terapia familiar

La gran mayoría de nosotros, digámoslo, no enganchamos con nuestros amigos y conocidos por nuestras profesiones, ocupaciones o currículums, o por compartir más o menos una determinada concepción acerca de la condición humana. Para nada. ¿Por donde comienzan las relaciones sociales? Por afinidades más bien triviales: ser hincha del mismo equipo de fútbol, ser fan de la misma banda, haberse encontrado más de una vez repitiéndose una película, o simplemente haber entablado conversación mientras hacían fila en un trámite.
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Por ser un medio masivo, de fácil alcance, cercano, generador de cierto grado de intimidad y eficaz canal para transmitir emociones, el cine debe ser el gran medio de comunicación masiva, entendiendo la comunicación como la creación y subsistencia de vínculos entre las personas. La pantalla se vuelve un vaso comunicante entre autor y público y del público entre sí.

¿De donde viene todo esto? De la lectura de Cineclub, novela de no-ficción y prácticamente autobiográfica escrita por el periodista y crítico canadiense David Gilmour, publicada en 2007 y lanzada hace un par de meses en español, por Random-House Mondadori, con muy buen ojo (yo daba por hecho que no llegaría en español, y habría que recurrir, con resignación, a amazon).

En la novela, Gilmour nos cuenta lo ocurrido cuando su hijo Jesse, de 15 años, se ha vuelto un incorregible: con una hoja de vida imposible de limpiar a estas alturas, y cuando su madre (ex esposa del autor) ya no sabe como controlarlo, Gilmour toma una decisión sin precedentes: lleva a Jesse a vivir a su casa, y le propone un trato: nada de escuela, trabajo ni alquiler; nada de drogas; y ver juntos tres películas por semana e intercambiar opiniones al respecto.

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Es una idea tirada de las mechas, por cierto, y el propio Gilmour, un crítico menor, destacado en su medio pero para nada influyente (no es Ebert, ni Bazin, tampoco un Soto o León Frías) en más de una ocasión manifiesta sus dudas sobre el destino del plan. Pero lentamente, la actitud de Jesse frente a la vida va cambiando, padre e hijo aprenden, a través de las conversaciones, a conocer mejor al otro, a sí mismos y a tratar de superar los problemas que a los dos les toca lidiar.
Y, como suele suceder con la literatura, tratar de conocer mejor el mundo que nos rodea.

The Film Club no es para nada de aquellos compendios de películas que hay que ver antes de morir. Aunque hace mención sobre algunos filmes esenciales en determinado momento (Los 400 Golpes, Annie Hall, El Padrino), por ahí no va la cosa. Tampoco establecer una técnica alternativa de educación ni una moderna y revolucionaria técnica de terapia familiar. Simplemente contar una historia de un padre y un hijo que no se hablan, y las muchas películas que sirvieron de puente entre los dos. Un cuento no exento de momentos duros, dificultades, pero con llegada a buen puerto. Un cuento sobre vidas ordinarias, con resultados extraordinarios
David Gilmour - Cineclub

En lo estrictamente narrativo, Cineclub resulta una experiencia amena, grata, de cerca de 250 páginas que se leen, con interrupciones y todo, en tres o cuatro días, y con ganas de releer.

Lo que son las cosas. Cuando en las salas la cosa este 2009 ha andado bien ahí no más (mucha gente entrando a ver películas pero pocas producciones que realmente valgan la pena) una de las mejores noticias para los cinéfilos, viene de las librerías y no de las pantallas. ¿Raro? Ni tanto. ¿Válido? Vaya que sí.

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en la foto, Jesse & David Gilmour