una tarde cualquiera

un cuento…

                        Es jueves. Son casi las seis. He conseguido salir de la oficina pero algo me hace quedarme en el centro y no ir a casa aún. Paso por ese olvidado videoclub de calle Serrano, donde sé que de cuando en cuando y con un poco de suerte encuentro algo interesante por poca plata en el cajón de películas previamente vistas. Algo me dice que puede ser un buen día.

         Y le atino. Encuentro esa película con Katie Holmes antes de Tom Cruise y antes de la cientología que estaba bajando, no muy convencido pues sé de antemano que es casi imposible encontrar los subtítulos de la misma en alguna parte. El disco vale menos de dos mil pesos, y aunque muy probablemente no esté en buen estado, no dejo de suspirar aliviado. Aprovechando el empujón encuentro esa otra comedia protagonizada por Ben Stiller, tipo que me cae bien y decido agregarla al canasto.

         Me acerco a la fila de caja. La atención no es muy rápida, pero me da lo mismo. Por el momento. Se une a la fila una anciana. Una señora mayor más bien, no anciana necesariamente, pero claramente supera los sesenta años. Sin permiso de nadie, se cruza y se pone delante de mi en la fila, pero no me hago mala sangre. “¿Para qué?” pienso. La señora se ve educada y decente, pero no puedes evitar sentir desagrado, cuando sin preguntar toma los dos devedés que llevo y empieza a ver de qué se tratan. Menos todavía cuando sin mediar provocación alguna comienza a entablar conversación con uno, o más bien, consigo misma, y que uno la escuches. Prefiero guardar silencio, sin evitar una mueca de disgusto.

         Llega el turno de la anciana y la cajera comienza a buscar el disco correspondiente. La anciana lleva una película europea, de aquellas que hacen pasar por arte por el mero hecho de estar hablada en un idioma distinto del inglés y no tener superestrellas de Hollywood en su casting. La anciana luego trata de entablar conversación con la dependiente, al observar un poster de una película francesa aunque no se alcanza a ver el título. Y la anciana a toda costa quiere que alguien le diga cuál es. El título de la película está bloqueado por una mesa, repleta de documentos. La cajera hace ademán de mover el mueble, sólo para decir “Lo siento, no pude quitar la mesa” con la clara intención de que la anciana se calle. La anciana luego arremete contigo, a ver si yo conozco o alcanzo a leer el título. Sin embargo, he sido previsor y me he colocado los audífonos de tu MP3. Suena una canción de Guns N’Roses que no me gusta mucho, aunque la banda si, pero que de todos modos sirve para evitar a la anciana, la cual tarda en entender la indirecta.

         Mientras paga una película de dos mil pesos, con un billete de veinte mil, la anciana consulta por cómo hacerse socia de ese videoclub, y la cajera, reprimiendo una impaciencia creciente, le exige su cédula de identidad, algún comprobante de domicilio o que acredite que trabaja en el centro. La anciana dice que lleva muchos años en el ministerio que tiene sus oficinas a pocas cuadras y que la conocen de hace mucho, pero la vendedora dice que tiene que acreditarlo con algún documento (cuando, en realidad, lo único que está pensando es y que huevá me importa, vieja huevona!! Y la entiendo perfectamente, trabajo en el sector público y atiendo público y he pasado por lo mismo). Al final la anciana consigue irse y piensas que si he sido capaz de soportar eso, aguanto cualquier cosa.

         Sales del local con tu compra.

         Voy al paradero más cercano. El que te sirve, claro.

         Espero la micro. Se tarda en pasar, pero no importa. Sé que al menos podré ir sentado todo el viaje. Mejor, sí puedo ir leyendo el The Clinic.

         Subo al bus, me sientos, incómodo, con ruido, con un par de jovenzuelos cuya expresión los hace serios candidatos de irse al zoológico. Todo eso a la larga da lo mismo. Tuve la sensación por un momento de que hoy algo podía salir bien. Cierto, solo porque uno compra un par de películas usadas, nada más, no va a cambiar el mundo ni salvar a la humanidad del colapso. Pero me siento bien, y eso parece bastar.

fretamalt@hotmail.com  fjretamalt@gmail.com  twitter.com/panchocinepata

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2 Respuestas a “una tarde cualquiera

  1. y donde aparezco yo en esa historia????
    Snif!!!!… ves que pareces un atractivo hombre soltero y tengo que asegurarme que TODAS LAS YEGUAS (que me disculpen las equinas porfa) sepan que estas comprometido….
    .
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    .
    .
    Broma!!!!!… me encanto su historia… como siempre todas las estrellas para ud.
    Te Amo

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