800 columnas después…

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Uno no nace cinéfilo. Se hace. Nadie cuando aprende recién a caminar dice de frentón que se quiere dedicar al cine, como observador, realizador o comentarista, sino que toma una pelota, o un autito, no una cámara o un lápiz, y tampoco tiene la capacidad de concentración como para ello.
El punto es que cuando el cine llama, uno debe tener los sentidos lo bastante agudos como para acoger esa invitación. Así, en mi caso personal, puedo mencionar algunos hitos que me permitieron definir que me convirtió en cinéfilo.
Es así como aparece la primera película de la que tengo memoria: cuando niño, sabía que existían las películas, ya que en televisión pasaban cada tarde una película distinta. Por eso quizás tengo una nebulosa acerca de la primera película que vi en mi vida. Lo más probable es que sea una de Jerry Lewis en blanco y negro, en la que Lewis aparece bailando Mama Eu Queru, vestido en modo tropical y sombrero de frutas en la cabeza, haciendo playback de un disco que reproduce tras bambalinas Dean Martin. Sería el año 1980 cuando entendí que las películas no eran lo mismo que las teleseries, dibujos animados u otros programas. Que se apreciaban de distinta forma, y que, igualmente, te marcaban de manera diferente. Recuerdo esa escena de Jerry Lewis de hace casi treinta años, cuando con cueva me acuerdo lo que salió en el diario hace una semana.

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Luego tendría que referirme a la primera película que vi en cines, no debe haber sido mucho tiempo después, y fue aquí en Santiago. Cine Bandera, más precisamente, un programa doble de Disney: Alicia en el País de las Maravillas y Blancanieves Y Los Siete Enanitos. No sé que me tenía más impresionado, si las historias mismas (a decir verdad, sólo he recordado sus argumentos cuando las he vuelto a ver con los años) o el hecho de estar en esa sala oscura, frente a una pantalla que lo hacía ver todo gigante (y en ese tiempo las pantallas eran enormes) y que el sonido venía desde todos lados…creo que ahí empezó todo.
Así fue como el cine se volvió un panorama familiar. No es que con mis padres o hermanos fuésemos cada semana, pero si con la frecuencia suficiente como para disfrutar como corresponde clásicos como E.T., El Regreso del Jedi, Los Cazafantasmas, Volver al Futuro, harto Disney y hasta algunas de Cantinflas que de vez en cuando reprogramaban. Lo que no tiene nada de extraño, Truffaut se formó como cinéfilo (y uno de los directores fundamentales de la historia) yendo al cine con sus padres.

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La posterior década, con el auge del vhs y del cable, mis horas de cine aumentaron exponencialmente, y, aún cuando sin internet era una hazaña seguir la carrera de algún director o actor, comencé a seguir a ciertos realizadores cuyas películas me empezaban a fascinar. TimBurton y Quentin Tarantino, para ser precisos. Era un cinéfilo en potencia.

Ya para la década del ’00, no había vuelta atrás.

El día que llegaba la revista del cable era sagrado: era el día de revisar la misma de tapa a tapa, seleccionar las películas del mes y calcular cuántos cassettes vhs necesitaba al mes. Las visitas al videoclub se fueron haciendo cada vez más habituales, aunque no tanto como las idas al cine. Y es que nadie puede negar que en la oscuridad de la sala de cine, es como se disfruta mejor una película, donde hasta la más mala cinta tiene su valor agregado.

Para 2003, ya un cinéfilo hecho y derecho, di mis primeros pasos como crítico, autodidacta y freelance, para el extinto foro Raw Is Chile. Primero, con reseñas y opiniones que no superaban las diez líneas, luego con textos mucho más elaborados. Para entonces, iba aprendiendo más del tema y ampliando mi espectro de favoritos. Clásicos como Eastwood, Scorsese, Allen, comenzaron a compartir mi repisa con otros como Jonze, Nolan, Smith, e inmortales como John Ford, Truffaut o Hitchcock. Para esos días, Alta Fidelidad ya era mi película favorita, y estoy seguro que mi necesidad de hablar respecto de ella contribuyó a dar el siguiente paso.

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En 2008, y con el auge de las redes sociales, muchos formatos web empezaron a quedar obsoletos. Raw Is Chile no fue la excepción. Aún con muchas cosas en la cabeza luchando por salir de ella fue que comencé este proyecto. Que seis años y ochocientas columnas he hecho lo imposible por mantener vigente. Incluso cuando los blogs parecen ser cosa del pasado, en un mundo que se mueve cada vez más rápido.

800 columnas.
Cuando le comenté a Alexa_Wolf sobre esta columna-celebración, me preguntó si había alguna película que me hubiera parecido que se inspiraba en uno. Le respondí que había varias (Alta Fidelidad, Promedio Rojo, Se Arrienda, harto Kevin Smith y Woody Allen), pero que me era más fácil responder que personaje fílmico me hubiera gustado ser: Edward Bloom, el protagonista de Gran Pez (reforzando mi lazo con Tim Burton) no por su manía de exagerar las cosas, sino por ese afán de adornarlas para que sea más disfrutable y asombrosa. Sigo deseando tener tarde o temprano familia, y antes que ser recordado por ganar el premio Nobel o evitar una guerra mundial, prefiero serlo por darle a mis posibles hijos una infancia llena de vivencias inolvidables.

Aún me cuesta creer haber llegado tan lejos, si cuando empecé no tenía expectativas tan altas: si funcionaba, bien. No funcionaba, igual bien. Entre medio hice nuevos amigos, me hice relativamente famoso, he tenido golpes duros pero he sabido sobreponerme a ellos.

Quizás aún no he logrado ser un crítico influyente, pero no por eso nada ni nadie puede borrar ni menospreciar lo que he hecho hasta ahora.
Ni soñando pensé que superaría las 100 columnas. Llevo 800, y pensar en mil o dos mil no suena tan descabellado.

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fretamalt@hotmail.com @panchocinepata

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