para salvarse de la autodestrucción

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos… Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”

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Este año se cumplen dos décadas de una película fundamental.

Basada en la novela coral de Irving Welsh y dirigida por el siempre eficaz Danny Boyle, Trainspotting fue estrenada en 1996 y rápidamente se convirtió en un éxito de taquilla dentro y fuera de su país, incluso en Chile, donde se estrenó con poco desfase, para lo que se demora en llegar una cinta no hollywoodense, llegando a ser tremendamente controversial en su momento.

En una época en que nos habíamos habituado a un cine que mostraba a la juventud como personajes divertidos, con las hormonas en ebullición y una facilidad ridícula para meterse en líos, Trainspotting (y en eso se emparenta con Kids, otra célebre cinta inglesa de la época) no tuvo problemas en mostrarnos otro escenario que nadie vió –o nadie quiso ver- antes.

La historia se centra en cuatro amigos del barrio obrero de Edimburgo:Spud (Ewen Brenner), Sick Boy (Johnny Lee Miller), Renton (Ewan McGregor) y Begbie (Robert Carlyle). Los cuatro son unos vagos sin futuro, adictos a la heroína, salvo Begbie, delincuente de poca monta y con una facilidad terrible para armar peleas. Y es Renton quien cuenta la historia, a partir de sus múltiples intentos por dejar la droga, la indigencia y demostrar que puede valérselas por si mismo. Pero uno propone…

Trainspotting se emparenta con otros filmes ingleses de la época, como The Full Monty, Waking Ned Devine o Billy Eliott, en cuanto nos muestra la vida del ciudadano inglés de la periferia, y como sufrió en su vida diaria la implementación del modelo económico de Reagan y Tatcher (cesantía, ingresos per cápita que cayeron de golpe, así como la calidad de vida) y que hicieron clara mella en el inconsciente ciudadano.

En este caso, en personajes que no se ven ningún futuro para ellos mismos, por lo que han dejado de pensar en algo que difícilmente logren. Así es como terminan cayendo en las adicciones: drogas, sexo fácil e inseguro, y violencia. Válvulas de escape ante una realidad difícil y que no ofrece muchas oportunidades.

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Trainspotting fue un golpe duro para los convencionalismos. Para una industria acostumbrada a la idealización: en muchas películas el joven no tiene más ocupaciones en su vida que estudiar, trabajar y divertirse. Aquí no. Le escupe la cara al público y a la industria, con la existencia de personajes enfrentados a una violenta verdad: mejor vivir al día y morir joven, que aspirar a algo que, hagas lo que hagas, nunca tendrás.

Eso emparenta mucho a Trainspotting con La Naranja Mecánica, el clásico de Stanley Kubrick, película con la que su publicidad se le asociaba. El vínculo no es tan inexacto ni artificial como podría creerse. Tanto Alex y sus droguis como Renton y su pandilla enfrentan a una sociedad en la que no tienen mucho espacio, y canalizan su frustración por una vía u otra. La violencia en un grupo, la autodestrucción en el otro.

Fílmicamente hablando, Danny Boyle extracta los eventos más importantes de la novela de Welsh. Deja cosas afuera, si, pero deja lo fundamental, lo necesario para que la narración tenga una estructura sólida, a partir de las experiencias de los personajes más relevantes. Eso es un acierto de Boyle, pues pudo sacar tantas cosas de la novela y desnaturalizarla, o copiar todo al pie de la letra cayendo en la sobreinformación. Boyle extrae lo justo y necesario para contar claramente su cuento, y preservando el alma de la historia intacta. De eso puedo dar fe. Leí la novela y, salvo las diferencias obvias, el fondo entre el original y la adaptación se conservan intactos.

El uso de un soundtrack abundante en nombres del punk, new wave, brit pop y electrónica, que podrían desvirtuar cualquier relato, resulta aquí acertado, complementario y funcional para el buen desempeño de la narración. Y menos mal, ya que el de Trainspotting es uno de los mejores soundtracks de todos los tiempos y hubiera sido una lástima que no funcionara a la par de la película.

Y aunque aún no me convence la idea de una inminente secuela de la película, con el mismo director y el mismo casting, pero ignorando totalmente la historia que contará (Trainspotting cierra su cuento en la última página y su especie de secuela, Porno, repasa tangencialmente los hechos de su predecesora) lo cierto es que veinte años después de su estreno, y a mis 40 de edad, Trainspotting es de aquellos filmes que, por muchos años que pasen, siguen dejándome la misma sensación de agrado que la primera vez.

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TRAINSPOTTING

Director: Danny Boyle

Intérpretes: Ewan McGregor; Robert Carlyle; Johnny Lee Miller; Ewen Brenner; Kelly McDonald; Kevin McKidd

Drama

1996

fretamalt@hotmail.com  @panchocinepata

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