caras de nana, caras de raja

Lo que son las cosas. Al mismo tiempo que ayer escribía la anterior columna sobre una película referida, principalmente, a las desigualdades, me enteraba vía redes sociales de la simpática talla de uno –o varios, aún no lo tengo claro- asistente(s) a Lollapalooza, el domingo le gritaron “tení Cara’e Nana” a la cantante Anita Tijoux.

Este tipo de bromas fueron, providencialmente, objeto de repudio masivo vía Twitter o Facebook, pues son claramente un insulto (pero no para Tijoux, quien aparte de ser una de las intérpretes más respetables que tenemos, contestó que se sentía halagada de que ser comparada con quienes desempeñan uno de los trabajos más requeridos y respetables del país, gente que se juega la vida por criar familias ajenas) sino para todas aquellas personas que se sacan la mugre diariamente para sacar adelante a su familia y al país, trabajando honradamente además.

Broma emitida seguramente por algún pelmazo que encuentra divertido que otro no tenga aspecto caucásico y que tenga que servir a otros para sobrevivir. Pelmazo que por lo general no le trabaja un día a nadie y cuya única preocupación es que papacito y mamacita le tengan siempre llena la cuenta corriente.

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Y que seguramente olvida que es una nana la que lo cría, educa y alimenta mientras sus papás están ocupados produciendo la misma plata que se gastan a destajo (en el mejor de los casos, otras veces están ocupados con sus respectivos amantes).

Otra prueba más de que da lo mismo tener un ingreso per cápita elevado y un nivel de crecimiento por sobre la media regional, estamos muy lejos de ser un país desarrollado. Si, existe una ley antidiscriminación, hemos madurado al punto de que el acuerdo de vida en pareja es casi una realidad (de no ser por unos pocos viejos carcamales refugiados como conejos asustados), así como la despenalización de la marihuana, pero de nada sirve presumir ante el mundo lo avanzados que somos si basta un comentario desubicado como éste para mostrar la hilacha.

Mal estamos como país cuando aún existen pergenios que encuentran divertido reírse de personas de otro estrato social, color de piel o nivel sociocultural. Cuando a nuestras nuevas generaciones les resulta gracioso menospreciar al que no ha tenido las mismas oportunidades que ellos, de nada nos sirve lavarnos la boca con el progreso y la amplitud de mente, si aún existen quienes se empeñan en preservar, a toda costa, prejuicios, modismos, actitudes propias de la colonia, conductas tendientes a mirar por debajo del hombro, y más abajo todavía, amparados en el apellido, el cupo disponible en la Redcompra, y privilegios provenientes desde tiempos inmemoriales.

Sobre todo en lo que al trato con sus semajantes se refiere.

Gente que dice tienes cara de nana como si fuera la gran gracia.

Gente que ordena a diestra y siniestra a la gente que lo atiende en un restorán, por ejemplo. Me tocó ver hace unos años haciendo la fila en un local de comida rápida a un niño, debe haber tenido unos doce años, se notaba de condición social alta, gritándole el pedido a la cajera. Y prepotente más encima (atiéndeme, poh! Hace caso poh!). Para qué decir el recordado fulano que, pasado de tragos, decía “quiero mi cuarto de libra A-HO-RA!!).

Gente que se divide entre el paternalismo y la prepotencia. Muy amable al principio con quien le está sirviendo: el prototipo del individuo que va a la multitienda y al pagar mira a vendedores y cajeros con cara de “hay que entenderlos, si con cueva tienen cuarto medio”, pero cuando algo no les resulta les aparece la valentía y rugen el clásico “acaso no sabís quien soy yo” o “agradezca que vengo a comprar aquí, cuando podría hacerlo en cualquier tienda de lugar X o comuna Y”.

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Como pasó con ese subsecretario durante el gobierno anterior que, ante las críticas a su gestión, en vez de reconocerlas dijo “agradezcan que me sacrifico por tres millones de pesos mensuales”.

Lo que de lejos podrían ser simples deslices verbales y que algunos minimizan como “bueno, son cosas que se dicen al pasar” son señales graves de estrechez de mente, y hasta de consciencia, que claramente ponen en serias dudas la salud mental y emocional del país. Algo no anda bien cuando todas estas señales que se reducen en el mirar en menos a quienes lo rodean a uno son pésimos indicios de lo lejos que estamos de ser una sociedad progresista. Más bien al revés.

Difícil cuando existe un sector de la población que todavía vive en un castillo feudal donde nadie entra ni sale. Difícil cuando entre nuestros propios compatriotas existe todavía gente que ve en bajar de Plaza Italia una misión suicida o la ocasión para hacer turismo aventura, o cuya consciencia social se termina dejando una moneda cada semana en la Iglesia, o dos semanas al año haciendo trabajos voluntarios (por cierto, en estos trabajos, alguien trabaja?). Difícil cuando se hacen autopistas para que esta gente salga de sus casas lo bastante alto o lo bastante profundo como para no tener que ver ese terrible espectáculo que es la diversidad de personas y clases.

Se creen zorros, leones, tigres, monstruos y perros…con suerte les da para ratas.

Mi único alivio fue que todavía queda gente con sentido común y dieron cuenta del individuo aquel por las redes sociales, como para que vaya pensando cuando vuelve a hacer ese tipo de bromas bajo la cota mil. Como se ve, la minoría está en otra parte (minoría de neuronas útiles en cerebros abc1).

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(y por cierto, que poca cultura musical tienen algunos de estos energúmenos. Pendientes de salir bien en la foto y ser apreciados por sus G.C.U., no tenían la más remota idea de quienes estaban en el escenario. No es primera vez que pasa algo así. La primera vez que vino Oasis, tres cuartos del público estaban ahí para salir en la vida social del diario y del resto la mitad sólo conocía los hits. Qué decir cuando los que pagaron entradas más caras insultaron a Roger Waters porque no cantó “otra!” al terminar el show de The Wall. Vamos bien, mañana mejor ¬¬)

fretamalt@hotmail.com @panchocinepata