Hombre conoce ciudad y se enamora

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Los romances que valen la pena, surgen cuando tienen que surgir, nada más. Mi primera novia en serio la tuve a los 33 años, y a la larga terminé por casarme con ella. Lo mismo se podría decir de esta relación que tengo con Viña del Mar, una de mis ciudades favoritas.

Un romance tardío si quieren. Hasta que pasé los 30, los veraneos familiares solían ser en el litoral central o en el sur. Viña, a la que sólo conocía casi de nombre y principalmente por el Festival de la Canción, apenas quedaba para un paseo ocasional, de un día a lo más. Entre 2000 y 2009, año en que creo que me di cuenta de lo que la Ciudad Jardín me hacía sentir, apenas la visité dos veces.

Quizás por eso mismo, ese aire de “joya de la corona” que fue adquiriendo Viña del Mar que apenas pude costearme unas vacaciones por mi mismo, fue el lugar que escogí. Otros van a Cancún, a Varadero, a Rio. Yo escogí un destino más cercano (y menos snob). Y creo que ahí se fue forjando el lazo, el cual se consolidó cuando con mi entonces novia y actual cónyuge, @Alexa_Wolf, la visitábamos en escapadas de fin de semana largo.

Es que Viña del Mar, por mucho que haya sido desplazada por otros destinos como Iquique, La Serena o las playas y lagos del sur,  no ha perdido un pelo de su histórico encanto. Sus calles, jardines, construcciones, playas, paseos tienen un atractivo simplemente irresistible, que la convierten en un destino que hay que visitar al menos una vez en la vida.

¿Cómo no amar una ciudad que incluso en invierno, cuando todos los demás balnearios duermen, se mantiene totalmente activa? ¿Cómo no querer una ciudad cuyas calles tienen nombres como Viana, Villanelo, Libertad, Traslaviña, Arlegui, Benidorm, Von Schroeders, Ecuador, Etchevers, Agua Santa? ¿Cómo no amar una ciudad que, mientras las demás se guardan para despertar sólo en enero y febrero, Viña se mantiene igualmente atractiva aunque truene?

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Todo eso terminó por convencernos de comprar un departamento en Viña. Porque lo que nos pasa con Viña del Mar es simplemente eso: enamorarse de una ciudad.

No somos a los únicos a los que les pasa, y hasta podría hablarse de un subgénero cinematográfico: hombre conoce ciudad y se enamora. John Cusack se convierte de turista accidental en residente de la pequeña localidad de Savannah en Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal. Nicolás López convierte a Santiago, una ciudad que sus propios ciudadanos no saben valorar, en una capital increíble, irreconocible a ratos, en su trilogía Que Pena. Y que decir de Woody Allen, quien en sus mejores años sus películas constituían una declaración de amor a Nueva York.

Mucho se habla de las ciudades en las películas, ciudades ya famosas e incluso haciendo famosas a otras que no lo eran tanto, sean reales o ficticias. Sean grandes capitales como Barcelona, Tokio, Londres, Paris o Buenos Aires, o pequeños poblados como Forks, de la cual nadie sabía hasta Crepúsculo, o Maine, esa pequeña ciudad en que Stephen King ha inspirado la mayor parte de su creación. Para que decir Liverpool, antes de la II Guerra un puerto inglés de cierta importancia, y después un lugar de peregrinación masiva gracias a los Beatles. Lo mismo se puede decir de Seattle, sobre todo tras la explosión del grunge a principios de los 90 (algo debe tener Seattle además de la aguja).

Y para que vamos a hablar de las ciudades de ficción: Metropolis, Gotham City, Bon Temps,Springfield… hasta Pelotillehue.

Cual más, cual menos, el cine (y la literatura, y la televisión incluso) ha sido un tremendo aliado a la hora de incentivar el turismo y el atractivo de una u otra ciudad o población. Lo importante aquí, es que existen ciudades que, con o sin este tremendo auspicio, ejercen un atractivo enorme en el inconsciente colectivo.

Aún no veo que se hagan películas que transcurran en Viña del Mar, aunque si ha sido escenario de novelas, series de televisión (Machos, el gran hit telenovelesco de Canal 13 hace una década transcurría íntegramente en la Ciudad Jardin) y ha sido citada en películas como Stefan vs Kramer, pero aun no ha salido esa obra maestra que le haga justicia.

Y aunque así no pase, da lo mismo. Viña del Mar encanta y lo seguirá haciendo, porque es una ciudad que conoce sus virtudes y vaya que les saca provecho.

Claramente, el día que me dedique a filmar, o escribir, o narrar, Viña tendrá un lugar preponderante en la obra que me proponga crear.  Ya lo tiene en mi vida real, y con mayor razón lo tendrá en una eventual vida de ficción. ¿Qué clase de enamorado sería si no?

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fretamalt@hotmail.com  @panchocinepata

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