Saco las conclusiones anteriores, y de paso me pongo a pensar en si un personaje como Matías Vicuña (el adolescente de 17 años de la novela, no el adulto cincuentón en que estaría convertido, que por cierto ya fue revisitado en tal sentido por AF en el compilado “Juntos y Solos” de 2015) puede darse en la juventud actual. Y mi conclusión es que sí, que en esta generación más interesada en ganar likes en redes sociales y en hacer memes, sí, es posible.

Por mucho que hayan pasado casi cuatro décadas entre la época en que transcurre la novela, y lo mucho que ha cambiado el mundo y sus habitantes en dicho lapso, el adolescente sigue siendo más o menos igual.

Aunque no de la misma forma, ni persiguiendo las mismas cosas, el adolescente sigue teniendo como norte el hedonismo. Pero no entendido como un hedonismo en sí mismo, en el placer por el mero placer, sino para suplir el vacío que tiene en su vida, lo desorientado que está, la desconexión y el aislamiento en que se encuentra incluso en esta época de redes sociales, en la que no por tener quinientos amigos en Facebook, necesariamente los tengas y puedas contar con ellos en la realidad.

Queriéndolo o no, Fuguet creó un personaje icónico, universal y capaz de trascender el paso del tiempo. Salvo por las diferencias obvias entre épocas, en cuanto a los hábitos, tendencias, tecnologías existentes, el Matías millenial estaría igualmente confundido, roto y dañado que su par de los últimos días de la onda disco. Diría que incluso más. Su urgencia por salvarse sería la misma o mayor.

Más de 25 años después, Mala Onda sigue provocando el mismo efecto. Y aunque haya terminado convertido en algo que su autor difícilmente hubiese querido entonces (es o al menos por un buen rato fue parte de los planes de lectura de enseñanza media), lo cierto es que no ha perdido una coma de su vigencia, validez y relevancia como símbolo generacional.

fretamalt@hotmail.com  @panchocinepata

*No sólo nos movió el piso a sus lectores objetivos. También a la crítica literaria, que por un buen rato hizo el ridículo tratando de procesar una obra para la cual no estaban preparados, por cuanto no fueron capaces en ese momento que la literatura latinoamericana podía transcurrir en escenarios urbanos y reales, y contar historias que no fueran sobre locaciones exóticas, escenarios oníricos y relatos surrealistas. Esta resistencia fue a la postre la mejor publicidad para la novela, a estas alturas un hito angular de la narrativa nacional de las últimas décadas.

También le sacudió la alfombra a las clases acomodadas de este país, por exponer un retrato de la juventud que “no se condice con la realidad”. O los padres de familia ABC1 no sabían que sus regalones bebían, se drogaban y se iban de parranda tanto o más escandalosamente que otros, o ya lo sabían y simplemente les molestó que ahora todos los demás lo supieran.