un café, una isla y un hospital

Hace veinte años, un grupo de amigos se sentó por primera vez en la mesa de un café neoyorkino, para compartir sus vivencias, desventuras, éxitos y fracasos. Sus problemas laborales, sus relaciones personales, logros, frustraciones, malentendidos y enredos varios alimentaron la vida de esta pandilla por una década.

Hace diez años, un avión rumbo a Australia se partió en dos, cayendo en una isla hasta entonces desconocida para pilotos y navegantes. Un médico, una contrabandista, un estafador, un ex paciente psiquiátrico, una madre soltera, dos hermanos, una pareja de asiáticos, un ex militar árabe, un rockero, un padre y su hijo, entre otros, debieron hacer un lado sus diferencias, para tratar de sobrevivir en este territorio, donde las sorpresas estaban a cada paso que daban, y sobrevivir a sus propias pesadillas.

Y hace una década, un desagradable nefrólogo reunía a un grupo de médicos especialistas para resolver los más complejos enigmas médicos. Este facultativo, cuya devoción de la medicina y la investigación es directamente proporcional a su desprecio por la naturaleza humana siempre buscó ese pequeño detalle que un médico convencional hubiera pasado por alto, buscando esa cebra donde los demás sólo veían caballos. Buscando explicación al mal que aquejaba la vida de su paciente, pero sobre todo, buscando la verdad sobre su propia existencia.

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En un año abundante en ocasiones dignas de celebrar, tres icónicas series de televisión conmemoran el minuto en que vieron la luz. En 1994, Friends llegaba a las pantallas convirtiéndose rápidamente en un fenómeno de audiencia, principalmente gracias a la simpleza de su humor, y a la cercanía y empatía que sus personajes desprendían a litros.

Protagonizada por Jennifer Aniston, David Schwimmer, Courtney Cox, Lisa Kudrow, Matt Le Blanc y Matthew Perry (reforzada por un sinfín de personajes secundarios y ocasionales notables, como el gran Paul Rudd, quien a la postre se convirtió en el séptimo Friend), y creada por David Crane y Martha Kauffman, Friends surge en una época en que la televisión comenzaba a ser revalorizada como fuente y espacio para las buenas ideas. Caracterizada por un humor simple, fue una de las pocas sitcoms en seguir un orden lineal y cronológico. Es cierto, como buena sitcom muchas de sus historias terminaban en cada capítulo, pero tenían un hilo conductor central. Lo que pasaba en la primera temporada tenía efectos en la segunda, lo de la segunda en la tercera, y así.

Este elemento, reservado hasta entonces sólo para las series dramáticas, funcionó muy bien en Friends, así como la revalorización de los diálogos como fuente de chistes antes que lo estrictamente visual. Demasiado bien. Su último capítulo, una década más tarde, paralizó a más de un país, y más de un país luego celebraría que Ross y Rachel, la pareja principal de la serie, por fin, después de tantos años de ir y venir, finalmente estuvieran juntos.

Diez años después del final de Friends, ninguna otra serie ha igualado sus logros. Sólo The Big Bang Theory está cerca de alcanzarla en términos de permanencia al aire, y sólo el tiempo dirá si Friends tuvo un sucesor legítimo o fue un evento único e irrepetible.

Cuando los ecos de la despedida de Friends aún se sentían, y la televisión se había reinventado completamente, un avión, el vuelo Oceanic Flight 815 iniciaba un rutinario vuelo a Australia que, inesperadamente, nunca llegó a destino.

Lost, surgida de la mente de J.J. Abrahams, el actual niño mimado de la sci-fi hollywoodense (director de las nuevas Star Trek y actualmente trabajando en el regreso de Star Wars…si eso no es ser el freak más poderoso del mundo, no sé que pueda serlo), nos presentó a un grupo de personajes forzados a unirse en la tragedia. Una isla misteriosa que en un minuto estuvo ahí, una gigantesca corporación, teorías conspirativas, viajes interdimensionales que quebraron más de una vez la barrera del tiempo y del espacio, muertes y reapariciones, flashbacks y pesadillas varias, no pocos conflictos personales y una secuencia de números que desataba el caos, mantuvieron en vilo a los telespectadores y fans (“losties”) hasta 2010, cuando se emitió el capítulo final, resolviendo al final la pregunta que todos se hicieron ni bien el avión colapsó :¿Dónde estamos?!

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No exenta de polémicas (Stephen King fue invitado a escribir parte del guión, pero la idea no prosperó cuando King propuso terminar la serie en tres temporadas y su idea fue rechazada de plano por los productores de la serie) y fuente inagotable de temas para el debate entre fanáticos, para su primera temporada ya se había convertido en objeto de culto. Por la devoción generada, Lost fue considerada la sucesora legítima de The X Files (otra serie donde la conspiranoia y el desafío a lo que consideramos normal era la tónica) de Star Trek –oh sorpresa- y de la Dimensión Desconocida, las primeras series en convertirse en objeto de fervor casi religioso por parte del público. Y no fue hasta que Lost comenzó a ser subida y bajada de internet a un ritmo inédito hasta entonces, que los estudios de televisión pensaron que había que convertir la red no en un enemigo invencible, sino que en un aliado poderoso.

Casi al mismo tiempo, aunque en un plano mucho más terrenal, Hugh Laurie cruzaba el Atlántico para ponerse a cargo del equipo de investigación del Hospital Princeton-Plainsboro. Pero si esperaban ver un médico guía atento, paciente y de buen trato con sus dirigidos, mejor se hubieran cambiado de canal. Para ser una persona dedicada a salvar vidas, lo cierto es que para Gregory House M.D. la medicina no podía estar más lejos que eso. La meta de House nunca fue salvar vidas (al menos no lo reconoció abiertamente) sino el vértigo de encontrarse ante misterios de difícil resolución.

Y por mucho que personalmente fuera un ser desagradable, antipático, misántropo, y muchas veces sus comentarios llegaron a la crueldad, lo cierto es que en el fondo es un buen tipo, muy inteligente, agudo, observador y ante todo un gran médico, al que hay que saber conocer y tenerle paciencia. House ha tenido a lo largo de su vida las suficientes experiencias como para desconfiar hasta de su propia sombra (no en vano, el principio rector de su vida y carrera es “todo el mundo miente”) que mandarían a cualquiera al manicomio (y de hecho, así sucedió por algún tiempo) o a prisión, pero nunca perdió la confianza en sus capacidades, conocimientos y aptitudes. Si, es un tipo que genera anticuerpos, pero que también fue capaz de provocar aún más respeto, y en algunos casos hasta cariño, sobre todo si pensamos que la última vez que se le vio, en 2012, abandonando su profesión y acompañando a su mejor amigo en sus últimos meses de vida.

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Tres series que, a su manera y en su especialidad, cambiaron la manera de ver y hacer televisión. Una –y dos- década(s) después siguen vigentes, marcando huella y cultivando fanáticos. Alguna gracia deben haber tenido.

fretamalt@hotmail.com @panchocinepata

 

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